Por Ignacio Ampudia, hace 2 meses y 13 días

Un justo campeón

El Barca Celebra El TituloSe acabó la Liga y finalmente pasó lo que tenía que pasar. Era prácticamente imposible que el Barça dejase escapar el título en su casa ante un Valladolid defenestrado después de una temporada errática en los terrenos y en los despachos. El temido efecto Clemente no surtió efecto y los vallisoletanos ya engrosan la lista de los descendidos. La temporada 2009/2010 retrató a la perfección el estado en que se encuentra el campeonato español: dos titanes y todos los demás. Las diferencias económicas entre clubes empiezan a ser sangrantes y en el fútbol contemporáneo el dinero es determinante, aunque no asegura el éxito inmediato. Si no, que se lo digan a Florentino, que tras realizar la mayor inversión de la historia de este deporte en un solo año no ha cosechado ningún trofeo. Dijo en Cuatro al comenzar la Liga que no suponía fracaso alguno no ganar nada pero de sus palabras se desprendía un toque de atención a los suyos y con el contador a cero, los cambios no tardarán en llegar. Parece evidente que Pellegrini está sentenciado y habrá salidas para traer nuevas incorporaciones. La noticia es pésima, máxime cuando el recambio que ha traido Marca es Mourinho. Su fama lo precede del mismo modo que su solvencia. Lo del juego bonito quedará para otra ocasión.

Y mientras en Madrid se vaticina un nuevo periodo de modificaciones, el Barça sigue a lo suyo. Era imposible hacerlo mejor. Ganaron todo y, evidentemente, este año algo perderían. El Sevilla los eliminó de la Copa y el Inter de la Champions, pero los blaugranas nunca renunciaron a su guión. El Barça ha ganado y perdido siendo fiel a un estilo de juego muy determinado, muy estético y muy trabajado. Es el efecto de las políticas a largo plazo. Guardiola es el totem y Messi el motor. Sin embargo el Barça cambia de presidente en menos de un mes y de sobra es sabido que, como los directivos no pueden jugar, buscan su protagonismo en otros menesteres. Todo indica que Rosell será el nuevo jefe culé y ya se habla de Cesc y Villa como reclamo electoral. No hay nada peor que un mal presidente empeñado en forjarse un lugar eterno en la historia. Si Rosell es inteligente, conservará y no modificará aquello que ha hecho al Barça tan grande, pero el legado de Laporta es tan magnífico que supondra una pesada losa para el nuevo presidente, a pesar de que Laporta  solo haya puesto el nombre. En defintiva, solo resta felicitar al justo campeón, que lo era desde hacía dos meses, y esperar a que empiece el Mundial esperando que la justicia también se repita en Sudáfrica.

Por José Ramón López, hace 2 meses y 14 días

Red Bull: Volando bajo

Red Bull Air Race 3Un largo e inesperado viaje hacia los confines nórdicos de nuestra mal llamada civilización me ha impedido ver, y en consecuencia escribir, sobre las dos últimas carreras de Barcelona y Montecarlo.

De mi viaje podría contaros algo sobre el ritual de apareamiento de una pareja de ballenas belugas del mar Báltico, pero no encuentro las palabras adecuadas para describir «aquélla monstruosidad» que a modo de mástil sobresalía del agua y que según nuestro experto ballenero se trataba del órgano reproductor de la ballena beluga macho.

Para «monstruosidad» baste la protagonizada por Fernando Alonso el pasado fin de semana. Reventar su Ferrari contra el muro el sábado y remontar el domingo desde el pit lane hasta el 6º lugar en un trazado urbano  tan «imposible» para los adelantamientos como el de Montecarlo, solo está al alcance de unos pocos «monstruos».

Lástima que sus genialidades se vean a menudo  empañadas por grandes «pifias» porque este año, con el nuevo sistema de puntuación, el piloto que quiera proclamarse campeón del mundo habrá de  ganar unas cuantas carreras.  A la espera de que en las próximas citas los demás equipos puedan recortar diferencias con los toros voladores de Red Bull, teoricemos hoy un poco sobre la abrumadora superioridad del RB6.

Mientras que en las demás escuderías los tubos de escape «soplan» en alto, Adrian Newey tuvo la brillante idea de bajar los escapes del propulsor V8 Renault que montan los Red Bull a nivel de tierra. En las pruebas de pretemporada y para despistar al resto de equipos, Red Bull colocó unas pegatinas simulando tubos de escape que incluían hasta los tornillos de fijación. Eran tan realistas que engañaron durante bastante tiempo a los más observadores. Por debajo, oculto por el color oscuro de la fibra de carbono se alojaban, «soplando bajo», las verdaderas salidas de los escapes.

