Por Ignacio Ampudia, hace 9 meses y 2 días

4/4: Morte na praia

Xabi Y XaviAhora que EEUU ha prescindido de los servicios del último supervillano que quedaba en el planeta, el mundo necesita focalizar su ira en otro personaje. Nadie ha inventado nada mejor que el otro para construir su identidad, y si no miren al Madrid y al Barça tan necesitados el uno del otro para dar sentido a su historia. Candidatos para reemplazar a Osama hay de sobra: Ovrebo, De Bleeckere, Busacca, Frisk, Stark, entre otros, o el mismo Mourinho si la cosa se dirime desde Can Barça. Hay un problema cuando uno trata de justificarse por medio del agravio y el Madrid lo está encontrando porque encomendarse a la mediocridad del arbitro es un argumento tan democrático como poco efectivo. La falta señalada a CR7 previa al gol de Higuaín es inexistente del mismo modo que Carvalho no fue expulsado cuando hizo méritos más que suficientes para ello o Pedrito siguió en el campo después de obstaculizar el saque de una falta que significaba su segunda amarilla. Cuando el fracaso se achaca al mensajero, no queda más que la confusión, ese estado de ánimo que experimenta el Madrid desde que Mou decidió prescindir de la pizarra para preparar la madre de todas las batallas. Los árbitros son malos, en España y en Europa, y no recuerdo a Mou decir que los árbitros han favorecido al Madrid (afirmación irrefutable, de igual modo que han favorecido al Barça) cuando en realidad lo han hecho en incontables ocasiones. La temporada pasada, en el Meazza, «su» Inter hizo un gol en fuera de juego al tiempo que le fue perdonado un penalti claro sobre Alves mientras en el Camp Nou el Barça vio cómo le anulaban un gol a Bojan perfectamente legal. Tampoco escuché a Mou quejarse del arbitraje cuando el Chelsea se paseaba por los campos ingleses con la impunidad de los petrodólares... ¿sigo?. No tiene sentido alguno señalar al arbitraje. Son malos, muy malos, aquí y allá y querer ver en ellos la explicación a la eliminación es cogérsela con papel de fumar.

Aparcados los argumentos conspirativos, el Madrid por fin fue el Madrid (o algo relativamente parecido) en el Camp Nou. La eliminación es un fracaso pero más allá hay datos que invitan al optimismo. Sin Pepe como mediocentro, Mou alineó a Lass junto a Alonso, un doble pivote que sin ser una delicia estética por lo que resta el francés, dio un aire más lógico al equipo. Por delante de ellos formó una línea de tres con Di Maria, CR7 y Kaká como enganche e Higuaín en punta. El dibujo era apropiado, el mismo con el que el Madrid ha llegado lejos esta temporada en las competiciones cortas pero las piezas no eran las apropiadas. Quizá Mou pensó que a Özil y Benzema les falta carácter para salir al Camp Nou a tratar de hacer justicia a la camiseta que visten; quizá pensó que la experiencia de Kaká e Higuaín sería un valor como lo fue en Valencia o quizá mandó a sus chicos a una muerte segura con dos piezas claramente defectuosas. Lo del brasileño no merece muchos más comentarios y los del argentino es lógico cuando se ha estado tanto tiempo en el dique seco. Por primera vez en la serie el Madrid necesitaba arriesgar, necesitaba buscar al Barça, necesitaba ser fiel a su historia y así salió y así anuló al Barça durante los primeros quince minutos colocando la línea de presión en la salida de balón culé, uno de los puntos débiles del Barça donde quedaron retratadas las costuras de un Mascherano que no deja de ser un jugador menor en un equipo mayúsculo. Si Puyol y Piqué no se entienden, el Barça lo acusa.

