Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 4 meses

¡Viva el polígono!

LouroEl Madrid comienza a desprender un aroma sospechoso, como de equipo de polígono, porteros de discoteca y matones de ocasión, un aire de gente que se gana la vida jugando al fútbol pero que nunca habla de fútbol. Hay demasiadas percepciones que empiezan a entrar en conflicto. Por un lado puede que Mou acabe siendo la única víctima de su estilo áspero y malencarado cuando comience a creer de verdad que él es mucho más grande e importante que el Madrid sin atender a que en todo el mundo sólo el Madrid puede arruinarle la carrera. De hecho es probable que alcanzase los objetivos con mayor facilidad en el Conquense que en Chamartín. Puede que Florentino lo devore como Cronos hizo con los suyos cuando sus excentricidades sean realmente incómodas para la imagen y rendimiento financiero de la marca. Pérez se equivocó con Ronaldo, Figo y los demás y parece que también se equivoca con Mou. El presidente no conoce los términos medios. De un modelo puramente intervencionista, con Beckham jugando por decreto-ley y Camacho agarrando la puerta a los veinte días de empezar porque aquello debía ser inaguantable, se ha pasado a un modelo de apariencia liberal basado en la premisa de que Mou disponga, pero Mou sabe que su disposición termina cuando empieza a pedir un 9 que nadie quiere traer. Y nadie lo quiere traer porque Pérez trajo a Benzema (57 partidos en el Madrid y nunca ha visto una tarjeta amarilla) después de que fuese personalmente a su casa para ficharlo. Benzema lo acomodó en su sofá de escay y le puso una Coca-Cola. Pérez se frotó las manos ante tal despliegue de medios y el francés vino al Madrid para meterle tres al Auxerre cuando ni siquiera hacía falta ganar. El Madrid se envenena con las artes que debían reflotar su prestigio, y sólo vamos por el primer capítulo.

Después de que en una tangana de pub de pueblo un tal Louro mandase al suelo a Herrerín, el delegado de campo que debe llevar trabajando en el Madrid desde que Gento corría la banda, y Mou arreglase la ausencia por sanción de Alonso con un doble pivote formado por Lass y Khedira, inconmensurables futbolistas llamados a grandes gestas, el portugués salió en rueda de prensa utilizando como escudo una hoja con membrete del club con los 13 errores de Clos Gómez y diciendo que allí nadie da la cara por los jugadores. El sainete que alimentará las portadas de la semana comenzaba ocultando que en mitad de partido Morata fue a hablar con Casillas reeditando la charlotada de Amsterdam. Yo pensaba que el chico iba a salir a demostrar que puede jugar en el Madrid, pero Mou le reservaba una tarea aún más importante. El caso es que entre unas cosas y otras allí nadie se centraba en lo más importante: que el Sevilla toca fondo y que el Madrid no juega nada.

El Sevilla que levantaron Monchi y Caparrós toca a su fin. El proyecto tuvo buenas trazas y ha cosechado grandes gestas, con un par de copas de la UEFA, un par de Copas del Rey, Supercopa de España y de Europa y participaciones en Champions. El Sevilla apostó por su cantera y jugadores africanos y brasileños comprados por cinco y vendidos por veinte, jugadores jóvenes y desconocidos que crecían en el Pizjuán y después eran rentabilizados al máximo. Es una buena estrategia para subir y hay que tener mucho tino. El problema es que no es un buen planteamiento para estabilizar la posición del club porque no hay mucha ciencia en la intuición y el año que los fichajes no han salido buenos, el equipo se ha venido abajo. Los de esta campaña no han funcionado además de la dimisión de Navas, Perotti, Kanouté y Fabiano. Si a eso le sumamos la eliminación en la previa de Champions contra el Braga, o lo que es lo mismo, 20 millones de euros que nunca llegaron y una cierta inestabilidad institucional con Del Nido peleando los derechos televisivos que suscribió hace años sin abrir la boca, el resultado es un Sevilla en mitad de tabla a veintitrés puntos del líder.

