Nunca el silencio fue tan bello
El posmadridismo debe andar despistado. Algo ha ocurrido en el vestuario del Real Madrid. O Pérez contrató un exorcista o alguien le ha explicado a Mou que no se puede ir metiendo los dedos en los ojos del personal cada jornada, cada entrenamiento, cada rueda de prensa. Después de caer ante el tan sorprendente como efímero Levante y empatar a duras penas en Santander, dicen esos oscuros informadores que orbitan alrededor de los clubes que los españoles se sentaron con Mou y le explicaron un par de cosas. Tanto si esa reunión se llegó a celebrar o más bien pertenece a la mitología como si la famosa barbacoa no fue más que una simpática mascarada aderezada con choricillos y cervezas en realidad no es importante porque lo único cierto es que el Madrid ha cambiado en poco más de un mes. Ha cambiado su forma de jugar al fútbol y ha cambiado la actitud de su entrenador aunque probablemente no lo haya hecho en ese orden porque desde que Mou no habla las cosas son infinitamente mejores. Se calló el padre y los hijos tomaron la palabra. Resulta increíble comprobar cómo esos mismos pretorianos que segaban tobillos a lo ancho y largo del país ahora son unos finos estilistas, ahora maduran las jugadas, ahora prefieren empezar de nuevo antes que rifar el balón, ahora se comportan como jugadores y no como chungos de discoteca. Nunca el silencio fue tan bello.