Hay cosas en el fútbol que parecen inexplicables, o al menos incomprensibles para el público profano. La destitución de Quique Sánchez Flores es una de esas cosas porque nada parece indicar que el equipo se encuentre en una situación crítica. Marcha cuarto en la Liga con 18 puntos, a cuatro del líder, el Real Madrid, y tercero en el grupo B de la Champions League, a un solo punto del Rosenborg, segundo, o lo que es lo mismo, a un único punto del pasaporte directo a los octavos de final de la máxima competición continental. Sin embargo en el aspecto estadístico los números no parecen los habituales en el equipo del Turia: ha encajado 14 goles en Liga, los mismos que ha marcado. El Valencia contruyó su actual reputación sobre un equipo rocoso, muy bien posicionado en el terreno de juego, muy trabajado tácticamente, muy voluntarioso y esquilmado de grandes nombres.
La proyección del actual Valencia comienza en 1998 con la llegada de Claudio Ranieri al banquillo y la conquista de la Copa del Rey y la Supercopa de España un año después. El italiano fue sustituido por Héctor Cúper que condujo al club al escalón más alto de toda su historia al disputar dos finales consecutivas de la Champions League y no ganar ninguna. En ambas fueron derrotados por el Real Madrid y por el Bayern de Munich. Desde entonces todas las temporadas se escucha en boca de alguien vinculado al club que la Copa de Europa debe algo al Valencia. Con la llegada de Jaime Ortí,el nuevo presidente, llegó un nuevo entrenador. Un desconocido Rafa Benítez, curtido en la escuela de Chamartín, se hacía cargo del banquillo y con su siempre discutida política de rotaciones (que en la actualidad mantiene en el Liverpool) llevó al equipo a la conquista de la quinta Liga de la historia del club en 2002. Parece que el esfuerzo de aquella campaña pasó factura al conjunto que facturó una más que discreta temporada 2002/2003. La explosión fue en la siguente temporada, 2003/2004, en la que el Valencia ganó la Liga, la Copa de la UEFA y la Supercopa de Europa. Benítez emigró a Inglaterra y llegó Quique Sánchez Flores con la misión de devolver al equipo a los puestos de Copa de Europa.
Con Quique el Valencia no ha ganado nada. Simplemente el cuarto puesto en la anterior campaña y la eliminación en cuartos de final de la Champions League a manos del Chelsea. Dejando a un lado consideraciones meramente deportivas, el despido de Quique parece responder a motivaciones más profundas que las expuestas por el siempre hilarante presidente de la entidad Juan Soler. Según los medios por todos es sabido que la relación de Quique con su entorno no ha sido del todo buena a lo largo de estos años, pero parecía que la fulminante destitución de Carboni, ese futbolista metido a capo de vestuario, consolidaría la posición del entrenador. Parece que no era más que un espejismo, porque ni Quique se lleva bien con las vacas sagradas del equipo, ni con el presidente, ni con la afición, ni con el director deportivo, ni con el utillero, ni con Villa, ni con Cañizares, ni con sus ayudantes, ni con el de seguridad de Paterna. En definitiva, que Quique es un tipo grisáceo con el carácter avinagrado que se ha encerrado en su despacho esperando que pase el tiempo para que alguien le dé la razón. Esta es la imágen que se vende del entrenador y de las interioridades del club.
La verdad es que ni siquiera resulta interesante conocer los detalles de las supuestas enemistades y luchas de egos del club ché. A mí por lo menos no. No creo que ahí estén las respuestas. A Quique lo ha defenestrado la afición, la prensa y el presidente. Los primeros porque parece que después de casi una década de fútbol musculoso y aburrido en Mestalla reclaman una cierta mejora estética que haga de los domingos por la tarde un rato plácido. La reivindicación parece bastante razonable y justificada, mucho más viendo que el medio campo creador está basado en Marchena y Albelda. La prensa, a pesar de mantener buenas relaciones con el entrenador, tiene que hacerse eco del «Quique vete ya» y como todo apuntaba a que esta temporada sería igual que todas las demás, lo mejor era propiciar un cambio. El guante fue cogido por Soler que, a las cuatro de la madrugada de hoy, comunicaba el despido de Quique. Ahora se barajan grandes nombres para el banquillo: Mourinho o Lippi, dos entrenadores mundialmente conocidos por su querencia por el fútbol vistoso y alegre. Así que parece que todo seguirá igual por Valencia porque si la Champions tiene una deuda con el Valencia, éstos la tienen con el fútbol, y hasta que no decidan pagarla seguirán disfrutando de las siestas de domingo en la grada de Mestalla.