¿Será la baja ubicación de los escapes una de las principales claves para explicar la insultante superioridad que están demostrando los Red Bull? Repasando algunos conceptos de geometría, recordamos que «el centroide o baricentro de una superficie contenida en una figura geométrica plana, es un punto tal, que cualquier recta que pasa por él, divide a dicha superficie en dos partes de igual momento respecto a dicha recta». Físicamente, el baricentro de un cuerpo simétrico de densidad uniforme coincide con el centro de gravedad del mismo cuerpo.

Pues bien: los escapes de red Bull discurren sobre el fondo plano del monoplaza a los lados del canal central, por debajo del nivel de la caja de cambios. El objetivo es rebajar el susodicho centro de gravedad (elevado con el alzamiento de la caja de cambios), compensando así los perjuicios derivados de esta solución orientada a incrementar el canal central del fondo plano.

De todos es bien sabido que Adrian Newey antepone las soluciones basadas en el diseño aerodinámico global a cualquier otra consideración de carácter más específico.  Precisamente este es el motivo que le ha llevado a conservar su esquema de suspensión «pull-rod» a tirantes (más conocida popularmente como «suspensión invertida»), mucho más simple y estilizada en cuanto a su geometría que la suspensión«push rod» y que proporciona una mejor aerodinámica además de rebajar sustancialmente el peso del tren trasero.

Los rivales se devanan la sesera para dar con el supuesto truco que ha convertido en prácticamente imbatibles a los bólidos de la bebida energética. Se habla de gas o líquido introducido en las suspensiones, también de algún artilugio ilegal para la regulación de altura, o que, como insinúan las teorías más graciosas, estén usando la propia bebida patrocinadora como combustible.

Son muchas las sospechas pero muy pocas las certezas. Meras especulaciones, la mayoría sin ningún atisbo de certidumbre. Posiblemente el secreto radique en la combinación de varios de estos supuestos: excelente concepto aerodinámico, soluciones mecánicas prácticas e inteligentes y una buena dosis de genialidad a cargo de ese mago del diseño llamado Adrian Newey.

Por Ignacio Ampudia, hace 2 meses y 18 días

Forlán I, el Empecinado

Forlan Y AgueroDespués de más de cuatro décadas sin levantar un título europeo, desde ya aquella mítica Recopa contra el Fiorentina en el 62, el Atlético de Madrid ha vuelto a colocar su nombre entre los más grandes del continente y lo que es más importante, ha constatado que lo que parecía un espejismo es una realidad, una dulce realidad. Nadie, absolutamente nadie, incluidos técnicos y directivos colchoneros, daba un duro por su equipo en esta temporada que comenzó en agosto y se dio por finalizada en octubre cuando la realidad de la plantilla demostró que el equipo no estaba capacitado para disputar ningún título a nadie. Con una deuda mastodóntica a sus espaldas y la eterna depresión del sufridor, el club se aferraba a la Champions para volver al lugar que nunca debió perder. Y éste es quizá el punto más interesante de la historia atlética, un relato deformado del pasado que obliga al presente a conseguir metas que jamás se lograron. Con nueve Ligas y nueve Copas del Rey, el Atlético es el tercer equipo de España con toda justicia. Si hablamos de Europa, la cosa es bien diferente, aunque hay que reconocer que solo el Atleti sería capaz de tener una Intercontinental sin haber sido nunca campeón de Europa. Inaudito.

Durante todo este tiempo, el Atleti ha vivido de una imagen mítica, del Metropolitano y luego el Manzanares, de las rayas en blanco y negro, del paseo de los Meláncolicos, de las tardes de sufrimiento y de las tardes de alegría, de lo imprevisible y lo rocambolesco. Pero con la UEFA League el Atleti ha comenzado a construir su presente y con toda justicia puede sentirse el justo y merecido campeón de una competición que muchos denominaron la Serie B de Europa y que ha resultado tremendamente exigente. El cambio operado por el Atleti no se puede comprender sin la llegada de Quique al banquillo, uno de los pocos aciertos del cuerpo técnico del club, los mismos que fueron capaces de fichar a Sosa y poco después a Agüero. Es el Atleti. Después de hacer funcionar al Valencia y al Benfica, Sánchez Flores, al que muchos no perdonaron su pasado madridista el día de su presentación, entró en un vestuario destruido, aguantó el tirón de los diez primeros partidos sin ganar y confió en su trabajo. Con esa fórmula y mucha tranquilidad, el Atleti ha levantado su primer título desde el doblete.

