También dimite el juego en Chamartín
Afortunadamente Calderón se marchó. Después de protagonizar una salida cargada de patetismo, un naviero con aspecto un tanto sospechoso se ha quedado con el timón de un club de fútbol que más bien parece una institución política. Cosas de la democracia, los asesores de un presidente que nunca pareció estar a la altura de su cargo amañaron la asamblea, colaron a sus amiguetes para sacar adelante las cuentas y para colmo «contrataron» a unos ultras para ejercer de pretorianos, por si alguno se desmandaba y exigía un poco de claridad. Da la sensación de que Calderón ha sido el primo en todo este asunto. Nunca logró transmitir autoridad. Siempre estuvo en campaña a pesar de haber sido elegido legítimamente, o todo lo legítima que puede ser una elección cuando el voto por correo está evidentemente trucado. En su balance deportivo se cuentan dos Ligas y una Supercopa no tanto por la brillantez de los suyos sino más bien por los errores de los otros. Lo único malo de la dimisión del presidente es que Mijatovic parece que no ha entendido el mensaje. Él debería haber salido tras su mentor, pero lo más probable es que haya preferido quedarse para cobrar el sueldo y seguramente para dejar alguna perla más en el vestuario. Todo un sainete. Un delirio.