Justicia poética
Desde el pasado junio, las cosas en el mundo del fútbol tienen un aire diferente. Los italianos ya no ganan como acostumbraban a hacerlo, los alemanes ya no lo son tanto y los equipos que no proponen nada en el terreno de juego son duramente penalizados. Ese es el caso del Chelsea, un equipo que nunca pasará de ganar la Premier a pesar de contar en sus filas con algunos de los jugadores más caros del mundo. El fracaso de los blues es el de los advenezidos, el de los que creen que esto sólo consiste en tener una chequera con muchos ceros para gastar. Abramovich invirtió parte de su fortuna en parir un equipo que fuese la envidia de Europa y lo único que ha conseguido es fracaso, uno tras otro. Del mismo modo que fracasa el City, al que Robinho emigró para ser el mejor jugador del mundo. No es el mejor, ni en el campo ni en su cuenta corriente. España levantó la Eurocopa demostrando que la virtud puede conducir a la gloria. Pasó por encima de Italia y reventó la final contra la maquinaria alemana. Todo fueron felicitaciones. La Eurocopa de clubes, la Copa de Europa, ha encontrado un digno émulo de ese estilo en el Barça. Y por fin la justicia ha triunfado.