Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 1 mes

1/4: Sopor

Messi Y PepeLa primera batalla de la tetralogía llamada a marca una época en la historia del fútbol terminó en tablas y el Madrid con uno menos tal y como acostumbran todos los equipos de Mou que se miden con el mayúsculo Barcelona. Del fútbol como tal, del toque, de las ocasiones, de la estética, no se acordó nadie, ni unos ni otros. Normal en el Madrid, extraño en el Barça. El primer duelo dejó muy poco material de campo y mucha tinta para glosar los muchos errores arbitrales que se repartieron equitativamente entre merengues y culés. Por el penalti escamoteado a Villa se puede contar el perdón de Alvés al derribar a Marcelo aunque lo cierto es que, en ese lance que significó el empate, no había más que corner. La expulsión de Albiol fue totalmente justa pero que Pepe y Messi saliesen del campo sin sanción es alguna demuestra lo único evidente que se desprende del partido de ayer: que Muñíz & Co. es una empresa de segunda. 

Hablar de árbitros es siempre aburrido y mediocre, por eso Mou habló poco y no por falta de ganas sino por atender a esa surrealista cruzada que ha emprendido contra los medios de comunicación. «Si vosotros sólo queréis hablar conmigo, yo sólo hablaré con vuestros jefes», en respuesta al plante de la prensa ante Karanka. Es la enésima maniobra de evasión  para no tener que exponer abiertamente que su Madrid ni ninguno de sus equipos logrará ganar al Barça desde la grandeza. El planteamiento blanco no resultaba descabellado ni novedoso. Con Mou todo es posible y si en el Camp Nou el resultado le dio la razón, ayer no quiso experimento alguno. Nadie puede toser al Barça si pretende jugar con sus cartas por eso no hay más remedio que poner a todos por detrás de la línea del balón y dejar que corra el tiempo. Si lo de ayer lo hace Pellegrini o Schuster, el Bernabéu estalla; si lo hace Mou es inteligente. Esa es la diferencia entre ser un entrenador y tener una buena agencia de comunicación. Si al madridismo se le pregunta qué prefiere, probablemente todos le dirán que lo mejor es evitar nuevas humillaciones: dignidad a cambio de fealdad. Ese es Mou, un coronel raso que puede ganar batallas pegando un par de tiros. Matar consiste en apuntar bien no en disparar muchas veces.

Con el césped más alto de lo habitual y sin regar, el Madrid plantó las líneas muy juntas con Pepe como péndulo que barría el frente de su área con constancia pretoriana. Mou prescindió de los servicios de Özil, el único con título en arquitectura, y formó con Alonso, un tal Khedira y Pepe en un trivote de ensueño que por supuesto no logró crear nada parecido a lo que se venía a hacer. El Madrid aprendió del 5-0 por dos motivos: renunció a jugar y no dejó que el Barça se pasase el balón. Al final el fútbol es muy sencillo. Mou cambió el punto de vista de la presión. Si normalmente se ejecuta sobre la posesión, el Madrid la aplicó sobre el espacio de tal manera que el que tenía el balón estaba cómodo pero no había donde mandarlo. La idea es buena pero la ejecución es tremendamente complicada por el grado de concentración que exige y si se pierde siempre está Pepe para repartir unos caramelos. Con semejante guión el Barça se sintió más incómodo que nunca y empezó a sentir lo duro que va a ser completar la tetralogía con éxito.

