El líder tenso
Todo cambia. Los sistemas políticos, las tácticas bélicas, el arte, la música e incluso el fútbol. Lejos queda el ya mítico 3-2-2-3, también conocido como WM, que ideó Herbert Chapman en su Arsenal de la década de los treinta. El Cuadrado Mágico de Chapman fue adaptado por Los Mágicos Magyares, la gran Hungría de los cincuenta, disponiendo un 3-2-3-2, una WW, convirtiendo un delantero en un medio para intentar equilibrar un equipo que no logró levantar el Mundial de 1954 a pesar de ser reconocido como el mejor equipo del planeta. El fracaso fue pedagógico y el Brasil que se presentó en Suecia 1958 reinventó el juego con un 4-2-4 convirtiendo a los laterales en extremos cuando el equipo atacaba. Aquella selección se alzó con la Jules Rimet escribiendo el primer capítulo de la leyenda que lideró un chaval de diecisiete años, un tal Pelé que cuatro años después se consagró definitivamente en Chile jugando con un 4-3-3. Desde los sesenta todos los entrenadores comprendieron que los partidos se dirimían en la media y todos los sistemas sucesivos se concentraron en generar superioridad numérica en esa zona del campo. Nereo Roco desplegó un anodino 1-3-3-3 alumbrando la figura del líbero que después importaría el mítico Milán de Sacchi. El 4-4-2, el 4-3-3 o el 4-5-1 fueron variantes de una misma idea. El fútbol moderno también propone sus invenciones, entre ellas la desaparición del 9. Las escuelas de fútbol no producen delanteros porque ya nadie juega con ellos. El último 9 clásico se retiró el año pasado. Jugadores como Ronaldo Nazário de Lima ya no son apreciados porque los nuevos ideólogos del asunto desprecian todo aquello que no sea útil. En realidad este juego es un perfecto reflejo de los tiempos que corren: todo debe ser medido en términos de rentabilidad. Todo aquello que no genere debe desaparecer. O estar en un museo.