El Madrid revolvió cerca del área de Valdés y, sin contar con ninguna ocasión clara, dio la sensación de que, en contra de las palabras de Mou, iba a por la remontada. Pero la falta de resultados empujó a los blancos a replegarse en su campo. El Madrid sólo apretaba a los centrales. Cuando el balón llegaba a Xavi o Iniesta, mediocentros y línea de cuatro quedaban replegados por detrás esperando la contra. El guión para el Barça era sencillo: posesión, circulación y buscar la banda de Marcelo que apenas recibió la ayuda de CR7 en tareas defensivas. Para apagar ese fuego estaba Alonso. El Barça comenzó a crecer poco a poco a base de lo único que sabe hacer y para la media hora de juego la superioridad era manifiesta. Hasta cuatro manos de oro sacó Casillas a Messi e Iniesta, cuatro manos providenciales que sólo contribuyeron al incremento de la ansiedad madridista. El descanso fue la mejor noticia para el Madrid después de una primera parte sin jugadas polémicas, sin enganchones, ni patadas a destiempo ni demasiadas funciones teatrales, una primera parte de equilibrio.

En la reanudación el Madrid atacaba la portería que el Barça suele atacar en las segundas partes. Desde el sorteo Casillas había intentado exhumar los miedos culés rompiendo las tradiciones del anfitrión, intentando buscar algún tipo de ayuda fuera del césped. Y no se sabe si por eso o por lo otro o por lo de más allá, en el 47' llegó la madre de todas las jugadas, la que hoy todo el mundo invoca como determinante sin señalar que hubo 180 minutos más para tratar de ganar la eliminatoria. CR7 se internaba por el carril central, recibía un modesto empujón de Piqué, suficiente para desequilibrar al madridista que en su caída cedía a Higuaín antes de derribar con lo justo a Mascherano. Después de pitar, Higuaín batía a Valdés. No se puede habar de gol anulado porque el juego ya estaba parado pero si el árbitro no pita la cosa habría sido bastante más justa porque no hay nada en esa jugada. ¿Que el Madrid ha sido eliminado por eso?, ¿ya nadie recuerda la ida en el Bernabéu?. En fin... El revuelo fue monumental y no porque los blancos arrollasen al colegiado sino porque la jugada activó ese gen castatrofista que tan sabiamente Mou ha inoculado al madridismo. Cinco minutos después, en un desajuste que retrató a Albiol y Carvalho, tan coordinados como una película de los Hermanos Marx, llegaba el 1-0 en las botas de Pedrito. Quedaba media hora y el Madrid debía marcar tres goles para estar en Wembley. Y lo intentó, de veras que lo intentó, con Adebayor por Higuaín, empujando por las alas, arrebatando el balón al Barça en algunas fases, con la heroica y con el escudo y el premio llegó después de una internada de Di Maria que la estrelló en el poste y se la dio a Marcelo para que pusiese en 1-1 y mantuviese la ilusión. El Camp Nou enmudeció un minuto; el siguiente cantó alto, muy alto, para librarse del miedo que también sintió Guardiola cuando en el 74' retiró a Villa para dar entrada a Keita buscando un medio campo más fuerte, más agarrado, más compacto que anulase las transiciones blancas en busca de un milagro que no llegó, haciendo el esfuerzo para caer en la orilla, para morir en la playa. El Barça no quiso agitar mucho más el avispero, conforme con un empate que le daba el pasaporte para la sexta final de su historia y que supone la vuelta al escenario donde comenzó a forjar su curriculum europeo. 