Si se echa un vistazo al once inicial del Atleti, sólo cuatro o cinco jugadores parecen capacitados para rendir en un equipo de primer nivel. La defensa es una feria y los medios no son capaces de armar con lógica el juego del equipo. El Atleti se sostiene en la calidad de sus alas y el talento de sus puntas. Y con eso, mucha fe y la obligación de proporcionar un buen motivo a los suyos para desempolvar el tridente de Neptuno, han levantado la copa después de un partido que demostró a la perfección en qué lugar estaba cada uno de los finalistas. Los de Quique, con el once de gala, salieron a dominar, a controlar, a tenerla y a madurar el juego esperando que la evidencia se impusiera poco a poco. El Fulham, aceptando su papel de acomplejado, se dejó traer y llevar, sin presionar la elaboración y con la clara intención de no tener el balón bajo ningún concepto ni condición.

En el 35' llegó el tanto que el poste negó a Forlán unos minutos antes. El uruguayo, un seguro de vida por su calidad, categoría y experiencia en los terrenos de juego, aprovechaba un hueco en la espalda de su marcador para enganchar un rechace de un disparo de Agüero. Desde ese momento, el guión se cumplía y el Atleti debía manejarse en la abundancia: posesión y marcador a favor. Y pasó lo único que condena a este equipo. La defensa decidó abrir las taquillas para que entrasen los visitantes, un balón mal despejado se filtró por un lateral, llegó al opuesto y fue al punto de penalti donde un nuevo rechace de principiante colocó el balón franco para Davies que ponía el 1-1. A pesar del golpe, los colchoneros no perdieron la cara al partido y firmaron los mejores diez minutos de la temporada empotrando al Fulham en su portería, pero las tablas se mantuvieron. En la segunda parte el escenario fue algo diferente. En el 60' el Atleti se quedó sin gasolina y perdió la posición. De todos los despropósitos el más reseñable fue el de Ujfalusi para el que el concepto de incorporación sorpresa no existe. Cosido en su banda, en posiciones ofensivas, únicamente fijaba la marca de tres jugadores ingleses que impedían la entrada del extremo, y cuando el partido exigía el repliegue, el checo confiaba en Perea... ¡en Perea!. La prórroga parecía la mejor noticia para los madrileños y necesitaba jugarse con cabeza. Forlán la puso. Se echó el equipo a la espalda, bajó a recibir para iniciar, cayó a bandas para abrir, dio ánimos, inspiró fuerza a sus compañeros y, en un arranque de fe, marcó el agónico tanto de la victoria, que entró llorando, después de rebotar en un defensa, después de recibir el empujón de todos los atléticos que están y que se fueron, de todos los atléticos que, al fin, han vuelto a disfrutar de la victoria, de una gran victoria.

Por Ignacio Ampudia, hace 2 meses y 25 días

Nunca es suficiente

CristianoSi no fuera porque el Madrid se gastó 300 millones el verano pasado en reforzar su devaluada plantilla, nadie podría asegurar que ayer pasó por Mallorca algo diferente al primer Madrid de Florentino, el mismo que se sostenía entre Casillas y Ronaldo, con un santo bajo palos y una manada en el ataque. La Liga sigue sin dueño y ya son demasiadas las especulaciones sobre si el Madrid sufriría en casa de un sorprendente y meritorio Mallorca o si el Barça se atragantaría en casa contra uno de los más firmes candidatos al descenso. Unos y otros solventaron con eficacia y solvencia sus respectivos duelos, con idéntico marcador, para seguir poniendo algo de picante a una Liga que ha entrado en una fase de somnolencia suma, con dos bestias batiendo records históricos de puntuación, tres o cuatro con menos calidad y un ingente pelotón de cola en el que nada está decidido.

El empate momentáneo del Tenerife hizo soñar a más de uno con un patinazo de un Barça que sigue afirmando su orgullo con crueldad después del batacazo europeo. Solo resta la Liga, y la Liga ganarán, Sevilla mediante. El Madrid se ha visto relegado al papel del segundón, del que podría estar en primer lugar pero no lo está porque aún no está preparado para suceder al Barça de las Seis Copas. Es un papel del todo ingrato: probablemente no se consiga el título pero el nivel de exigencia es el máximo. Así lo requiere el guión. Pero el Mallorca no estaba dispuesto a verse vulnerado en su estadio, en el que solo había recibido once goles en toda la temporada y donde contados equipos habían logrado arañar algún punto. Con las arcas vacías y una penosa deuda, Manzano ha logrado sacar mucho jugo de una plantilla que se supondría debería estar hundida. Por las bravas y jugando como un buen conjunto, los insulares se han mantenido como firme aspirante a plaza Champions durante buena parte de la competición. Sin embargo, ayer se topó con un tal Cristiano y poco pudieron hacer.

