«The circus is in town»
Cuando Florentino ya había encargado las vallas para proteger la Cibeles y ofrecerle en público sacrificio la cabellera de algún madridista sensato, de esos que no se fían de la deriva poligonera del mejor club de la historia de este deporte, resulta que el sacerdote máximo, el inventor del posmadridismo, no ha podido evitar acudir a la llamada de su naturaleza. Ha llovido desde lo del dedo en el ojo e incluso durante las últimas semanas una ingenua corriente de opinión surgida desde dentro del club ha tratado de convencer al personal de que Mou había cambiado. Según esta nueva hagiografía, Mou en realidad era un pobrecillo incomprendido, un alma pura vapuleada sin compasión por los pérfidos colegiados españoles aleccionados por su maligno jefe, un tal Sánchez Arminio, de mal aspecto y peor reputación. No se encuentra la razón pero todo en el fútbol empieza a parecer turbio. Ya era cutre. Ahora es sospechoso. Mou no sólo no ha dejado de ser Mou, faltaría más, por algo lo fichó ese gran estratega que hay por presidente sino que además ha tratado de perfeccionar su propia esencia siendo tenazmente correcto. ¿Cómo es eso?. No se sabe pero mientras se trataba de explicar, alguien publicaba una foto en un parking esperando a un árbitro y entonces se hablaba de los récords y los goles y los partidos sin recibir y al final nadie entendía nada y la realidad era que el Barça estaba a diez puntos y que en el Madrid ya se estaba buscando restaurante para celebrarlo. «Y ojo», decían, «no ganemos la Décima también, que este equipo tiene muy buena pinta».