Por Ignacio Ampudia, hace 3 meses y 3 días

Sahin en Tian'anmen

BenzemaPor lo visto a los chinos les interesa el fútbol español tanto como a nosotros el siempre apasionante duelo entre Zhang Jike y Wang Hao, ilustres campeones del mundo de ping-pong que no han podido disfrutar del paseo del Madrid ante Osasuna porque su tele pública pasaba el China vs Japón de voleibol femenino. Quizá repongan los goles de Cristiana y Benzema cuando los armenios estén merendando o cuando un muecín keniata llame a la cuarta oración. El mundo es global o al menos eso piensa la LFP, y como lo cree, desde esta temporada programa un partido a mediodía para que los parroquianos comiencen con los churros, sigan con el café, pacharán a media tarde cuando los armenios que antes merendaban anden por el tercer sueño y cubatas desde las ocho hasta medianoche para regocijo de hosteleros, políticos y banqueros y confusión para todos los demás, etérea confusión al menos. El mundo globalizado no es un invento de Bill Gates ni de los tíos de Apple. El mundo es global desde mucho antes, desde que Colón volvió de Cuba con tabaco y un par de esclavos, y ya en el XVI comprendieron algo fundamental: nos conocemos pero no nos interesamos. Que sesenta millones de chinos vean corretear al Madrid un domingo por la mañana no representa nada sobre una población de mil trescientos millones de individuos pero ya se sabe que donde algunos vemos chinos otros ven dinero. No importa, digan la verdad, ya nadie se va a sorprender. Digan que ponen el fútbol a las doce porque genera más ingresos en España, o porque los ingleses también lo hacen y todos sabemos que los ingleses molan mucho o porque así Mou puede echarse la siesta y después sacar a pasear al perro, pero no hablen de chinos ni de audiencias milbillonarias porque el fútbol realmente interesa en Europa y en Sudamérica y es una verdadera lástima que la realidad a veces chafe nuestras percepciones pero lo cierto es que el mundo es mucho más grande que todo eso.

El Bernabéu no se llenó de chinos sino de chavales acompañados de sus padres y sus madres, con bufandas y banderitas blancas, aliviados por cambiar un templo por otro. ¿Qué pensará Rouco de semejante disparate?. Es probable que pasen misa de ocho por PPV, para compensar los daños, que está todo muy complicado y no es cuestión de ir perdiendo adeptos por el camino. Mou dijo que le gustaba el horario y por eso alteró las rutinas durante la semana, dio la rueda de prensa antes de entrenar y los chicos comieron antes de desayunar. Muchas cosas cambiaron excepto la demarcación de Ramos. Complicado lo tiene Carvalho para volver a entrar en el once aunque más lo tiene Mou si lo mete porque no habrá justificación alguna. La defensa es un engranaje perfecto desde el eje. Ramos y Pepe conjugan y a su lado, el portugués, incluso parece un tipo equilibrado. Las alas pueden cambiar pero el efecto es el mismo. Marcelo se cayó y entró Coentrão en la izquierda mientras Arbeloa hacía su clásica faena aseada en la derecha. El guión se repitió desde el inicio. El Madrid salió a robar en la cancha de los navarros que aguantaron el tirón en los primeros veinte minutos sin conceder ocasiones claras ante Andrés Fernández hasta que en el 23' CR7 se elevó desde el punto de penalti para poner el 1-0 a centro de Di Maria, convertido en el nuevo mejor asistente de los blancos: once en diez partidos. Antes de retirarse lesionado, el Fideo repartió un par de caramelos más a los suyos.

Lo que apuntaba a trámite se ensució en el 30' cuando Osasuna estaba mucho más vivo que el Madrid sacando una falta mientras los blancos se enredaban con el colegiado. Ibra ponía el empate y de repente jugar a mediodía ya no era tan bonito. Pero lo que antes habría significado problemas ahora no es más que un lamento porque ese tanto rompía el récord de Casillas. Lástima. El Madrid volvió a plantar sus centrales en el medio campo y cosechó dos goles antes del descanso por medio de Pepe e Higuaín. El partido había terminado aunque quedase una parte entera. Seguramente algunos bostezos se escapasen por el Yangtsé.

CR7 no estaba dispuesto a quedarse sin su parte del botín. Acababa de brindar su Bota de Oro a la afición y se sentía en la obligación de justificar elogios. Osasuna seguía mirando en el 54' y en el 58' cuando el portugués firmaba su cuarto hat-trick de la temporada. Con 5-1 y la entrada de Benzema, el Madrid no parecía tener ninguna intención de dejar de abusar de los navarros. El francés replicó a Higuaín firmando dos tantos en el 62' y el 81', especialmente bello el segundo. El 7-1 pasó a mejor vida cuando Mou dio entrada a Sahin, el elegido, el jugador encumbrado por la prensa local que incluso dedicó una sonada ( y sonrojante) portada al turco por firmar un excelente entrenamiento en Valdebebas ante el Castilla. El público lo recibió como se merece, demostrando una vez más a Pérez que sí, que es importante, que la gente lee los periódicos y lo que es aún mejor, se los cree. Cuando el Marca se venda en Tian'anmen este país será imparable.