Y no porque el Mallorca comenzase mal, que no lo hizo, sino porque el Madrid, juegue bien (pocas veces), regular, mal o no juegue (la mayoría) te destroza en un revés inesperado. Tanto fue así que Aduriz adelantó a los suyos al cuarto de hora del comienzo rematando a placer en el área pequeña después de un error defensivo en cadena. Una vez más el Madrid debía remar contra el viento para seguir persiguiendo al líder. No se puede decir que el gol viniera mal a los blancos. Más bien todo lo contrario. Verse por debajo en el marcador levantó el ánimo madridista aunque la realidad era que Granero es un medio inconsistente, con Gago se podría se más cruel y Kaká tiene mala pinta porque ni participa ni encuentra su lugar ni tiene fondo físico después de dos meses inactivo. Higuaín perseguía su sombra. El Madrid estaba absolutamente fuera del partido y de la Liga.

Pero los recursos son abundantes. La situación exigía el tesón de un par de pretorianos de categoría. Ramos era uno de ellos; el otro, Cristiano, el chico del millón de dólares. Un balón diagonal desde las botas del sevillano para la carrera demoledora de Cristiano significó el empate en el 25'. Después del descanso el Madrid fue consciente de cuál era su tarea. Y no podía obviarla. Dio un paso adelante, el Mallorca lo dio atrás y a base de empellones, los de Manzano se descubrieron encerrados en su campo con un Madrid que atacaba por todo el frente, sin concesiones y pausa. Este Madrid no sabe madurar el juego. Nadie quiere tener el balón más de tres segundos en sus pies y mucho menos devolver un pase. Solo hay lugar para llegar al área. En ese fuego, de nuevo los mismos protagonistas del primero: Ramos asistiendo a Cristiano que se interna con fuerza en el área para poner el 1-2 en el 57', a base de fuerza y terquedad. El Mallorca acusó el golpe y ya no pudo sobrellevarlo con dignidad. Cristiano estaba ansioso. No quiere meter tres; quiere meter siete, y si ya lo ha hecho, quiere tres más. En el 72', solo contra el mundo, embistió a tres defensas, el rebote le favoreció y batió por bajo a Aouate. 1-3 y la Liga en el mismo punto. Pero faltaba el broche. Lo puso Higuaín, que convirtió de vaselina la quinta oportunidad que tuvo en el partido. Eso es eficacia y lo demás son... pues eso. Era el 82' y Cristiano se marchaba sustituido, enfadado y satisfecho, todo a la vez, demostrando que para él nunca es suficiente.

Por Ignacio Ampudia, hace 3 meses y 2 días

Odio ser futbolista

InterDijeron que se dejarían la piel y si lo hicieron o no quedará al criterio de cada uno, pero la realidad es que el Barça no pudo atravesar el muro que planteó Mourinho, un entrenador que va camino del mito, no por sus victorias (que no son pocas) si no por saber ejercer de entrenador en el pleno sentido de la palabra en cada equipo que ha dirigido. La nueva vedette del fútbol mundial carga sobre sus espaldas como pocos la presión que legítimamente corresponde a sus futbolistas. Con sus artes, sucias, chabacanas y barriobajeras, logra que sus chicos no carguen con la responsabilidad de sus fracasos, del mismo modo que cuando el éxito cae de su lado, las cámaras solo tienen ojos para el portugués. Los italianos están encantados de haberse conocido y, al igual que Mourinho, juntos conforman una entente irritante que desespera y saca de sus casillas al más pintado. Por desgracia, eso también es fútbol y no hay que engañarse: tipos como él elevan este juego a categoría de credo por su proyección mediática y porque nunca tanta arrogancia tuvo tanta recompensa. Las victorias del villano también venden.