El Madrid, encomendado a la dureza y la arritmia constante, encontraba en el juego aéreo su baza más poderosa para tratar de recuperar la desventaja existente en el planteamiento. Los blancos son mucho mejores por alto que los culés, máxime cuando Puyol sólo está en el campo como reclamo sentimental. Su salida del campo después de recaer en su lesión enseñó que el talón de Aquiles blaugrana es la pareja de centrales. Busquets y Piqué no mezclan bien, aunque para probarlo el Madrid debería intentar llegar hasta la frontal del área rival y eso parece misión imposible sin Özil. La justa expulsión de Albiol en el 52' alteró las pulsaciones del encuentro. El Madrid, con diez y 0-1 después de que Messi transformase la pena máxima, estaba ante su verdadera prueba de fuego. Si no se puede apelar a la estética apelemos a la épica, la verdadera identidad blanca. Un intrascendente Benzema dejó su puesto a Özil en el 56' y ya sin Puyol, Mou leyó la jugada dando cancha a Adebayor y Arbeloa por Alonso y Di Maria. La transformación del Madrid tuvo mucho que ver con la participación del alemán bueno y con la prepotencia culé. El Barça se dejó llevar cuando quedaba más de media hora confiando en que en cualquier momento y en superioridad aplastaría al Madrid. Pero los blancos fueron llegando poco a poco, sin dominar con claridad, a ráfagas, a tirones, con balones al palo y remates acertados desde las esquinas hasta que Muñíz se inventó un penalti sobre Marcelo que debería haber implicado la expulsión de Alves. Era el 82' y el madridismo despertaba después de casi hora y media de nada, y bien diferentes serían hoy todas las crónicas si Khedira hubiese sido un futbolista de verdad y hubiera disparado con picardía cuando apenas quedaban un par de minutos para el final porque entonces la victoria moral se habría convertido en una victoria con nombre y apellidos, con tres puntos, una victoria para dominar los resultados anímicos, esenciales durante los próximos veinte días. El miércoles segunda entrega, esta vez con una copa de por medio. Y no lo olviden: vigilen sus tobillos, Pepe anda suelto.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 1 mes

Una noche en el Bernabéu

Manolito AdebayorHace algunos días Mou reunió a sus chicos en una sala de la inhóspita ciudad deportiva de Valdebebas y les dio un mensaje. Había tenido un sueño, un sueño revelador en el que se veía levantando la copa de la Liga. La levantaba él, no sus jugadores, pero bueno, si lo hace él es porque el Madrid ha ganado algo. «Entonces está bien», pensó Ramos. Avisó con contundencia: cuando él ve algo tan claramente es porque se cumple. De Mou poco más se puede decir. Lo que nadie esperaba es que también sea un profeta, un maestro de las mancias, un oráculo. Se supone que ninguno de sus musculados atletas se rió abiertamente en su cara. Habría sido desacato. Probablemente todos se rieron en casa y algo más cuando el sábado no pudieron meterle mano a un Gijón que jugó el único partido que quería jugar. Preciado debe tener palco gratis en can Barça para la próxima temporada. Y encima Mou fue a darle la mano. Definitivamente las cosas ya no son lo que eran.

Y afortunadamente, porque hacía ya siete años que el Madrid no se dejaba ver en los cuartos de la Copa de Europa, en la reunión anual de la aristocracia europea que si bien siempre es anhelada esta temporada se presenta un tanto devaluada. Sin el Bayern, ni el Milán, ni el Juventus... nada parece lo de siempre con unos ucranianos y unos alemanes capitaneados por un tal Raúl González Blanco, un chaval que está empezando y que esta misma noche han enterrado al Inter en el Meazza. La cuota inglesa está bien representada aunque nadie contaba con los Spurs que tanto vuelo han recibido por parte de la prensa española. Que si Bale, que si Lennon, que si ojo a Modric, el Maradona de los Balcanes, que si Sandro es un mediocentro de escándalo, que si van der Vaart quiere venganza, que si el Madrid está para los leones atravesando una crisis de confianza y aquejado por una plaga de lesiones que conducirá irremediablemente a la escasez, la misma que asoló Egipto y que fue advertida al faraón por José, José Mourinho.