Por Ignacio Ampudia, hace 9 meses y 9 días

3/4: El síndrome de Estocolmo

Jose MourinhoLa nueva de Mou es que le van las películas de espías, de conspiradores que dominan el mundo sin que los ciudadanos lo sepan, de las perfidias ocultas que designan el destino de miles de millones de seres humanos que sin saberlo madrugan cada mañana, gastan doce horas de su vida en producir algo y vuelven a casa con los bolsillos vacíos y un sospechoso olor dentro de la camisa. Los jugadores del Madrid no iban a ser menos, también ellos son humanos; los del Barça son otra cosa, son los hijos de Mahatma, los embajadores de Unicef, las bellas esculturas de un fútbol geométrico diseñado bajo los dictados de la proporción áurea. No son humanos. Son ángeles. Quizá lo más sorprendente de todo este asunto es que Mou se pregunta por qué y muchos más también lo hacemos: ¿por qué aguantar más tontadas de este tipo?. Se confirma la penosa noticia: Mou ha secuestrado el Madrid, eso sí, con el arte del trilero, a veces con discreción otras con pirotecnia, convenciendo a veteranos y noveles de que, después de 500 millones (a saber: 100 por Cristiano, 75 por el evangelista, 35 por Mudito...), lo único que se puede hacer en las semifinales de Copa de Europa en el Bernabéu es arroparse para no pasar frío. «No, si a mi me da igual lo que pase, llego a casa, tengo una familia maravillosa, mañana será otro día, yo ya tengo mi vida resuelta...» El diagnóstico es sencillo, la solución no lo es tanto porque si ha convencido al director de la Central Lechera, tenemos mourinhadas para rato.

La tercera entrega de esta opereta de fin del mundo comenzó con nuevos ingredientes. Lejos quedaba aquel empate en Liga que sólo fue la puesta de largo del antídoto. La del Rey se la llevo el Madrid con una buena primera, agresiva, concentrada, efectiva, un partido que enseñó a Guardiola que ya no bastaba con tocarla bien. El Barça es un equipo memorable pero nunca se había visto en la tesitura de tener que bajar a la arena para zafarse en tareas de estibador, justo las que Mou domina a la perfección. Guardiola nunca tuvo comentarios mundanos porque con el balón era suficiente. Por eso cuando el martes habló, proclamó un cambio de estrategia que se vio en el césped veinticuatro horas después. A pesar de lo que pueda parecer, Marcelo era uno de los mayores inconvenientes para el Barça. Por pensar que era inofensivo, se había descuidado su marca dejándolo libre. Su asociación con Di Maria era uno de los pocos argumentos ofensivos de los blancos. Por eso Guardiola le colocó a Keita por delante para que no progresara lo que convirtió el partido en un páramo.

No es que el Barça jugase especialmente bien en el Bernabéu mientras se midieron once a once. La estadística dice lo que uno quiere que diga y sí, 71% y 520 pases por 29% y 150 parece escandaloso, pero lo que no se dice es que más de la mitad de esas asociaciones culés se produjeron en zonas inocuas. Ni CR7, ni Kaká, ni el otro ni el de más allá. El tapón del Madrid es Pepe, un central reconvertido en mediocentro que ha sido el verdadero protagonista de los tres encuentros. Y curiosamente ayer, justo el día que menos estaba repartiendo, pagó por todos los delitos anteriores. Él, curtido en mil batallas, pecó de ingenuo y aplicó ímpetu que no contacto contra el mejor actor europeo, Dani Alves, un genio de la interpretación. Hasta salió en camilla para recoger el premio. Stark recibió «órdenes» por el pinganillo y lo que era una falta se convirtió en una expulsión en el 61', el minuto que cambió el mundo. Cuatro después, Mou estaba sentado en la grada escribiéndole la lista de la compra a un desconcertado Karanka que miraba desamparado hacia el jefe. «¿Entonces entra Kaká?», pensó él. «Este tío no se entera de nada», susurró Mou.