Por Ignacio Ampudia, hace 3 meses y 14 días

Nunca el silencio fue tan bello

Benzema Y KakaEl posmadridismo debe andar despistado. Algo ha ocurrido en el vestuario del Real Madrid. O Pérez contrató un exorcista o alguien le ha explicado a Mou que no se puede ir metiendo los dedos en los ojos del personal cada jornada, cada entrenamiento, cada rueda de prensa. Después de caer ante el tan sorprendente como efímero Levante y empatar a duras penas en Santander, dicen esos oscuros informadores que orbitan alrededor de los clubes que los españoles se sentaron con Mou y le explicaron un par de cosas. Tanto si esa reunión se llegó a celebrar o más bien pertenece a la mitología como si la famosa barbacoa no fue más que una simpática mascarada aderezada con choricillos y cervezas en realidad no es importante porque lo único cierto es que el Madrid ha cambiado en poco más de un mes. Ha cambiado su forma de jugar al fútbol y ha cambiado la actitud de su entrenador aunque probablemente no lo haya hecho en ese orden porque desde que Mou no habla las cosas son infinitamente mejores. Se calló el padre y los hijos tomaron la palabra. Resulta increíble comprobar cómo esos mismos pretorianos que segaban tobillos a lo ancho y largo del país ahora son unos finos estilistas, ahora maduran las jugadas, ahora prefieren empezar de nuevo antes que rifar el balón, ahora se comportan como jugadores y no como chungos de discoteca. Nunca el silencio fue tan bello.

Repartamos méritos en semejante transformación. Por la parte que toca al entrenador es de justicia destacar que Mou ha adelantado las líneas, todas las líneas. El hecho se aplaude pero la circunstancia lo afea porque si lo hubiera hecho después de convencerse de que tiene equipo para no jugar como un miserable, habría que loar su gesta pero la realidad es que el equipo ha mutado una vez que Carvalho, por fortuna, cayó lesionado y Ramos tuvo que hacer la veces de central. Con el sevillano en eje de la zaga, todo el equipo cambia. Ramos mejora toda su línea. Pepe parece mejor jugador y Marcelo puede irse de excursión sin demasiadas preocupaciones. Y no sólo eso. Ramos mejora la siguiente línea, principalmente porque Alonso recibe balones fáciles y limpios para empezar la construcción. Con Ramos, la defensa puede adelantarse hasta la medular, puede conceder espacios a la espalda porque adelantar las líneas implica presionar la salida del balón del rival. Y no sólo eso. El Madrid despliega una presión incontenible durante los primeros veinte minutos. Roba arriba, toca y mata. La fórmula es simple. Lo complicado ha sido llegar hasta ella.

Contra el Lyon y el Málaga se vio al nuevo Madrid. Contra el Villarreal se confirmó. A expensas de que se cruce por delante un rival de altura, los de Mou van triturando con solvencia a sus rivales interpretando la nueva partitura. Saque de centro, presión asfixiante, coberturas y un apetito voraz. Incluso parece que Kaká nunca fue un jugador mediocre. Le ha robado el puesto a Özil con algunas actuaciones de cierta calidad pero no hay que engañarse: nunca volverá a ser el jugador del Milán, aunque por el momento le va llegando para compartir once con los mejores. Ante los valencianos, que ya están caída libre, Benzema ocupó un 9 que ahora alterna con Higuaín. Los dos delanteros atraviesan un momento dulce porque si el francés marca y asiste, el argentino factura tríos con una facilidad pasmosa. Son dos delanteros modernos, de esos que no fijan centrales sino que los atacan desde cualquier posición y eso, unido a la excelsa nómina de atacantes, hace del Madrid un equipo de pirañas.

Benzema en el 5', Kaká en el 10' y Di Maria en el 30' fue toda la producción blanca en Chamartín. En poco más de treinta minutos el partido estaba visto para sentencia. Del Villarreal nada se supo hasta la segunda parte y no porque intentase la machada sino porque luchó para no llevarse un carro. El Madrid se dedicó a sestear controlando en todo momento la posesión y el ritmo, un partido sin más historia que la confirmación de que la nueva versión del Madrid, la versión que conjuga demolición con contemplación puede ser un perfecto argumento para aspirar a coronar grandes cotas. Imploremos para que Mou no sucumba a uno de sus accesos de ira. Pidamos por su silencio. Te rogamos, óyenos. 