El mundo del fútbol es excesivamente excesivo y barroco, un terreno abonado para el martirio. A partir de marzo los partidos se presentan como batallas y las victorias como gestas, y a esa dialéctica se entregó el Madrid el domingo después de perder la Liga. Mou, Carvalho, Alonso y Arbeloa se conjuraron en un vídeo para que la afición respondiese y brindase a la historia una nueva noche mágica en el Bernabéu. Cacareo. La gente iba a ir igual porque es lo único que queda y probablemente sea lo único que el madridismo quiera ganar. Por eso Mou, además de brujo, también transmutó en galeno y dio el alta a CR7, Marcelo y Kaká, los dos primeros titulares; el tercero subvencionado. Bien pensado, al Madrid no le quedan ya muchos partidos importantes esta temporada así que lo mejor es poner en el campo todo lo que se tiene y esperar que se alineen los astros para ver una buena noche de fútbol.

El público respondió y los astros también y cuando los Spurs bajaron al césped el primer balón, el Madrid ya había marcado el 1-0 por obra y gracia del nuevo ídolo blanco. Manolito ganó la espalda de todos sus marcadores en la salida de un corner. El golpe fue duro y se amplificó cuando Brych, la muestra viva de que en Europa los árbitros pueden ser peores que en España, expulsó a Crouch por doble amarilla. Era el 14' y el Madrid estaba ante el mejor partido de esta temporada. Mou no aflojó y los suyos tampoco y aunque los ingleses apenas la tocaban, el Madrid demostró una vez más su inoperancia para atacar con ciertas garantías una defensa cerrada y estática. La posesión sólo se traducía en desplazamientos horizontales que en nada beneficiaban a Özil, y si él no aparece ya se pueden ir olvidando de ver algo divertido. Los Spurs sólo amenazaban con las carreras imposibles de Bale que sin socios es un jugador más bien vulgar.

De la temida maquinaria londinense nada se supo, ni en la primera ni en la segunda que comenzó igual pero se desarrolló de manera diferente. El Madrid borró del mapa al Tottenham con un empuje digno de la Copa de Europa, buscando los goles que mataran la eliminatoria. De tanto percutir, Adebayor hizo el segundo, también de cabeza, en el 57' y Di Maria el tercero en el 72', este sí, un gol de primera clase en la escuadra de Gomes. Para entonces Khedira, el arquitecto, había dejado su lugar a Lass, su socio en el estudio de arquitectura. El mensaje no era muy alentador porque parecía que Mou se daba por satisfecho pero lo más probable es que el Bernabéu nunca lo hubiese perdonado y Cristiano tampoco que, después de pedir el cambio, ponía el 4-0 definitivo en el 87'. La insistencia blanca terminó por retratar a unos y a otros, a un Madrid ambicioso y hambriento y a unos Spurs reventados y acobardados, ampliamente superados por la púrpura de una noche en el Bernabéu, una noche de las de antes, una noche de Europa.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 2 meses

Y al séptimo año, se clasificó

Bnezema Marcelo Y RamosHacía tiempo que Mourinho no decía nada sensato y ayer lo hizo en rueda de prensa después de devolver al Lyon a su casa, eliminado y bien eliminado. Desde 2004 el Madrid no sabía nada de los cuartos de final de la Copa de Europa pero para el portugués no había motivo para excesiva pirotecnia. Si el Madrid no puede estar entre los ocho mejores equipos de Europa hay algo que se está haciendo mal. Se hizo mal durante las temporadas pasadas, y no sólo cayendo eliminados con derrotas verdaderamente humillantes (véase Liverpool y el famoso chorreo) sino pisoteando la heráldica blanca en el continente. De semejante desastre se han ocupado presidentes de tasca y dominó, entrenadores divinos y jugadores que aún hoy se preguntan cómo llegaron a jugar en el Madrid, aunque sólo fuese un rato. Trescientos mil millones de euros después, el Madrid llegó a cuartos lo cual supuso un gran alivio para todos los parroquianos y desactivó el peor escenario para Pérez: tener que despedir a Mou si el equipo hubiese patinado ante el Lyon. Por fortuna para él y el portugués nunca se sabrá. Diferente es lo que opinan Marca y As.

