Orgullo Vikingo
Dentro del posmadridismo hay diferentes sectas. Tenemos mourinhistas, los más numerosos y los más ruidosos. También los más obtusos; los pepístas, alumbrados la temporada pasada durante la ida de Champions, una rama de los primeros, marrulleros en la cancha y frailes en la zona mixta, de esos que reparten sin miramientos, descontrolados, y luego ponen cara de no saber de qué va el asunto cuando se les piden explicaciones. Violentos y tontorrones. Aléjenlos de su vida; los arbitristas, aquellos que miccionan (metafóricamente, claro) sobre todos los familiares de esos tipos que visten de amarillo fosforito sin atender a las otras diecisiete mil variables que influyen en un partido de fútbol. Presentan tendencias conspiranoides. Por favor, no confundir con Moncada ni con Fernández de Navarrete; florentinos o perecistas, adoradores incondicionales de la púrpura del dinero, la mística del que palma 75 millones de euros fichando a Kaká y dice que la final de Copa contra el Barça fue la mejor final de la historia. Aléjenlos aún más. Dios nos libre de un tonto con dinero. Todas estas sectas han vendido hornos en el desierto invirtiendo los términos de la más elemental dialéctica: nunca se reconoce que, en fútbol, lo que se ve es lo que es. La navaja de Ockham palidece ante estos alquimistas de las palabras. «¿Dónde juega Ockham?», preguntó Pepe. «En los Lakers», dijo Ramos. Y cuando los posmadridistas y sus diferentes adoradores ya no pudieron sostener más su mentira, las cosas se hicieron como se han hecho toda la santa vida en este club. El Real Madrid abrió el arcón, rebuscó y sacó el escudo. Alguien preguntó a Di Stéfano que si hacía falta quitarle el polvo. El argentino dijo que mejor le quitasen la pátina de miseria que ha traído Mou y que saliesen al Camp Nou ha recuperar aquello que estos técnicos han querido enterrar. Es probable que el plan de Mou fuese sacar a los buenos, a los artistas, para llevarse un buen carro de goles y así tener un nuevo argumento para seguir estafando al personal. Pero miren por donde el madridismo le selló los labios y el Madrid jugó como lo que es, un equipo que no negocia, un equipo demoledor.