Manzano no ha dado con la tecla y ante el Madrid formó con Zokora y Romaric en la media. Parecía una competición para evaluar la incompetencia de los mediocampistas. Cuando juegan los malos, los que no saben, el balón ni va ni viene, simplemente transita sin alma, golpeado por la mediocridad. El cuero sufre y la grada también, sufre el frío y sufre el bolsillo cuando se comprueba que Benzema es un enigma y que aún goza de cierta credibilidad porque se pagaron 36 millones, que Özil se pierde cuando a su alrededor no encuentra a alguien que sepa asociarse, que CR7 lo intenta sin contar con los demás, que el Fideo sostiene al equipo con una voluntad inquebrantable y que ni Lass ni el otro están intelectualmente capacitados para jugar a esto. Mediocre y aburrida fue la primera parte en la que el Madrid no olió el área sevillista y el Sevilla no se acercó a Casillas, sopor amenizado por aquello de los banquillos. Suele ser una norma universal: la mediocridad sólo genera más mediocridad, la que aportó un colegiado sobradamente conocido por sus brillantes actuaciones. Hasta doce tarjetas amarillas y un par de rojas se vieron en Chamartín, algunas de ellas sin conciencia, sin mirar al destinatario, sin sentir, a quemarropa. Pero hablar del árbitro es en sí mismo otro comportamiento mediocre. Ni mil árbitros malos podrán esconder que el Madrid juega menos que Chelsea y un poco más que el Inter. Cuando Mou vio que el partido se le escapaba, metió a Granero y León y si bien no se puede decir que el Madrid experimentase una mejora exponencial, sí es cierto que el balón se movió con más criterio. El beneficiado de tanta abundancia fue Özil que se fue de tres sevillistas, sirvió y el rechace fue recogido por un Di María libre de marca para poner el 1-0. Era el 77' y consumaba su venganza sobre Palop, el otro sobreexcitado del partido, que ya se había burlado del argentino minutos antes. Los tres puntos sirven para mantener el pulso con el Barça y alimentar el modelo resultadista al que se he encomendado el Madrid. Nada más. Si quieren ver fútbol, y del bueno, ya saben dónde hay que ir.  

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 5 meses

Para quitarse el sombrero

XaviLa batalla entre los dos mundos que gobiernan la Liga logró agotar los adjetivos, los sustantivos y hasta los adverbios, y cuando ya no quedaban palabras en ninguno de los idiomas que hay en el mundo, se recordaron los goles de los pasados clásicos. Sin embargo este Clásico tenía otro aire porque parecía que por fin el Madrid de Mou podría empezar a discutir de verdad la hegemonía del Barça. Pero sólo lo parecía, porque el correctivo fue mayúsculo. Y para calificarlo sí quedan palabras de sobra. Algo de eso debía olerse Mou cuando apenas dijo nada en los días previos, me refiero, nada de lo que acostumbra el portugués. Incluso se vieron ciertos convencionalismos en sus declaraciones, quizá consciente de que noventa minutos después debería comerse sus palabras. Por eso cargó la suerte, poco, en la figura del árbitro, que para eso está y sólo acertó en algo: ningún equipo dirigido por el portugués termina los partidos con los once sobre el césped. Bien Mou: una de quince. No está mal.

Sólo acertó esa y falló todas las demás dejando por los suelos su reputación de mejor estratega de planeta, sin contar a Rommel, claro. Mou erró el planteamiento porque todavía no ha nacido el equipo que pueda discutirle la posesión a este Barça, construido por y para la pelota, para llevarla, traerla, repartirla entre todos y meterla entre las redes cuando los rivales están absolutamente hartos física y emocionalmente de correr de un lado a otro sin olerla. Una pelota que doma Xavi, el mejor medio del mundo, de ahora seguro, y de siempre sería discutible pero bastante probable, y que agitan Iniesta y Messi. En su particular cruzada por hacer de este Madrid un equipo hecho y derecho, comenzó con una medida que sonaba acertada: apostar sin fisuras por el once que había provocado tanto optimismo, no cambiar el guión, no alterar las piezas que habían goleado y conseguido el liderato. Pero claro, salir con ese once para intentar jugar a defender es absurdo porque ni son los jugadores, ni es el estilo y lo más importante, porque al final el Madrid ni defendió ni atacó, desubicado y desbordado por lo que estaba haciendo el Barça. Y la cosa no había hecho más que empezar.