El Lyon se ha convertido en la peor pesadilla blanca en la última década y eso demuestra lo perdido que ha andado el Madrid por Europa. Antes se temían las visitas del Bayern o del Juventus; ahora escalar Gerland es una proeza sobrehumana, pero a la octava se consiguió con la participación decisiva de Benzema en la eliminatoria, en Lyon y en Chamartín, marcando, presionando y buscando a los compañeros. La llegada de Adebayor ha sido como la chincheta en la silla y de él depende mantener tan buen rendimiento. En cualquier caso, y supongo que a título personal, sería muy humillante salir del Lyon para ir a un grande y ver como año tras año tu ex-equipo te abofetea sin compasión. El partido de ayer tuvo momentos exacta y extrañamente iguales que el de la pasada temporada, cuando el Madrid era más estético pero menos contundente, y por un momento se intuyó que la flojera podría aparecer viendo a CR7 deambular o a Pepe sacar la pierna a pasear cuando no había motivo.

Pero no apareció y no lo hizo porque, superados los primeros minutos del partido, el Madrid demostró que iría a por la victoria, sin paliativos, sin especulaciones, sin negociaciones, amarrado a su estilo y su ímpetu. El empate de ida era un buen resultado aunque corto, muy corto. Se antojaba demasiado funambulismo para tanta dispersión. Mou planteó el partido como plantea todos los demás y eso quizá ayudó anímicamente a los jugadores despojados de la ansiedad del club concentrada estos días en el isquiotibial de Cristiano. El partido exigía tener la posesión, tenerla por estrategia, por mandar en casa, por calidad, por historia... por tantos motivos, pero para el Madrid ese es un debate obsoleto porque ni quiere el balón ni tiene jugadores para tenerlo. Parece que Mou se ha rendido ante la naturaleza de sus mejores jugadores: ustedes corran y plántense en el área rival con cuatro pases. Cuando el Madrid acelera muy pocos lo pueden parar. Y en una de esas carreras, por las costuras de la zaga francesa, se coló Marcelo en el 37' para sentar a los dos centrales y dar el puñetazo en la mesa que el madridismo llevaba tanto tiempo esperando. Ese gol daba tranquilidad y ofrecía una inquietante certeza: el lateral brasileño es un jugador capital en este Madrid. La banda izquierda del Lyon era lo más parecido al salón de su casa y desde allí se gestaron las mejores acciones blancas sólo repelidas por un excepcional Lloris, lo mejor del Lyon junto al Chelo y Lisandro.

Con el 1-0 las cosas no pintaban mal para el Lyon. Antes de cobrar el tanto pasaban con un gol; ahora con uno forzaban la prórroga. El Madrid estaba obligado a buscar otro para ser dueño de su destino y en esa búsqueda Puel ayudó sentando a Briand para dar entrada a Gomis, que ya marcó en la ida. El cambio retrasó a Lisandro a posiciones de creación y ahí se acabó el poco Lyon que pisó el Bernabéu. El Madrid ejecutó un grandísimo ejercicio de presión y martillo, con Di Maria y Benzema como lebreles y Özil como organista. Cristiano estaba para pocas verbenas, buscando una falta por allí y un disparo por acá. La presión dio frutos en el 66' tras un monumental error de Louvren que pescó Benzema para ponerla entre las piernas de Lloris, tal y como hiciese en la ida. El 2-0 tuvo un efecto balsámico para el Bernabéu: al fin una noche europea tranquila, sin sobresaltos, según lo previsto, con un Madrid solvente y aplicado. Con la eliminatoria prácticamente cerrada, entró Adebayor por CR7, cinco minutos antes de que Di María finalizase una buena contra en el 3-0 definitivo que devolvía al Madrid a cuartos. Es cierto que ahora no parece mucho pero sí lo era hace bien poco. No olvidar.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 2 meses

