Un equipo para la eternidad
Que España y Holanda jugasen la final del Mundial podía parecer una oda al fútbol, un canto a la excelencia que decididamente engrandecería este juego centenario. Había algo de canibalismo en el duelo. Aquella Holanda que construyó Cruyff y que se quedó a las puertas de ganar el campeonato del mundo contra la Alemania de un genial Beckenbauer que jugó parte de la final con el brazo en cabestrillo, fue la misma Holanda que practicó un fútbol de ensueño bajo una idea que años después el capitán de la Naranja Mecánica llevó hasta La Masía. El modelo estaba basado en producir mediocampistas de gran calidad bajo la premisa de controlar el balón y, desde él, gobernar los partidos con autoridad y buen gusto, los mismos atributos y el mismo concepto que han llevado a España a convertirse en la nueva campeona del mundo. El balón es siempre el mejor aliado a pesar de que, desde hace tiempo, muchos se hayan empeñado en desterrarlo de los terrenos de juego. La nómina de resultadistas es abultada; la de la excelencia está reservada a unos pocos.
Impresionante homenaje al fútbol el que nos permitieron disfrutar en la noche de ayer Holanda y Francia. Un partido que mostró todos los aspectos que engrandecen este deporte, los cuales despertaban ese sentimiento de grandilocuencia en los espectadores enterrados por una temporada mediocre del fútbol español. Las ocasiones de gol se sucedían, las sutilezas, la picardía, la nobleza, el tesón y la lucha encontraron su papel en el escenario. Pero sobre todo, dos estilos propios chocaron sobre el verde césped del rectangular estadio de la ciudad de Berna; El holandés, con su juego de toque y control, y el francés, en donde el orden defensivo inicial dejó paso a una arriesgada apuesta por el ataque basada en la calidad de Ribery que degeneró en la goleada que finalmente encajó la actual subcampeona del Mundo.