Todas las virtudes del Madrid de Mou, pocas por el momento, quedaron diluidas en tres o cuatro acciones del Barça. Este Madrid no es arte ni orfebrería fina; este Madrid es verticalidad, solidez y velocidad, aparte del extra de mentalización y autoestima que ha incorporado Mou. Sus equipos no lucen pero son efectivos y sobre todo, salen a comerse el césped, tal y como lo venía haciendo el Madrid. Con Pellegrini, el Madrid dominó fases del encuentro y estuvo muy cerca de salir con los tres puntos, principalmente porque la presión sobre las líneas de creación del Barça fue memorable. Aquel Barça era lo mismo, excepto Villa, y sufrió de lo lindo porque le jugaron de la única manera en la que sufre: desactivando a Xavi. Así las cosas, ni Alonso, ni Khedira, ni ningún otro con la camiseta del Madrid bloqueó, ni lo intentó, al medio, ni al otro que lo acompaña por un lado ni al otro que va por el otro costado, ni al lateral que dobla, ni al central que aparece en la medular... ¡son tantos!, debieron pensar los blancos, especialmente Marcelo, el mejor lateral izquierdo del mundo (somos del Madrid pero no somos tontos),  que ante jugadores de verdad, de los ambiciosos, de los que quieren ganar, retrata como nadie sus carencias. De Özil nada se supo, ni del Fideo, ni de CR7, mucho más preocupado por ascender al Olimpo de las deidades blancas con sus constantes encontronazos con todo lo que huela a Barça, ni de Benzema para el que ni siquiera gastaré más tinta.

A pesar de tanto defecto, de tanta indolencia, de tanta incompetencia, el Barça no aplastó al Madrid simplemente porque éste ni siquiera se presentase en el partido. El Barça metió el cuarto 5-0 de su historia al Madrid por méritos propios, y decir lo contrario es faltar a la verdad, o no querer verla, o ser tan del Madrid que sólo te quede reír como un macaco las gracias de los matones de saldo y esquina que empujan a los entrenadores rivales o a los que se van expulsados y enajenados. No, hay que decirlo y reconocerlo, porque el partido del Barça fue memorable, elegante, preciso como la mano del cirujano, fiel a un estilo que es muy atractivo, interesante y virtuoso basado en que Xavi tenga tres metros y dos segundos para pensar y en una solidaridad colectiva sublime. Ni un mal balón, ni una rifa, ni un ápice de impaciencia. Así es el Barça, un Barça colosal que se merendó al Madrid por cinco y bien podría haberlo hecho por algunos más, quizá por los ocho que CR7 dijo que nunca les meterían. Simple propaganda. Cuando se apagaron entrenadores y publicistas y empezó el juego, quedó muy claro, cruelmente claro, que cuando el Barça quiere, es sencillamente imparable.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 5 meses

Hat-trick vs Hat-trick

Cr7Todo está extrañamente desordenado. Mientras Benedicto XVI tolera el preservativo en determinados casos, Sergio Ramos tira un penalti en el Bernabéu. Le arrebata el balón a CR7, patea y lo mete. Y el otro se enfada. Un rato antes, en El Madrigal, el Valencia que fue líder cuando la Liga iba por el Paleolítico (ya vamos por el primer milenio) sale con cinco defensas, empata el partido miserablemente después mandar desde el 20', Emery se enfada con Garrido porque cree que éste le niega el saludo y en la grada el hijo de Paco Roig, ex-presidente valencianista, intenta dar un puñetazo en el mismísimo naso a Llorente después de que el flamante presidente ché hubiese mentado a la madre que los parió a todos, sucios provincianos. Pero ahí no queda la cosa porque a las 20:00 se juega en Almería la I Edición Mediterránea del siempre Increíble y Afamado Duelo Solteros vs. Casados. Después de noventa minutos, el Barça alza el título por un 0-8, marcador de partido benéfico, con tres de un tal Messi, dos de Bojan, uno de Iniesta de mi vida, otro de Pedro y uno en propia puerta del Almería, el de la honra. Al cierre de la edición, uno de los técnicos ya había sido destituido por no tomarse en serio el partido. ¡Qué desfachatez!. Y para cerrar este sábado tan original, Mou cumple su segundo partido de sanción. ¿En el palco, rememorando al Palpatine de Gijón?. Sólo un rato. A los diez minutos decide que ya ha expiado sus culpas y baja a la grada, se coloca junto al banquillo, a un metro, y él mismo reparte las instrucciones. Charlotadas. Espero que Antiviolencia tome buena nota de semejante desafío.