Corriendo se puede empatar

Cristiano EnfadadoSe suele decir que cuando un equipo se vacía y hace todo lo posible y hasta lo imposible por marcar un gol y llevarse los tres puntos no hay lugar a la crítica. No ha habido suerte, las cosas se han torcido, el árbitro, los postes, el césped, un balón sin presión, unas botas con los tacos mal puestos, unos gayumbos que apretaban demasiado o haber olvidado pisar el terreno con el pie adecuado, derecho o izquierdo, la flexibilidad del rito. El Madrid se dejó, y ahora parece que de un modo casi definitivo, media Liga en Riazor ante un equipo que se limitó a hacer lo único que sabe hacer: defender, sostenido por un portero mayúsculo y una pareja de centrales sobresaliente, al menos cuando juegan contra el Madrid. Habrá que ver qué pasa cuando reciban al Levante o al Racing, lo mismo da, porque todos juegan contra el Madrid como si no hubiese mañana. Es el precio de la fama. Lotina renunció a su habitual quinteto defensivo que instauró cuando el equipo se desangraba camino del descenso, aunque cuando el balón comenzó a rodar Rubén Pérez se encargaba de incrustarse entre los centrales convirtiendo la pareja en un trío y ahogando toda la línea de creación de los blancos. Diremos creación porque es una convención pero el Madrid no crea stricto sensu desde hace casi una década.

No tiene mucho sentido seguir profundizando en los errores estructurales que presenta este Madrid. El equipo está concebido para emular a las balas: el Madrid te mata en dos segundos, sin sentirlo, sin percibirlo. Es un equipo de vértigo, diseñado para correr sin preocuparse más que de una efectividad que en ocasiones no se traduce en réditos, como ayer. Un equipo veloz no se preocupa por la reflexión y por eso Alonso se encuentra tan solo al mando de una tropa de chicos de gimnasio. La apuesta es clara, podrá gustar o no (a servidor es evidente que no le gusta lo más mínimo) pero es arriesgada. Hace tiempo que el fútbol gana y al fútbol se gana teniendo el balón. El Inter de Mou invirtió la norma la pasada temporada, eliminando al Barça y alzando la Champions en un Bernabéu que ya aquel mayo empezó a temer lo que se venía encima: tipos corriendo sin descanso, muchos disparos desde fuera del área y nada de estética. Aún menos de ética.

Mou desperdició sesenta minutos dando entrada a Kaká, el hombre con el mejor videobook del mundo. Tres o cuatro goles y a retirarse en el Madrid. Ha llegado al punto en que no se sabe si en realidad está bajo de forma o es que es así de malo, tal y como parece. Insiste y abusa de la conducción cuando no es capaz de regatear ni una piedra intentando demostrarse a sí mismo que sigue siendo lo que los demás dijeron que era ahora que no parece más que un viejo general que ve su palacio en llamas. Cuando el partido exigía abrir el campo para penetrar la línea, Mou se disfrazó de politicastro para complacer el paladar presidencial: Kaká, Ramos y Benzema.

Dejando a un lado la evidente parálisis creativa, el Madrid fue a la brava, a empujones, con un CR7 inquieto porque su estrella se ha apagado en las últimas jornadas y un Özil que siempre baila con la más fea, entre líneas, donde nadie le ofrece ayuda, donde nadie quiere jugar porque supone estar cualificado para ello. Por eso el Madrid dominaba pero se limitaba a llevar el balón hasta la frontal deportivista para acabar perdiendo la posesión, recuperar a treinta metros de Casillas y volver a empezar. Así se consumió una primera parte entretenida sin ocasiones de gol, ni por un lado ni por otro. La segunda mitad se inició con un disparo de Ronaldo que sacó Aranzubía cuando iba dentro, la parada que dio comienzo a la exhibición del portero goleador. El Depor sabía que tenía por delante un ejercicio de contrición y aguante ante las constantes acometidas blancas. Desde el banquillo Mou insufló un poco más de ansiedad a los suyos cuando en el 60' dio entrada a Di Maria y Adebayor por Kaká y Lass. El cambio hizo que CR7 cayese en la banda derecha, emparejado con el que quizá sea el peor lateral de la Liga, un tal Morel, que vio como una y otra vez el portugués lo superaba en todos los envites. Lotina siguió apostando por tener un delantero sin velocidad ni calidad, un tal Sand, no fuera a marcar algún gol o hacer algo prohibido, quizá un regate, incluso una pared. Con el Madrid volcado a tumba abierta sobre el área rival, el Depor precisaba un punta veloz y ágil. Riki salió en el 83' cuando el Madrid atacaba por activa y por pasiva sin conseguir más que un mísero empate en casa del decimotercero. Defendiendo se puede empatar; corriendo se puede empatar pero jugando se puede ganar.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 3 meses

