Montmeló: Sembrando vientos
«Un circuito de Fórmula 1 no huele a gasolina ni a gomas quemadas. La velocidad de los monoplazas se siente con el oído. Un silbido penetrante, un aullido estruendoso y, finalmente, una explosión ensordecedora al paso de la veintena de bólidos que disputan un gran premio de la máxima categoría mundial del automovilismo. Un estallido mecánico sobre el asfalto que logra apagar los gritos de las decenas de miles de gargantas agolpadas en los graderíos».
El pasado fin de semana en el circuito de Montmeló, ni el ruido ensordecedor de motores ni el estallido mecánico al paso de los bólidos lograron acallar el vergonzoso aullido xenófobo de un buen número de energúmenos; patrioteros de la necedad en su mayoría, envueltos en pendones de santa cruzada contra el infiel «negraco». Gritos de «Hijo de puta» y «negro de mierda» entre otros muchos improperios, además de numerosas pancartas alusivas (de todo ello doy fe como testigo), fueron la tarjeta de presentación con la que esta nutrida representación de la cultura y hospitalidad patria, recibieron a Lewis Hamilton y a todos los integrantes del equipo McLaren Mercedes.
Es evidente que este tipo de actitudes insultantes y racistas no son representativas del sentir y proceder deportivo de la mayoría de aficionados; pero sí una lamentable imagen contra la competición deportiva, proyectada a todo el mundo desde el Circuit de Catalunya, en lo que debería haber sido un festivo punto de encuentro de ánimo y agasajo a todos los equipos y pilotos. Bien haría el propio Fernando Alonso en desmarcarse radicalmente de este tipo de actitudes. No solamente con su escueta condena, sino con extensa y clara comparecencia ante los medios, para fulminar con su desprecio a quienes en su nombre se han erigido en vengadores de conflictos pasados, de dudosa culpabilidad y peor digestión.
Y bien harían también algunos medios de comunicación, dejando de avivar las lógicas llamas producto del roce competitivo, para convertirlas en hogueras de odios y venganzas, mucho más rentables a efectos mercantiles. Lewis Hamilton no es pájaro cantor que en mi jaula quisiera ni tampoco Fernando Alonso es un dechado de simpatía y cordialidad; pero no por ello se les ha de negar el respeto y consideración a los que su condición de grandes competidores les hace acreedores. Un máximo de respeto y consideración, que acompañan como derecho inalienable a todo aquel que se juega la vida en el ejercicio de su profesión.