Robinho pone en pie al Bernabéu
De villano a héroe. Así ha sido la historia de Robinho esta noche en el Bernabéu. Desde que llegó al Real Madrid en agosto de 2005, el brasileño ha intercalado algunas actuaciones de mérito con una constante displicencia que le ha proporcionado una relación compleja con el público madridista. Todavía se sostiene que está aprendiendo, que le queda tiempo para mejorar, que ya explotará... Florentino Pérez lo vendió como el jugador que haría que olvidásemos a Zidane en la próxima década. Seguramente exageró. Por razones evidentes.
El partido empezó revolucionado con el gol de Raúl (y ya van 59 en la Copa de Europa) en el segundo minuto de juego tras un error en el medio campo griego que aprovechó Robinho para dar un pase adelantado a van Nistelrooy. El rebote lo atrapó el gran capitán para, al primer toque, marcar a puerta vacía. Se vaticinaba un partido cómodo, una de esas noches europeas en las que el Madrid demuestra de qué es capaz. Y, efectivamente, lo demostró, pero no como todo el mundo esperaba. Cinco minutos después del primer gol una internada de Djordjevic por la banda de Salgado significaba el empate de Galletti. No se habían cumplido diez minutos y todo estaba como al principio. En el minuto 13 Torosidis agarró a van Nistelrooy cuando éste encaraba puerta y fue expulsado. Con uno menos, el Madrid respiró. A partir de la expulsión, el partido fue un monólogo madridista que mostró de nuevo que la imaginación no siempre se encuentra entre sus registros.
Se esperaba una segunda parte calcada a la primera: asedio del Madrid. Sin embargo, en un nuevo desajuste defensivo en un saque de falta lateral, Julio César adelantaba al Olympiacos. ¿Quién había fallado en la marca?. No se sabe o al menos cuando los equipos encajan goles de este tipo todos los jugadores se miran en busca de un culpable, pero nunca aparece. «Toda la semana entranando lo mismo y nos la hacen». Al menos yo lo pensaría. En este caso parece que Guti fue el despistado. Con el marcador en contra el Madrid debía gestionar un partido incómodo. En primer lugar porque hubiese resultado bastante insultante perder contra el Olympiacos jugando con uno más; en segundo lugar, porque la clasificación para octavos se hubiese complicado más de lo debido y en tercer lugar porque el aluvión de críticas habría sido formidable.
El Bernabéu es un campo peculiar. Cuando se juega no se escucha nada, como si de un teatro se tratase. Pero si no se juega, el juicio es implacable. El Madrid perdía y no parecía conocer el método para remontar. En esa situación la bola pesa y Robinho parecía el menos idóneo para asumir la responsabilidad. Le llovían los pitos y su sustitución se antojaba imprescindible. Pero Schuster fue valiente retirando a Salgado, que había tenido una participación bastante mediocre, y metiendo a Higuaín. En ese momento Robinho entendió que la suerte estaba echada y que era el mejor momento para reivindicarse después de una semana turbulenta por los retrasos de aviones, las fiestas y las multas.
Comenzó a pedirla, a intentar el desborde y a asociarse con los demás. Se intuía el peligro y el público lo reconocía. En un exquisito pase de Guti a Ramos, llegó el empate de cabeza. ¿De quién?. De Robinho. El Bernabéu estalló. Y como el empate no servía absolutamente para nada, el Madrid siguió empotrando al Olympiacos en su área. Robinho lo seguía intentando y tras una serie de bicicletas que normalmente le hubieran conducido a quedarse sin ángulo, arrancó un penalti que van Nistelrooy falló incomprensiblemente. El empate se mantuvo hasta el minuto 82. De nuevo Robinho, tras asistencia del holandés, marcaba el tercero. Definitivamente ya todo el mundo adoraba al brasileño. Pero no hubiese sido un partido completo del Madrid sin la intervención clásica de Casillas a remate de Kovacevic que salvó dos puntos en el descuento. En la contra Balboa remataba el 4-2.
El Madrid se complicó la vida de una manera absurda, principalmente por los errores defensivos. Sin embargo este Madrid, aunque aun no funcione como Schuster y la afición (y seguramente los jugadores) quieren, tiene una propuesta futbolística evidente y, por qué no decirlo, mucho más atractiva que la del año pasado. Hay quien sostiene que el Madrid de Capello no jugaba a nada. No es cierto. Jugaba a Capello, que aunque no se crea, tiene una idea muy clara del fútbol. Pero la oscuridad ya pasó. Ahora toca alegría y brillantez, y esa idea tiene que incorporar necesariamente a Robinho, que empezó como el malo y acabó como el guapo. Cosas del fútbol.