De cómo jugar a nada y ganar siempre
Durante estos días he procurado no reirme demasiado de mis amigos italianos porque en el fondo todos sospechábamos lo que finalmente ha ocurrido. Italia ha derrotado a Francia y el domingo se enfrentará con España en los malditos cuartos de final, un encuentro con tintes dramáticos para los españoles. Demasiadas cuentas pendientes entre las dos naciones mediterráneas. Luis Enrique aún aparece algunas noches en mis sueños con la nariz rota mientras el árbitro mira hacia otro lado y los italianos se ríen veladamente de sus «hermanos» españoles. Como era de esperar, Holanda ha sido tan diplomática y eficiente que ha solventado con victoria su duelo contra Rumanía, la selección que más fácil tenía el pase en el grupo C. Desde la prensa italiana se hablaba de biscotto, o lo que es lo mismo, de apaño entre los rumanos y los holandeses para alcanzar un resultado satisfactorio para ambos. Hasta Sacchi había escrito una misiva aduladora a van Basten para que su equipo fuese legal. Tanta legalidad nos ha costado cara: Italia sigue suelta.
Impresionante homenaje al fútbol el que nos permitieron disfrutar en la noche de ayer Holanda y Francia. Un partido que mostró todos los aspectos que engrandecen este deporte, los cuales despertaban ese sentimiento de grandilocuencia en los espectadores enterrados por una temporada mediocre del fútbol español. Las ocasiones de gol se sucedían, las sutilezas, la picardía, la nobleza, el tesón y la lucha encontraron su papel en el escenario. Pero sobre todo, dos estilos propios chocaron sobre el verde césped del rectangular estadio de la ciudad de Berna; El holandés, con su juego de toque y control, y el francés, en donde el orden defensivo inicial dejó paso a una arriesgada apuesta por el ataque basada en la calidad de Ribery que degeneró en la goleada que finalmente encajó la actual subcampeona del Mundo.