Sólo Alonso

Benzema Se Dispone A Marcar GolUna vez más el Madrid salió de Lyon con la extraña sensación de que algo o alguien o alguna suerte maléfica  le impiden sacar un resultado limpio, claro y conciso. El proverbial enredo de cada temporada de los blancos en Gerland va camino de legendario, y no tiene pinta de cambiar. Por seguro que en Chamartín prefieren verse las caras con el United o con el Inter antes que con los chicos de Puel, el Lyon, un equipo de maratonianos levantadores de pesas. No tienen mucho más los franceses, acostumbrados a un campeonato sin nombre ni proyección, un campeonato que sobrevive a base de exportar el poco talento que atesora. Que el Lyon haya sido el caudillo de Francia durante tantos años ofrece una idea exacta de la naturaleza de la Ligue 1. Cuando alguien quiere un delantero habilidoso, viaja a Brasil; cuando se quiere un gambeteador puro, de calle y porterías hechas con jerséis, va a Argentina; ¿un medio de calidad?, sin duda en España. Pero si  lo que se busca es un quitanieves en medio campo, un tipo de metro noventa y ochenta y cinco kilos, un portento físico y escultural, un destructor, Francia es el sitio y las ex-colonias su cantera. Para el Lyon el fútbol consiste básicamente en correr y seguir corriendo, en apretar las clavijas de todo aquel que pretende jugar y da pases. Es el equipo de las coberturas y de los contragolpes endemoniados y, si bien el Madrid sostuvo con cierto ingenio las arremetidas galas, el resultado final no deja satisfecho a nadie porque los blancos pudieron ganar y los franceses también y cuando se da una situación así es por dos motivos: o el partido ha sido apasionante, jugado de tú a tú entre dos equipos que no especulan o el partido ha sido un soberano aburrimiento. Pueden apostar que con semejante cartel, la segunda opción siempre será la correcta.

Los últimos días la prensa deportiva jugó a conocer a Mou. No habría cosa más placentera para algunos plumillas que entrar directamente en la cabeza del portugués y determinar sin error lo que pasa por esa mente. El caso es que cuando todo el mundo daba por seguro un trivote para contrarrestar la superioridad del Lyon en la zona de creación, el portugués se descolgó con el equipo habitual excepto Marcelo, sacrificado por demasiado ofensivo. De chiste. Mou dio entrada a Arbeloa, un primor táctico, un ejemplo de entrega y sacrificio, que tiene prohibido por contrato superar la línea de medio campo. Ramos debía ejercer como carrilero, pero con contención. Para Mou, la eliminatorias europeas son partidos muy largos, con un par de semanas entre partes, y el objetivo siempre es no recibir esperando que los cazadores de arriba agarren una bola buena en algún momento. Así ha hecho fortuna el portugués trotando por todo el continente pero no la han hecho sus equipos, mil veces campeones, mil veces olvidados.

