Orgullo Vikingo
Dentro del posmadridismo hay diferentes sectas. Tenemos mourinhistas, los más numerosos y los más ruidosos. También los más obtusos; los pepístas, alumbrados la temporada pasada durante la ida de Champions, una rama de los primeros, marrulleros en la cancha y frailes en la zona mixta, de esos que reparten sin miramientos, descontrolados, y luego ponen cara de no saber de qué va el asunto cuando se les piden explicaciones. Violentos y tontorrones. Aléjenlos de su vida; los arbitristas, aquellos que miccionan (metafóricamente, claro) sobre todos los familiares de esos tipos que visten de amarillo fosforito sin atender a las otras diecisiete mil variables que influyen en un partido de fútbol. Presentan tendencias conspiranoides. Por favor, no confundir con Moncada ni con Fernández de Navarrete; florentinos o perecistas, adoradores incondicionales de la púrpura del dinero, la mística del que palma 75 millones de euros fichando a Kaká y dice que la final de Copa contra el Barça fue la mejor final de la historia. Aléjenlos aún más. Dios nos libre de un tonto con dinero. Todas estas sectas han vendido hornos en el desierto invirtiendo los términos de la más elemental dialéctica: nunca se reconoce que, en fútbol, lo que se ve es lo que es. La navaja de Ockham palidece ante estos alquimistas de las palabras. «¿Dónde juega Ockham?», preguntó Pepe. «En los Lakers», dijo Ramos. Y cuando los posmadridistas y sus diferentes adoradores ya no pudieron sostener más su mentira, las cosas se hicieron como se han hecho toda la santa vida en este club. El Real Madrid abrió el arcón, rebuscó y sacó el escudo. Alguien preguntó a Di Stéfano que si hacía falta quitarle el polvo. El argentino dijo que mejor le quitasen la pátina de miseria que ha traído Mou y que saliesen al Camp Nou ha recuperar aquello que estos técnicos han querido enterrar. Es probable que el plan de Mou fuese sacar a los buenos, a los artistas, para llevarse un buen carro de goles y así tener un nuevo argumento para seguir estafando al personal. Pero miren por donde el madridismo le selló los labios y el Madrid jugó como lo que es, un equipo que no negocia, un equipo demoledor.
Todo cambia. Los sistemas políticos, las tácticas bélicas, el arte, la música e incluso el fútbol. Lejos queda el ya mítico 3-2-2-3, también conocido como WM, que ideó Herbert Chapman en su Arsenal de la década de los treinta. El Cuadrado Mágico de Chapman fue adaptado por Los Mágicos Magyares, la gran Hungría de los cincuenta, disponiendo un 3-2-3-2, una WW, convirtiendo un delantero en un medio para intentar equilibrar un equipo que no logró levantar el Mundial de 1954 a pesar de ser reconocido como el mejor equipo del planeta. El fracaso fue pedagógico y el Brasil que se presentó en Suecia 1958 reinventó el juego con un 4-2-4 convirtiendo a los laterales en extremos cuando el equipo atacaba. Aquella selección se alzó con la Jules Rimet escribiendo el primer capítulo de la leyenda que lideró un chaval de diecisiete años, un tal Pelé que cuatro años después se consagró definitivamente en Chile jugando con un 4-3-3. Desde los sesenta todos los entrenadores comprendieron que los partidos se dirimían en la media y todos los sistemas sucesivos se concentraron en generar superioridad numérica en esa zona del campo. Nereo Roco desplegó un anodino 1-3-3-3 alumbrando la figura del líbero que después importaría el mítico Milán de Sacchi. El 4-4-2, el 4-3-3 o el 4-5-1 fueron variantes de una misma idea. El fútbol moderno también propone sus invenciones, entre ellas la desaparición del 9. Las escuelas de fútbol no producen delanteros porque ya nadie juega con ellos. El último 9 clásico se retiró el año pasado. Jugadores como Ronaldo Nazário de Lima ya no son apreciados porque los nuevos ideólogos del asunto desprecian todo aquello que no sea útil. En realidad este juego es un perfecto reflejo de los tiempos que corren: todo debe ser medido en términos de rentabilidad. Todo aquello que no genere debe desaparecer. O estar en un museo.