La salida de Pepe fue como la del profesor que va al baño. Los chicos se alborotaron, los unos y los otros, los blancos porque veían que sin tapón todo se iba por el desagüe y los blaugranas porque vieron el cielo abierto, la posibilidad de matar la eliminatoria. El que más lo notó fue Messi que de repente apareció en el partido, comenzó a arrancar como el 10 que es por mucho que algunos se empeñen en colocarlo como 9 y el Barça, liberado del azote del leñador se dispuso a rematar al huérfano. Es sorprendente, ya vamos por el cuarto párrafo y no se ha hablado de fútbol y no se ha hecho porque sencillamente no lo hubo. El plan del Madrid era destruir y el del Barça aguantar a la espera de algo mejor. Todo lo que hubo por medio fueron un par de buenos goles de Messi, uno como 9 y otro como 10 puro, muy buenas actuaciones (Pedro y Busquets inconmensurables) y miseria, mucha miseria porque mientras el Madrid no se crea capaz de hacer algo mejor, no habrá nada más que copitas para el olvido.

Por Ignacio Ampudia, hace 9 meses y 16 días

2/4: ¡CAMPEONES!

Casillas Copa Del ReyLa Copa vapuleada bajo los cascos del caballo ganador es la mejor síntesis de lo que significó la final de Mestalla que ganó el Madrid, un nuevo Madrid dirigido por el entrenador de los títulos que ha inculcado la doctrina de la vorágine. Mou dio la orden clave: «destruid todo lo que veáis, arrasad el poblado y nunca hagáis prisioneros» y sus pretorianos obedecieron hasta el punto de engullir el trofeo, no se sabe si por un exceso de celo republicano o por todo lo contrario. En el caso de Ramos todo o nada es posible porque en realidad nadie sabe (sospecho que ni siquiera él mismo) qué es lo que le pasa por la cabeza cuando no está en el campo. Cuando ejerce como futbolista es uno más del pelotón, y de los más aplicados.

Poco tuvo que ver la final con el duelo liguero del sábado pasado. Con el título decidido a favor del Barça, el Madrid ensayó algunas de las fórmulas que ayer anularon a los blaugranas durante toda la primera parte. El nudo que planteó Mou en la media fue mayúsculo, una trampa para ratones destinada a desactivar la conexión entre Xavi e Iniesta. Si los dos motores no se encuentran, el Barça se gripa y hace que incluso Messi parezca un jugador del montón obligado a bajar hasta los fogones para oler la comida. Pepe volvió a actuar de tapón, de chico para todo por delante de Alonso y arropado por Khedira, un enigma en cada carrera principalmente porque resulta incomprensible que el Madrid haya pagado un solo euro por contar con sus servicios o más bien lo resultaría si Mou no estuviese en el banquillo blanco.

Así las cosas, el portugués dispuso un plantel aleccionado para la batalla. Cada vez resulta más probable que Mou se dejase ir en el Camp Nou para mostrar al madridismo que ni siquiera él está capacitado para jugar al Barça de tú a tú. En cierto modo la manita fue balsámica, fue la coartada para poner a diez tipos detrás del balón, con Özil y Di Maria más preocupados por destruir que por combinar. Sólo Cristiano quedó exonerado de las arduas tareas defensivas aunque en alguna ocasión se pudo ver al general abroncar a su soldado predilecto. El Madrid iba fuerte al balón dividido, sin dudar, y acosaba al árbitro en manada tratando de controlar todos esos aspectos del juego que uno debe controlar cuando plantea un partido a cara de perro, un partido sin continuidad, sin ritmo, sin ocasiones, un partido que se dirime en la media, un partido sin precisión en el que el balón nunca es protagonista. 

Los primeros cuarenta y cinco minutos retrataron a un Barça desconcertado que gozó de la posesión pero no supo qué hacer con ella mientras el Madrid desplegaba su juego a la perfección: robo y a correr, dos toques mejor que tres, simplificar antes que dialogar para llegar al vestuario con algún gol en la cuenta y el rival desmoralizado. Casi lo consigue Pepe a dos minutos del descanso en una de sus muchas escaramuzas como delantero centro. Su físico es portentoso; su templanza inexistente aunque en su descargo se podría decir que se portó mejor que en Chamartín. Sin embargo, tal planteamiento exige mantener la frescura y la concentración durante noventa minutos y correr detrás del balón es demasiado cansado. Por eso si la primera parte fue blanca, la segunda fue del Barça de cabo a rabo. El Madrid se partió y sus llegadas hasta Pinto se contaron así: una de Cristiano que desbarató Alves mientras Casillas sacaba algunas más.

