Dijeron que se dejarían la piel y si lo hicieron o no quedará al criterio de cada uno, pero la realidad es que el Barça no pudo atravesar el muro que planteó Mourinho, un entrenador que va camino del mito, no por sus victorias (que no son pocas) si no por saber ejercer de entrenador en el pleno sentido de la palabra en cada equipo que ha dirigido. La nueva vedette del fútbol mundial carga sobre sus espaldas como pocos la presión que legítimamente corresponde a sus futbolistas. Con sus artes, sucias, chabacanas y barriobajeras, logra que sus chicos no carguen con la responsabilidad de sus fracasos, del mismo modo que cuando el éxito cae de su lado, las cámaras solo tienen ojos para el portugués. Los italianos están encantados de haberse conocido y, al igual que Mourinho, juntos conforman una entente irritante que desespera y saca de sus casillas al más pintado. Por desgracia, eso también es fútbol y no hay que engañarse: tipos como él elevan este juego a categoría de credo por su proyección mediática y porque nunca tanta arrogancia tuvo tanta recompensa. Las victorias del villano también venden.
La relación de Mourinho con el Barça es inquietante. Nadie parece recordar los servicios que prestó al club como traductor de Robson y azote de Ronaldo. El chico aprendió en silencio, agazapado tras la sombra de técnicos que recibían los latigazos correspondientes cuando las cosas no salían bien. Hizo al Oporto campeón de Europa y en el mismo terreno de juego, se arrancó la medalla de campeón sabiendo que dos o tres días después se iría a Londres a intentar sacar jugo de los millones de un desconocido magnate del petróleo ruso. Nunca logró la Champions pero muchos fueron los que sufrieron sus provocaciones en víspera de partido, cuando los ánimos no toleran ninguna tontería, cuando las bravuconadas retumban en todos los rincones. Rijkaard cayó en su juego y el Barça fue eliminado a pesar de que por aquel entonces las piernas y la cabeza de Ronaldinho todavía funcionaban. Como las cosas no eran de su agrado, forzó su salida de Inglaterra y recaló en el deprimido Inter que lamía sus heridas viendo cómo su odiado vecino se alzaba con los galardones cada temporada, una y otra vez. Y como el fútbol es aliado del destino, en su carrera apareció el Barça más laureado de la historia, el único equipo del mundo que ha ganado en una temporada todo lo que ha jugado, un Barça dirigido por un técnico impecable que a su vez comanda a un elenco impecable.
El juego del Barça no es más que el reflejo de un filosofía, de un modo de entender la vida. Su juego es el síntoma, no la causa y, personalmente, como espectador, devorador y aficionado al fútbol, prefiero la apuesta blaugrana al juego italiano, del mismo modo que prefiero el David de Miguel Ángel a cualquier engendro Marina d'Or. Sin embargo, y este será un debate eterno, la apuesta italiana forma parte del juego, es legal y, por lo visto, de vez en cuando, da buenos resultados. Los italianos, a diferencia de los españoles, sostienen que un partido de fútbol no solo se juega en la cancha. En este juego existen resortes ajenos al balón, y ellos los emplean con una eficacia extrema. Por eso las declaraciones de Piqué en la previa tratando de calentar el encuentro de vuelta resultaron del todo irrisorias porque ése no es el estilo del Barça, ni dentro ni fuera del césped. El Barça lleva más de quince meses hablando sobre el terreno de juego, con el balón, destruyendo todo lo que encontraba a su paso con elegancia, estilo y estética. Sin embargo, el Inter que ha armado Mourinho es otra cosa, otra dimensión, un concepto que el sofisticado Barça ni ha sabido ni ha podido digerir.
Con ese planteamiento los orcos de Mourinho se presentaron ante los elfos de Guardiola, con la única intención de conservar y, una vez vencido, restregar con saña la victoria en el rostro del ex-campeón continental. Guardiola, sabedor de las intenciones de los italianos, formó una defensa de tres con Alves ejerciendo como viejo carrilero. Mourinho tuvo que dejar a Pandev en el banco porque se recalentó minutos antes de salir a jugar. La lesión de uno de sus puntas no hizo más que cimentar su idea. El Inter no quiso saber nada del bálón, ni al principio ni al final. ¿Acaso es necesario tener el balón para ganar?. El Barça se adueñó de la posesión con ferocidad pero a los diez minutos comprendió que solo con la garra no le iba a llegar. Los ataques culés, horizontales y demasiado previsibles, chocaban con seis interistas cosidos a la frontal del áera. El Inter ni siquiera llegó a oler el área rival pero lo más preocupante era que el Barça tampoco era capaz de poner a prueba a Julio César. Una vez más Mourinho vio recompesada su apuesta cuando Motta fue injustamente expulsado en el 28'. A partir de ese momento, la escasa dimensión ofensiva del Inter murió. La cosa era tan clara que Eto'o hizo las veces de lateral izquierdo ofreciendo coberturas defensivas a su ¡lateral izquierdo!. De chiste. Cuando restaban diez minutos para echar al campeón, Mou lo vio aún más claro y retiró toda su dinamita para dar cancha a la contención encarnada en Muntari, Mariga y Córdoba, todos ellos exclentes y contrastados creadores de juego. El Inter acabó el partido con cuatro centrales en el campo organizados en un esquema inédito: 5-4, ¿para qué más?. El golazo de Piqué en el 84' encendió a la grada pero todo se quedó ahí, en un burdo intento de penetrar las sólidas líneas de un serio candidato al título. ¿Injusto?. Solo hay que mirar al otro finalista dirigido también por otro reconocido amante del fútbol ofensivo, del bonito, del que gusta al aficionado. Será una final de músculo y posición. Resulta paradójico pero seguramente haya sido el Barça el que más haya odiado su profesión está noche chocando una y otra vez contra un grupo de futbolistas cuajados, tácticamente impecables y felices, muy felices.