A nueve días del Clásico, del mejor partido de esta galaxia, de las de alrededor y de las que aún no han sido descubiertas, el Madrid tenía que aguantar el envite del Barça, que no tuvo rival porque el Almería estaba vencido antes de empezar. Nunca hay que quitar méritos al que los tiene, pero el Bilbao es mucho más equipo que los andaluces. Por eso Mou salió con los once de siempre para aferrarse al liderato antes de ir a la batalla intergaláctica. El arranque en Chamartín es temible para el rival porque el Madrid se derrama por dentro y por fuera en busca del gol que abra la caja. Después, fulmina a la contra. Pero el Bilbao es un equipo de hueso duro y la primera la disfrutaba Llorente al borde del tanto de no ser por Pepe en la línea de gol. El susto amilanó a los blancos, con el chamán en la grada y CR7 rindiendo por debajo de lo estipulado. Para el Bilbao la cosa funcionaba porque había logrado desactivar a Alonso y Özil. El robot estaba muerto hasta el 20', cuando el Fideo hacía las veces de Gutiérrez, filtraba a la frontal e Higuaín embocaba el primero. No es este Madrid un plantel sospechoso de indolencia mas el gol narcotizó las pulsaciones. El Bilbao sentía que un 1-0 todavía era una renta asequible.

Y llegó el 30' y en una contra los puñales salieron a relucir, cuatro toques después de robo y el segundo del Madrid que era el primero de CR7. Ni el portugués disparó duro ni Iraizoz hizo todo lo que pudo. Sin duda el 2-0 se antojaba demasiada renta para tan poca propuesta blanca; no así en el lado bilbaíno, ordenado, concentrado y hombros salidos por los costados. La constancia tuvo su recompensa en el 39' en las botas de Llorente, en posición ilegal, aunque ha sido ilegal después de diseccionar la repetición, imposible verlo en el campo. 2-1 y el Madrid recuperando la olvidada sensación de la urgencia.

En la reanudación el Bilbao siguió percutiendo con buen criterio y encomiable obstinación la banda de Marcelo, uno más de la cuadrilla de chatos y pintxos. No había demasiada respuesta en el Madrid, con los catalizadores obstruidos y CR7 aquejado de su constante enfado mezclado esta vez con apatía. Pero el Fideo se sacaba un penalti de la manga en el 56', el que tiraba Ramos con Cristiano refunfuñando en la banda. Mou no entendía nada, como esos padres que se van a cenar un par de horas y los niños aprovechan para vaciar el minibar. A los que dudan del ascendente del mago de Setúbal: si estando Él a un metro del banco aquello es un despelote, qué no harán los chicos si se va a tomar un café. Un disparate. El caso es que lo marcó. 3-1. Tomando color. En el 62', Amorebieta caza a Cristiano a treinta metros del arco vasco. Rápidamente se levanta, secuestra el balón para evitar nuevos imprevistos y pone cara de «ahora se van a cagar». Pocos segundos después Iraizoz recoge el balón de sus mallas. 4-1. Sofocada la rebelión. Para cerrar, penalti en el 92'. Este sí es para el portugués, que lo mete y responde así al hat-trick de Lio en la pachanga del Mediterráneo. Un día raro, una jornada menos para el lunes 29. ¿Champions de por medio?. Algo habrá que hacer entre semana, ¿no?.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 6 meses

Eterno Pippo

Inzaghi2Nunca ganó el Madrid en San Siro y por ahora ni siquiera Mourinho, el nuevo gurú blanco, ha podido romper el maleficio. En Lombardia el Madrid solo ha arrancado empates y alguna que otra sonrojante goleada para regocijo del aficionado rossonero, goleadas de cuando los italianos eran los más temidos en toda Europa. Hoy el Milán sigue comprometido con un modelo deportivo que lo conduce irremediablemente a la fosilización, al encomio de la veteranía por encima de la juventud. El Milán es el club más contracultural del mundo: mientras todos apuestan por el músculo de los jugadores adolescentes, ellos permanecen fieles a una tradición que es su seña de identidad aunque como señaló Costacurta esta semana (él se retiró con 41 años), los brasileños estaban desvirtuando las cosas, las cosas de la casa, las cosas que siempre se han hecho igual.

