1/4: Sopor
La primera batalla de la tetralogía llamada a marca una época en la historia del fútbol terminó en tablas y el Madrid con uno menos tal y como acostumbran todos los equipos de Mou que se miden con el mayúsculo Barcelona. Del fútbol como tal, del toque, de las ocasiones, de la estética, no se acordó nadie, ni unos ni otros. Normal en el Madrid, extraño en el Barça. El primer duelo dejó muy poco material de campo y mucha tinta para glosar los muchos errores arbitrales que se repartieron equitativamente entre merengues y culés. Por el penalti escamoteado a Villa se puede contar el perdón de Alvés al derribar a Marcelo aunque lo cierto es que, en ese lance que significó el empate, no había más que corner. La expulsión de Albiol fue totalmente justa pero que Pepe y Messi saliesen del campo sin sanción es alguna demuestra lo único evidente que se desprende del partido de ayer: que Muñíz & Co. es una empresa de segunda.
Hablar de árbitros es siempre aburrido y mediocre, por eso Mou habló poco y no por falta de ganas sino por atender a esa surrealista cruzada que ha emprendido contra los medios de comunicación. «Si vosotros sólo queréis hablar conmigo, yo sólo hablaré con vuestros jefes», en respuesta al plante de la prensa ante Karanka. Es la enésima maniobra de evasión para no tener que exponer abiertamente que su Madrid ni ninguno de sus equipos logrará ganar al Barça desde la grandeza. El planteamiento blanco no resultaba descabellado ni novedoso. Con Mou todo es posible y si en el Camp Nou el resultado le dio la razón, ayer no quiso experimento alguno. Nadie puede toser al Barça si pretende jugar con sus cartas por eso no hay más remedio que poner a todos por detrás de la línea del balón y dejar que corra el tiempo. Si lo de ayer lo hace Pellegrini o Schuster, el Bernabéu estalla; si lo hace Mou es inteligente. Esa es la diferencia entre ser un entrenador y tener una buena agencia de comunicación. Si al madridismo se le pregunta qué prefiere, probablemente todos le dirán que lo mejor es evitar nuevas humillaciones: dignidad a cambio de fealdad. Ese es Mou, un coronel raso que puede ganar batallas pegando un par de tiros. Matar consiste en apuntar bien no en disparar muchas veces.
Con el césped más alto de lo habitual y sin regar, el Madrid plantó las líneas muy juntas con Pepe como péndulo que barría el frente de su área con constancia pretoriana. Mou prescindió de los servicios de Özil, el único con título en arquitectura, y formó con Alonso, un tal Khedira y Pepe en un trivote de ensueño que por supuesto no logró crear nada parecido a lo que se venía a hacer. El Madrid aprendió del 5-0 por dos motivos: renunció a jugar y no dejó que el Barça se pasase el balón. Al final el fútbol es muy sencillo. Mou cambió el punto de vista de la presión. Si normalmente se ejecuta sobre la posesión, el Madrid la aplicó sobre el espacio de tal manera que el que tenía el balón estaba cómodo pero no había donde mandarlo. La idea es buena pero la ejecución es tremendamente complicada por el grado de concentración que exige y si se pierde siempre está Pepe para repartir unos caramelos. Con semejante guión el Barça se sintió más incómodo que nunca y empezó a sentir lo duro que va a ser completar la tetralogía con éxito.
El Madrid, encomendado a la dureza y la arritmia constante, encontraba en el juego aéreo su baza más poderosa para tratar de recuperar la desventaja existente en el planteamiento. Los blancos son mucho mejores por alto que los culés, máxime cuando Puyol sólo está en el campo como reclamo sentimental. Su salida del campo después de recaer en su lesión enseñó que el talón de Aquiles blaugrana es la pareja de centrales. Busquets y Piqué no mezclan bien, aunque para probarlo el Madrid debería intentar llegar hasta la frontal del área rival y eso parece misión imposible sin Özil. La justa expulsión de Albiol en el 52' alteró las pulsaciones del encuentro. El Madrid, con diez y 0-1 después de que Messi transformase la pena máxima, estaba ante su verdadera prueba de fuego. Si no se puede apelar a la estética apelemos a la épica, la verdadera identidad blanca. Un intrascendente Benzema dejó su puesto a Özil en el 56' y ya sin Puyol, Mou leyó la jugada dando cancha a Adebayor y Arbeloa por Alonso y Di Maria. La transformación del Madrid tuvo mucho que ver con la participación del alemán bueno y con la prepotencia culé. El Barça se dejó llevar cuando quedaba más de media hora confiando en que en cualquier momento y en superioridad aplastaría al Madrid. Pero los blancos fueron llegando poco a poco, sin dominar con claridad, a ráfagas, a tirones, con balones al palo y remates acertados desde las esquinas hasta que Muñíz se inventó un penalti sobre Marcelo que debería haber implicado la expulsión de Alves. Era el 82' y el madridismo despertaba después de casi hora y media de nada, y bien diferentes serían hoy todas las crónicas si Khedira hubiese sido un futbolista de verdad y hubiera disparado con picardía cuando apenas quedaban un par de minutos para el final porque entonces la victoria moral se habría convertido en una victoria con nombre y apellidos, con tres puntos, una victoria para dominar los resultados anímicos, esenciales durante los próximos veinte días. El miércoles segunda entrega, esta vez con una copa de por medio. Y no lo olviden: vigilen sus tobillos, Pepe anda suelto.