Pero llegar a la prórroga erosionaba mucho más al Barça que al Madrid porque de sobra es sabido que es más ingrato hacer que no hacer, y hacer durante muchos minutos y no lograr nada iba minando la moral blaugrana que se hundió definitivamente cuando en el 103' CR7 se elevó imperial sobre Adriano para poner el 0-1 y confirmar el plan de Mou. El Barça, poco acostumbrado a jugar con urgencias, siguió chocando contra el muro una y otra vez hasta que acabó cediendo la primera final de la era Guardiola ante un Madrid tan rácano como titánico, tan irreconocible como efectivo, tan sufridor como poco atractivo. Ya lo dijo Pep en rueda de prensa, una verdad cruel pero cierta: el que gana siempre tiene la razón.         

Por Ignacio Ampudia, hace 9 meses y 20 días

1/4: Sopor

Messi Y PepeLa primera batalla de la tetralogía llamada a marca una época en la historia del fútbol terminó en tablas y el Madrid con uno menos tal y como acostumbran todos los equipos de Mou que se miden con el mayúsculo Barcelona. Del fútbol como tal, del toque, de las ocasiones, de la estética, no se acordó nadie, ni unos ni otros. Normal en el Madrid, extraño en el Barça. El primer duelo dejó muy poco material de campo y mucha tinta para glosar los muchos errores arbitrales que se repartieron equitativamente entre merengues y culés. Por el penalti escamoteado a Villa se puede contar el perdón de Alvés al derribar a Marcelo aunque lo cierto es que, en ese lance que significó el empate, no había más que corner. La expulsión de Albiol fue totalmente justa pero que Pepe y Messi saliesen del campo sin sanción es alguna demuestra lo único evidente que se desprende del partido de ayer: que Muñíz & Co. es una empresa de segunda. 

Hablar de árbitros es siempre aburrido y mediocre, por eso Mou habló poco y no por falta de ganas sino por atender a esa surrealista cruzada que ha emprendido contra los medios de comunicación. «Si vosotros sólo queréis hablar conmigo, yo sólo hablaré con vuestros jefes», en respuesta al plante de la prensa ante Karanka. Es la enésima maniobra de evasión  para no tener que exponer abiertamente que su Madrid ni ninguno de sus equipos logrará ganar al Barça desde la grandeza. El planteamiento blanco no resultaba descabellado ni novedoso. Con Mou todo es posible y si en el Camp Nou el resultado le dio la razón, ayer no quiso experimento alguno. Nadie puede toser al Barça si pretende jugar con sus cartas por eso no hay más remedio que poner a todos por detrás de la línea del balón y dejar que corra el tiempo. Si lo de ayer lo hace Pellegrini o Schuster, el Bernabéu estalla; si lo hace Mou es inteligente. Esa es la diferencia entre ser un entrenador y tener una buena agencia de comunicación. Si al madridismo se le pregunta qué prefiere, probablemente todos le dirán que lo mejor es evitar nuevas humillaciones: dignidad a cambio de fealdad. Ese es Mou, un coronel raso que puede ganar batallas pegando un par de tiros. Matar consiste en apuntar bien no en disparar muchas veces.