La realidad es que el Madrid es mucho más equipo que el Milán, que ha dejado una pésima imagen en este doble enfrentamiento en apenas dos semanas. En Madrid penó como un moribundo y en su casa se ha sostenido sobre la contundencia que bordea la delincuencia de Gattuso y la efervescencia de Inzaghi, un chaval de 37 años con fútbol en las venas. Él solo se ha bastado para revolucionar un encuentro que se desangraba entre la indefinición de los delanteros blancos y la ineptitud de los italianos. Mou recurrió de nuevo a su once de gala para tratar de sellar el pase definitivo a octavos de final y de paso rematar al Milán, usarlo para demostrar que el Madrid ha vuelto a Europa. Allegri colocó a Ronaldniho por detrás de los puntas y se santiguó en espera de un milagro que a punto estuvo de llegar.

La primera parte que firmaron los blancos fue para enmarcar. Con carácter, personalidad, desparpajo, aplomo, aplicación, picardía... el Madrid tiene una o dos marchas que el Milán no conoce y dificilmente las intuye. Cuando los blancos corren, pocos hay que puedan echarles el lazo, y en esas el Madrid fue dominando el partido de forma insultante, apenas inquetado por algunos balones cuzados en busca de Pato e Ibra. En la operación, el Milán incurrió en seis fueras de juego y, si el balón finalmente se filtraba, allí aparecía Carvalho para poner fin a las ilusiones italianas. Al Madrid le faltaba el gol para ratificar su superioridad y lo logró cuando más duele, en el 44', al borde del descanso, en una jugada iniciada por Khedira y culminada por Higuaín tras una formidable asistencia de Di Maria que amagó el disparo desde la frontal y engañó hasta al delegado de campo. El Milán se sentía apocado a un nuevo fracaso ante el Madrid, o eso es lo que se pensó desde España, porque es imposible que lo de los italianos no responda a un plan secreto. Con ellos nada se puede dar por concluido.

El Madrid siguió dominando durante los primeros veinte minutos de la segunda parte hasta que Allegri decidió recurrir al arma secreta, el Pippo Inzaghi, un tipo que sintetiza a la perfección la esencia milanista. Es viejo, es pícaro, es fullero, es inteligente y ama el fútbol, y eso estará siempre por encima de los megacracks brasileños. Lo que Pato, con 21 años, no había logrado, lo alcanzó el Pippo desquiciando a Marcelo, a Pepe, a Carvalho y al que se pusiera por delante. En el 68' aparecía en el punto de penalti para rebañar un balón suelto de Ibra que Casillas interpretó mal y que suponía el 1-1. Para celebrarlo, exhibió una camiseta del Milán con su nombre y el número 69, los goles que, según él, ha marcado en competiciones europeas, aunque es probable que se haya contado hasta los que marcó en las pachangas de su barrio. De cualquier manera, el joven Pippo había saltado la banca, aprovechando que el Madrid perdía enteros en ataque al verse perjudicado por un tremendo bajón físico y arbitraje de chiste. En el 78', el supuesto mejor árbitro del mundo, se comía un fuera de juego clarísimo habilitando a Inzaghi para poner el 2-1 mientras San Siro experimentaba algo parecido a la revelación orgiástica. El Madrid veía cómo los puntos se le caían de las manos. Mou movió ficha: retiró a Pepe y dio entrada a Pedro León, cerrando con tres y esperando el milagro, la victoria a la italiana. Y por fin el fútbol mostró algo de justicia cuando en el 94', Benzema, cómodo en su nueva faceta de asistente, metió un balón dentro del área para León que la reventó abajo, al palo corto, donde le duele al portero, para poner el definitivo 2-2 y enmudecer San Siro. Pippo lo sufría arrodillado sobre el césped mientras Pato ya cenaba en Aimo e Nadia. Toda una lección de principios.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 6 meses

