Destronado en los despachos
Si alguien me propusiera dar unas vueltas a bordo de un monoplaza de Fórmula 1 y me pidiera que eligiera un circuito para hacerlo, mucho antes de que hubiera terminado de formularme la propuesta, ya le habría dado mi más efusiva respuesta: El circuito de Spa-Francorchamps, en pleno bosque de las Ardenas belgas. Trazar las curvas en la mítica subida de Eau Rouge a bordo de una de esas máquinas voladoras, ha de ser uno de los placeres más intensos sobre cuatro ruedas que un mortal pueda experimentar. Hoy acudían allí los inmortales de la velocidad en su cita anual con el dios de los trazados. Él les aguardaba con excitante «humedad» para obsequiarles con uno de los finales de gran premio más espectaculares de los últimos años. Lo sucedido en las tres últimas vueltas entre Hamilton y Räikkönen eclipsa por completo el resto de la carrera. Fue una épica batalla, digna del mejor de los escenarios.
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