La coronación de Viena
Una vez recuperada la consciencia y la verticalidad, se impone el periodo de un análisis que, por razones obvias, no fue posible hacer ayer por la noche cuando España levantaba su segunda Eurocopa en el Ernst Happel de Viena y ponía fin a una buena ristra de maleficios que perseguían a la selección nacional desde hacía ya bastantes décadas. Los más mayores estaban emocionados, cómo no, pero nos miraban con cierta condescendencia. Al fin y al cabo, la gran mayoría de ellos vieron el mítico gol de Marcelino ante la URSS en 1964 en la final disputada en el Bernabéu. Para mí ese gol pertenece a otra época, a algo con lo que me resulta imposible sentirme identificado. El siguiente jalón en el camino fue la final de París de 1984 con aquel cruel gol de Platini que se cóló por debajo del cuerpo de Arconada, uno de los mejores metas que ha habido en este país. Apenas contaba con algo de conciencia cuando eso ocurría, de modo que para mí España nunca había ganado nada.