Real Pantagruel

Cr7Como si del mítico y ávido gigante de Rabelais se tratase, el Madrid devoró con ansia y fruición un nuevo rival, en este caso un Racing que, finalmente, se fue con un gol más que los defensas que había alineado de inicio. Una bonita lectura. Mourinho ha transmitido su ya célebre ambición desmedida a un grupo que atrás funciona como un martillo y en ataque como una bala. Cuando el Madrid corre poco más se puede hacer. CR7, Di Maria y Özil aceleran el paso del pelotón para fusilar sin contemplaciones lo que se ponga por delante, Málaga, Milán o Auxerre, tanto da, aunque no hay que perder de vista que el Madrid aún no se ha topado con once futbolistas de verdad. Lo precisó Mou en sala de prensa: los grandes no pueden estar felices con cinco partidos buenos. La dinámica es muy buena pero aún no es tiempo de euforia.

Portugal, en otra época inscrito en el Madrid en uno de esos cargos que nadie recuerda, volvió a su casa para devolver al Racing, un ilustre del fútbol español, el brillo que precisamente ya no tiene. Lejos de encontrar una plantilla competitiva, aterrizó entre Colsa y Munitis y con un Canales que era carne de grande, a pesar de que lo fichase el AS. Un trabajo de la prensa deportiva para el Madrid. Bastidores aparte, los santanderinos han incorporado un par de suecos que transitan entre la titularidad y la incomprensión, como si tener algunos extranjeros asegurase algo positivo. La realidad es que la de ayer no era la Liga del Racing, y Portugal lo demostró formando con tres centrales, toda una declaración de intenciones. Si lo de puntuar es ciencia-ficción al menos no quiero llevarme el carro. Pero se lo llevaron, y con todas las de la ley.

El festín lo abrió Higuaín en el 9', solo ante un Toño permanentemente desasistido durante toda la noche por su poderosa línea de centrales, después de una magistral asistencia de Di Maria, el hiperactivo interior, extremo, delantero e incluso lateral izquierdo blanco. Los blancos entendieron rápidamente que una poblada línea defensiva se superaba con balones diagonales a la espalda de los centrales milimétricamente posicionados. El Racing, con 5-4-1, veía volar por los aires su blindaje sin apenas haber tenido oportunidad de testarlo. Hay una máxima que dice que los partidos que se plantean de ese modo tienen dos caminos, sólo dos: o asedio desbocado con marcador corto o el grande no hace prisioneros, y el Madrid no tiene ningún interés en cuidar de sus mazmorras. Primero golepa y después masacra.

Y lo hace porque CR7 está de vuelta. El chico no funcionaba. Se fue un par de días con su selección y volvió echo todo un mozalbete, encaramándose al liderato del pichichi y poniendo el sello de personalidad a un equipo desbocado. El 2-0 llegó en el 15' en una combinación de tres toques que remachó Cristiano; el tercero en el 26', de nuevo Cristiano, en una combinación calcada. En apenas media hora el Racing ni había tocado balón ni había visto venir los golpes. En mitad del vendaval, Alonso comandaba con un Khedira que ya hace lo que tiene que hacer. Su papel es oscuro, poco lucido, pero como subalterno empieza demostrar buenas cualidades al servicio del capataz. Portugal alteró el dibujo: Torrejón por Ariel, un central por un delantero. El sistema se armonizó con la idea de tener un poco más el balón y acabar con un digno 3-0, pero hay que días que uno no sabe cómo acertar. Apenas se había levantado el telón cuando Di Maria robaba en la derecha para asistir a Ronaldo, que firmaba su tercero, el cuarto del Madrid en el 47'. Portugal se rindió definitivamente. El Madrid es implacable. Cristiano firmó el 5-0 de penalti cometido sobre Özil y el sexto lo cerró el propio alemán recogiendo un sensacional pase de Alonso. Diop puso en el casillero el tanto del honor para regocijo del hombre de las anchoas. Por lo menos quedaba constancia de que el Racing había pasado por allí, por el Bernabéu y había jugado contra un equipo voraz e insaciable. Un Madrid caníbal.

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