Dominio sin gol
Llegaba el Barça a las semifinales de Champions con aroma a finado. Su diagnóstico parece universal después de una extraña temporada en la que su estandarte ya ni siquiera va al estadio a ver jugar al equipo que todavía le paga la nómina. Sin opciones en Liga, sin juego, sin fe ni esperanza, el peor invitado era el Manchester, uno de los nuevos príncipes de Europa liderado por el que está llamado a marcar una época: Cristiano Ronaldo. Cierto es que el Barça ha llegado invicto a la penúltima ronda de la gran competición aunque en su contra habrá que apuntar que tampoco ha tenido que enfrentarse a ningún equipo de enjundia. Celtic de Glasgow y Schalke 04 estarían en la zona media de la Liga española (aunque ya nadie sepa qué demonios significa tal comparación). Por eso la cita de esta noche constituía un listón a la altura que se supone aún tienen los culés. La verdadera piedra de toque.
Según Xavi la clave del encuentro residía en la posesión, la posición y la circulación, es decir, los valores que hicieron de los blaugranas uno de los equipos más «guapos» del mundo. Sin embargo los nubarrones aparecieron en el 2' cuando Busacca (el colegiado del Getafe-Bayern de Munich) señalaba el punto de penalti tras una mano de principiante de Milito. El barcelonismo entró en un estado de profunda ansiedad mientras Cristiano colocaba el balón en los once metros. Pero la suerte se alió con los de Rijkaard cuando el 7 del Manchester, en un exceso de celo en la colocación, la tiraba fuera con Valdés batido. A partir de ese momento el Barça comenzó a jugar, controlando el esférico, colocando la línea defensiva en la medular y abortando cualquier incursión por banda de un Ronaldo demasiado solo en punta.
El Barça recordaba por momentos al Gran Barça que se coronó en París, pero con una diferencia que, en este asunto del fútbol, es determinante. El equipo se ha quedado sin gol. Generan un juego en el que, a medida que pasan los minutos, el rival defiende cada vez más cerca de su portero, pero carece de profundidad. Ni siquiera las paredes matadoras entre Eto'o y Messi funcionan. Desplazamiento en horizontal, penetraciones por banda de los laterales y poco más. El Barça no ha logrado ni una sola ocasión manifiesta de gol. Por el otro lado las cosas pintaban peor. El Manchester ha decepcionado en su visita a Barcelona. Ha renunciado por completo al balón encomendándose en exclusiva a lo que pudiera hacer la velocidad y el gambeteo de Ronaldo.
El desarrollo de la segunda parte fue exactamente igual que el de la primera. Mucha posesión y dominio del Barça pero nula claridad ante la portería de los ingleses. El Camp Nou no comprendió la sustitución de Messi por Bojan. Tampoco es que el argentino hubiera deslumbrado pero ejerce un efecto hipnótico en todos los rivales. La entrada de chico no cambió nada, si acaso plasmar la impotencia de un equipo que está a un paso de certificar el final de un ciclo o de acceder a la final de Moscú. Así de taxativo es el fútbol. Según a quién se escuche el resultado es bueno o todo lo contrario. No haber encajado ningún tanto es una buenísima noticia para el Barça. ¿La mala?. Que el Manchester de esta noche no será el que juegue en Old Trafford dentro de siete días y no contar con ninguna ventaja, por mínima que sea, supone una merma considerable para las expectativas culés. El desenlace, el 29 de abril en el Teatro de los Sueños. Procuren no perdérselo.
Creo que todos los que me conocéis un poco, sabéis ya de la admiración y respeto que le profeso a uno de los cuatro pilotos, en mi opinión,
Recibía el Valencia al saltar sobre el césped de San Mames una de las mayores ovaciones recibidas durante el campeonato por los pupilos de Koeman. No era su público, no era su estadio, no estaba en casa. Los jugadores rojiblancos flanqueaban la salida del Campeón de Copa que parecía, durante un efímero instante, poder desinhibirse de todo lo que lo rodea y sentirse, aunque fuera gracias a extraños, un poco arropado.