Con el césped más alto de lo habitual y sin regar, el Madrid plantó las líneas muy juntas con Pepe como péndulo que barría el frente de su área con constancia pretoriana. Mou prescindió de los servicios de Özil, el único con título en arquitectura, y formó con Alonso, un tal Khedira y Pepe en un trivote de ensueño que por supuesto no logró crear nada parecido a lo que se venía a hacer. El Madrid aprendió del 5-0 por dos motivos: renunció a jugar y no dejó que el Barça se pasase el balón. Al final el fútbol es muy sencillo. Mou cambió el punto de vista de la presión. Si normalmente se ejecuta sobre la posesión, el Madrid la aplicó sobre el espacio de tal manera que el que tenía el balón estaba cómodo pero no había donde mandarlo. La idea es buena pero la ejecución es tremendamente complicada por el grado de concentración que exige y si se pierde siempre está Pepe para repartir unos caramelos. Con semejante guión el Barça se sintió más incómodo que nunca y empezó a sentir lo duro que va a ser completar la tetralogía con éxito.

El Madrid, encomendado a la dureza y la arritmia constante, encontraba en el juego aéreo su baza más poderosa para tratar de recuperar la desventaja existente en el planteamiento. Los blancos son mucho mejores por alto que los culés, máxime cuando Puyol sólo está en el campo como reclamo sentimental. Su salida del campo después de recaer en su lesión enseñó que el talón de Aquiles blaugrana es la pareja de centrales. Busquets y Piqué no mezclan bien, aunque para probarlo el Madrid debería intentar llegar hasta la frontal del área rival y eso parece misión imposible sin Özil. La justa expulsión de Albiol en el 52' alteró las pulsaciones del encuentro. El Madrid, con diez y 0-1 después de que Messi transformase la pena máxima, estaba ante su verdadera prueba de fuego. Si no se puede apelar a la estética apelemos a la épica, la verdadera identidad blanca. Un intrascendente Benzema dejó su puesto a Özil en el 56' y ya sin Puyol, Mou leyó la jugada dando cancha a Adebayor y Arbeloa por Alonso y Di Maria. La transformación del Madrid tuvo mucho que ver con la participación del alemán bueno y con la prepotencia culé. El Barça se dejó llevar cuando quedaba más de media hora confiando en que en cualquier momento y en superioridad aplastaría al Madrid. Pero los blancos fueron llegando poco a poco, sin dominar con claridad, a ráfagas, a tirones, con balones al palo y remates acertados desde las esquinas hasta que Muñíz se inventó un penalti sobre Marcelo que debería haber implicado la expulsión de Alves. Era el 82' y el madridismo despertaba después de casi hora y media de nada, y bien diferentes serían hoy todas las crónicas si Khedira hubiese sido un futbolista de verdad y hubiera disparado con picardía cuando apenas quedaban un par de minutos para el final porque entonces la victoria moral se habría convertido en una victoria con nombre y apellidos, con tres puntos, una victoria para dominar los resultados anímicos, esenciales durante los próximos veinte días. El miércoles segunda entrega, esta vez con una copa de por medio. Y no lo olviden: vigilen sus tobillos, Pepe anda suelto.

Por Ignacio Ampudia, hace 10 meses y 1 día

Una noche en el Bernabéu

Manolito AdebayorHace algunos días Mou reunió a sus chicos en una sala de la inhóspita ciudad deportiva de Valdebebas y les dio un mensaje. Había tenido un sueño, un sueño revelador en el que se veía levantando la copa de la Liga. La levantaba él, no sus jugadores, pero bueno, si lo hace él es porque el Madrid ha ganado algo. «Entonces está bien», pensó Ramos. Avisó con contundencia: cuando él ve algo tan claramente es porque se cumple. De Mou poco más se puede decir. Lo que nadie esperaba es que también sea un profeta, un maestro de las mancias, un oráculo. Se supone que ninguno de sus musculados atletas se rió abiertamente en su cara. Habría sido desacato. Probablemente todos se rieron en casa y algo más cuando el sábado no pudieron meterle mano a un Gijón que jugó el único partido que quería jugar. Preciado debe tener palco gratis en can Barça para la próxima temporada. Y encima Mou fue a darle la mano. Definitivamente las cosas ya no son lo que eran.