La relación de Mourinho con el Barça es inquietante. Nadie parece recordar los servicios que prestó al club como traductor de Robson y azote de Ronaldo. El chico aprendió en silencio, agazapado tras la sombra de técnicos que recibían los latigazos  correspondientes cuando las cosas no salían bien. Hizo al Oporto campeón de Europa y en el mismo terreno de juego, se arrancó la medalla de campeón sabiendo que dos o tres días después se iría a Londres a intentar sacar jugo de los millones de un desconocido magnate del petróleo ruso. Nunca logró la Champions pero muchos fueron los que sufrieron sus provocaciones en víspera de partido, cuando los ánimos no toleran ninguna tontería, cuando las bravuconadas retumban en todos los rincones. Rijkaard cayó en su juego y el Barça fue eliminado a pesar de que por aquel entonces las piernas y la cabeza de Ronaldinho todavía funcionaban. Como las cosas no eran de su agrado, forzó su salida de Inglaterra y recaló en el deprimido Inter que lamía sus heridas viendo cómo su odiado vecino se alzaba con los galardones cada temporada, una y otra vez. Y como el fútbol es aliado del destino, en su carrera apareció el Barça más laureado de la historia, el único equipo del mundo que ha ganado en una temporada todo lo que ha jugado, un Barça dirigido por un técnico impecable que a su vez comanda a un elenco impecable.

El juego del Barça no es más que el reflejo de un filosofía, de un modo de entender la vida. Su juego es el síntoma, no la causa y, personalmente, como espectador, devorador  y aficionado al fútbol, prefiero la apuesta blaugrana al juego italiano, del mismo modo que prefiero el David de Miguel Ángel a cualquier engendro Marina d'Or. Sin embargo, y este será un debate eterno, la apuesta italiana forma parte del juego, es legal y, por lo visto, de vez en cuando, da buenos resultados. Los italianos, a diferencia de los españoles, sostienen que un partido de fútbol no solo se juega en la cancha. En este juego existen resortes ajenos al balón, y ellos los emplean con una eficacia extrema. Por eso las declaraciones de Piqué en la previa tratando de calentar el encuentro de vuelta resultaron del todo irrisorias porque ése no es el estilo del Barça, ni dentro ni fuera del césped. El Barça lleva más de quince meses hablando sobre el terreno de juego, con el balón, destruyendo todo lo que encontraba a su paso con elegancia, estilo y estética. Sin embargo, el Inter que ha armado Mourinho es otra cosa, otra dimensión, un concepto que el sofisticado Barça ni ha sabido ni ha podido digerir.

Con ese planteamiento los orcos de Mourinho se presentaron ante los elfos de Guardiola, con la única intención de conservar y, una vez vencido, restregar con saña la victoria en el rostro del ex-campeón continental. Guardiola, sabedor de las intenciones de los italianos, formó una defensa de tres con Alves ejerciendo como viejo carrilero. Mourinho tuvo que dejar a Pandev en el banco porque se recalentó minutos antes de salir a jugar. La lesión de uno de sus puntas no hizo más que cimentar su idea. El Inter no quiso saber nada del bálón, ni al principio ni al final. ¿Acaso es necesario tener el balón para ganar?. El Barça se adueñó de la posesión con ferocidad pero a los diez minutos comprendió que solo con la garra no le iba a llegar. Los ataques culés, horizontales y demasiado previsibles, chocaban con seis interistas cosidos a la frontal del áera. El Inter ni siquiera llegó a oler el área rival pero lo más preocupante era que el Barça tampoco era capaz de poner a prueba a Julio César. Una vez más Mourinho vio recompesada su apuesta cuando Motta fue injustamente expulsado en el 28'. A partir de ese momento, la escasa dimensión ofensiva del Inter murió. La cosa era tan clara que Eto'o hizo las veces de lateral izquierdo ofreciendo coberturas defensivas a su ¡lateral izquierdo!. De chiste. Cuando restaban diez minutos para echar al campeón, Mou lo vio aún más claro y retiró toda su dinamita para dar cancha a la contención encarnada en Muntari, Mariga y Córdoba, todos ellos exclentes y contrastados creadores de juego. El Inter acabó el partido con cuatro centrales en el campo organizados en un esquema inédito: 5-4, ¿para qué más?. El golazo de Piqué en el 84' encendió a la grada pero todo se quedó ahí, en un burdo intento de penetrar las sólidas líneas de un serio candidato al título. ¿Injusto?. Solo hay que mirar al otro finalista dirigido también por otro reconocido amante del fútbol ofensivo, del bonito, del que gusta al aficionado. Será una final de músculo y posición. Resulta paradójico pero seguramente haya sido el Barça el que más haya odiado su profesión está noche chocando una y otra vez contra un grupo de futbolistas cuajados, tácticamente impecables y felices, muy felices.

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