El Madrid atesora mucha más calidad que el Lyon, línea a línea, dorsal a dorsal, incluso más si Lisandro, lo único diferente, no juega y sale un tal Gomis con unas botas que ya podrían ser unas chanclas. Mou apostó por lo de siempre, por Alonso y Khedira y los cuatro de arriba, pero siempre hubo una enorme diferencia entre la pizarra y la realidad. Los sistemas quedan bonitos en las charlas y en las tertulias, son la epistemología del fútbol. Cuando el balón comienza a rodar, los presupuestos científicos saltan por los aires. Nadie podrá acusar a Mou de conservador: salió en Lyon con cuatro delanteros, nominales, por supuesto, porque el equipo se partió a las primeras de cambio. Alonso solo no puede mover semejante mole. Khedira no es más de lo que es y pretenderlo es querer ver más de lo que en realidad hay, es decir, un alemán grande que supuestamente es un primor en la destrucción. Sin embargo, no está capacitado para entregar un balón sin riesgo. Özil, un socio de lujo para Alonso, estuvo desaparecido prácticamente hasta la jugada del gol cuando su concurso era esencial para dinamitar entre líneas el entramado francés. De CR7 pocas noticias hasta el balón al palo y de Adebayor más de lo mismo. Fue alineado para bajar balones y esperar la llegada de la segunda línea y, cuando tenía la posesión, los refuerzos no aparecían por ningún lado y cuando finalmente aparecían, ya no había balón.

El planteamiento del Madrid (muy pobre, no nos podemos engañar) podía ser un tiro al aire, máxime cuando confías en los centrales que no tienen la noche. Ni Pepe ni Carvalho estuvieron a la altura de las circunstancias, especialmente el segundo, con una natural querencia a retroceder cuando el rival empuja. Y por si fuera poco, Ramos haciendo de las suyas por la banda, pasado de vueltas como acostumbra, sin capacidad para leer lo que necesita su equipo en cada momento. En la reanudación, los blancos salieron con jerarquía, dispuestos a dar un golpe definitivo, lo cual es un tanto desesperante porque demuestra que pueden gobernar los partidos pero sólo a ratos. Fueron los mejores minutos blancos, con un balón al palo de CR7 y otro de Ramos y, viendo que el Lyon comenzaba a deshacerse, Mou movió el banco metiendo al revulsivo espiritual, al monje-delantero Benzema, que tampoco conoce el término medio. O necesita trescientos minutos para marcar o marca a los cuarenta segundos de salir. Y así fue: peleó un balón, lo robó, se asoció, regateó y cuando estaba en trance de besar el césped, sacó un remate que se coló entre las piernas de Lloris. El tanto fue orgiástico, la rendención blanca en el infierno. Tanto fue así que el estoico Pérez se levantó de la poltrona para aclamar a su chico, a su protegido. Debió pensar que sólo por eso pagó 36 millones por él, para verle marcar de blanco un gol en el infierno.

El 0-1 era un resultado de lujo para el Madrid y, antes de que Pérez se sentase de nuevo, Lass ya corría en el campo para amarrar con fuerza el resultado. Irremediablemente el Lyon tuvo que buscar el empate dejando espacios a la espalda, el escenario soñado por Mou para que CR7 y Di Maria pusiesen un hipotético 0-2. En el empuje del Lyon se vieron todas sus costuras y su evidente incapacidad para generar nada parecido al fútbol. Mou lo vio claro y mató al talento: Marcelo entró por Özil esperando que en una arrancada del brasileño la cosa se cerrase pero más bien fue lo contrario porque cuando se especula lo normal es que se dejen cosas por el camino. Corría el 83' y los blancos, que sólo debían mantener el control y enfriar los ánimos, concedieron en un exceso de fogosidad una falta lateral pésimamente defendida que significó un balón muerto a los pies de Gomis en el área pequeña, un balón tan fácil que incluso él lo llevó al fondo de la red mientras toda la zaga reclamaba un fuera de juego que rompía Ramos. El 1-1 era igual de justo que el 0-0 aunque es cierto que supone una cierta ventaja para el Madrid, dispuesto a pasar a cuartos por lo civil o lo criminal, jugando o sin jugar, o como sea o como pueda, tanto da porque las grandes inversiones sólo se justifican con grandes resultados. El cómo no importa a nadie. Es puro romanticismo.

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