Y afortunadamente, porque hacía ya siete años que el Madrid no se dejaba ver en los cuartos de la Copa de Europa, en la reunión anual de la aristocracia europea que si bien siempre es anhelada esta temporada se presenta un tanto devaluada. Sin el Bayern, ni el Milán, ni el Juventus... nada parece lo de siempre con unos ucranianos y unos alemanes capitaneados por un tal Raúl González Blanco, un chaval que está empezando y que esta misma noche han enterrado al Inter en el Meazza. La cuota inglesa está bien representada aunque nadie contaba con los Spurs que tanto vuelo han recibido por parte de la prensa española. Que si Bale, que si Lennon, que si ojo a Modric, el Maradona de los Balcanes, que si Sandro es un mediocentro de escándalo, que si van der Vaart quiere venganza, que si el Madrid está para los leones atravesando una crisis de confianza y aquejado por una plaga de lesiones que conducirá irremediablemente a la escasez, la misma que asoló Egipto y que fue advertida al faraón por José, José Mourinho.

El mundo del fútbol es excesivamente excesivo y barroco, un terreno abonado para el martirio. A partir de marzo los partidos se presentan como batallas y las victorias como gestas, y a esa dialéctica se entregó el Madrid el domingo después de perder la Liga. Mou, Carvalho, Alonso y Arbeloa se conjuraron en un vídeo para que la afición respondiese y brindase a la historia una nueva noche mágica en el Bernabéu. Cacareo. La gente iba a ir igual porque es lo único que queda y probablemente sea lo único que el madridismo quiera ganar. Por eso Mou, además de brujo, también transmutó en galeno y dio el alta a CR7, Marcelo y Kaká, los dos primeros titulares; el tercero subvencionado. Bien pensado, al Madrid no le quedan ya muchos partidos importantes esta temporada así que lo mejor es poner en el campo todo lo que se tiene y esperar que se alineen los astros para ver una buena noche de fútbol.

El público respondió y los astros también y cuando los Spurs bajaron al césped el primer balón, el Madrid ya había marcado el 1-0 por obra y gracia del nuevo ídolo blanco. Manolito ganó la espalda de todos sus marcadores en la salida de un corner. El golpe fue duro y se amplificó cuando Brych, la muestra viva de que en Europa los árbitros pueden ser peores que en España, expulsó a Crouch por doble amarilla. Era el 14' y el Madrid estaba ante el mejor partido de esta temporada. Mou no aflojó y los suyos tampoco y aunque los ingleses apenas la tocaban, el Madrid demostró una vez más su inoperancia para atacar con ciertas garantías una defensa cerrada y estática. La posesión sólo se traducía en desplazamientos horizontales que en nada beneficiaban a Özil, y si él no aparece ya se pueden ir olvidando de ver algo divertido. Los Spurs sólo amenazaban con las carreras imposibles de Bale que sin socios es un jugador más bien vulgar.

De la temida maquinaria londinense nada se supo, ni en la primera ni en la segunda que comenzó igual pero se desarrolló de manera diferente. El Madrid borró del mapa al Tottenham con un empuje digno de la Copa de Europa, buscando los goles que mataran la eliminatoria. De tanto percutir, Adebayor hizo el segundo, también de cabeza, en el 57' y Di Maria el tercero en el 72', este sí, un gol de primera clase en la escuadra de Gomes. Para entonces Khedira, el arquitecto, había dejado su lugar a Lass, su socio en el estudio de arquitectura. El mensaje no era muy alentador porque parecía que Mou se daba por satisfecho pero lo más probable es que el Bernabéu nunca lo hubiese perdonado y Cristiano tampoco que, después de pedir el cambio, ponía el 4-0 definitivo en el 87'. La insistencia blanca terminó por retratar a unos y a otros, a un Madrid ambicioso y hambriento y a unos Spurs reventados y acobardados, ampliamente superados por la púrpura de una noche en el Bernabéu, una noche de las de antes, una noche de Europa.

← Anterior 01 02 03 04 05 ... 76 Siguiente →