Por Ignacio Ampudia, hace 5 meses y 22 días

Mourinho o el Posmadridismo

Tangana Real Madrid BarcelonaDe la misma manera que en la famosa fábula de Esopo el escorpión no pudo evitar picar a la rana, el Madrid acudió solícito a la llamada de su nueva naturaleza, la que ha impuesto un tal Mourinho, borrando de un plumazo en poco más de doce meses los 109 años de historia del mejor club de fútbol del siglo XX. Así son las cosas en Chamartín desde que el portugués, acompañado de sus más fieles pretorianos en el banco y en el césped, llegó de la mano de Pérez con el único objetivo de parar al mejor Barça de la historia, de pararlo de cualquier manera, por lo civil o por lo criminal, jugando bien o mal, haciendo algo memorable o engrosando la lista de los equipos de los que nadie se acuerda. The Special One habla de su extenso palmarés, de su dilatada experiencia, de sus virtudes. Se loa y sospecho que a lo largo de esta temporada comenzará a hablar de sí mismo en tercera persona. Él es un ser revelado. Su ascendente sobre este juego es tal que ya nadie puede imaginar cómo era el fútbol antes de que Él naciera. Él se ha inventado todo lo que vemos sobre la tierra, Él tiene las respuestas, Él tiene la razón, Él es el sacerdote de este nuevo madridismo de gimnasio de todo a 100 que, por mucho que pese a algunos, sólo representa a aquellos que, irónicamente, después  de declarar su fiel adhesión al matonismo, critican el fútbol italiano. Él es el dueño de las conciencias y las voluntades. Él dicta quién es madridista y quién no lo es. Prietas las filas; el que se mueva queda excomulgado y todos sabemos que Pepe y Marcelo son dos chicos amantísimos y devotísimos de una nueva religión: el POSMADRIDISMO.

La pericia táctica de Mou es legendaria, tanto que ha tardado una temporada completa en plantear un partido lógico al Barça. Nota para posmadridistas convencidos: es mucho mejor tirar por la borda la semifinal de la Copa de Europa en el Bernabéu que intentar ganar la Supercopa de España derrochando fuerzas y entrega. Brillante planteamiento. El asunto es que en el propio estilo del Barça se encuentra su debilidad. Querer sacar el balón jugado desde la portería implica una serie de riesgos. Los centrales tienen que actuar como laterales y los laterales como interiores. Si se presiona la salida en las bandas, lo más probable es que la circulación se corte y se recupere el balón en campo contrario. Mou ha completado el 50% del plan, el robo. Falta el otro 50%, una vez que hemos robado, ¿qué hacemos con el balón?. El Madrid no elabora. No le interesa. El Madrid la tiene, la toca y la mueve bajo criterios desconocidos, principalmente porque 500.000 millones de € no hay nadie en la plantilla con la suficiente capacidad intelectual para hacerlo, hasta que hay un balón en profundidad cortado por la defensa rival que da lugar a una segunda jugada. Así jugó el Madrid en el Bernabéu y así anuló en el Camp Nou al peor Barça de los últimos años, sin ritmo, sin ideas, sin circulación y sin chispa.

El Madrid se entrega a la física mientras el Barça juega a la química. Innumerables son las diferencias entre ambos equipos, pero durante toda la eliminatoria se observó la más sangrante de todas, probablemente la que más duela a Pérez. El Barça cuenta con Messi y el Madrid no. El Madrid cuenta con CR7 y el Barça no, pero eso parece no ser un problema porque mientras Cristiano es capaz de marcar doce goles contra el Levante, Messi mete tres de cinco contra el Madrid, y da las asistencias de los otros dos, aquí y allí. Puede que CR7 sea mucho más completo que Messi pero el argentino siempre aparece cuando el equipo lo necesita y el portugués no. Es lógico que por su disparo y su velocidad Cristiano juegue a banda cambiada para aprovechar las diagonales hacia el interior. En el Camp Nou sólo lo intentó una vez y el resultado fue un latigazo al larguero. El resto de sus intervenciones consistió en buscar desesperadamente la línea de cal donde Alves, encantado de que el portugués explotase la diestra, su pierna buena, se comió al «crack» blanco una y otra vez. Para el Madrid sólo existen líneas rectas, caminos cortos, poco elaborados, duro y a la encía. CR7 corre y ya nadie lo sigue porque la jugada siempre acaba igual, con un disparo a palos que no a puerta y los consabidos llantos.

El Barça, muy corto de fuerzas pero sobrado de ánimo, aprovechó las dos que tuvo. El 1-0 llegó cuando el Madrid esperaba que su presión espartana arrojase beneficios. Pero la agarró Messi, y mientras por el camino dejaba tirado a Khedira, Iniesta ganaba la espalda de Ramos y Pepe. Asistencia de lujo, perfecta finalización y Casillas desarbolado. Sin embargo en el 20', después de un saque de esquina, llegaba el empate después de un remate de Benzema que rebotó hasta en el recogepelotas terminase rozando la media de CR7. El primer gol de Ronaldo en el Camp Nou... en fin, y los parroquianos henchidos de gozo. El Barça seguía capeando el temporal como podía hasta que en el 45', un taconazo de Piqué para Messi significaba el 2-1, a un minuto del descanso. Ánimos devastados. La segunda parte contó con los mismos protagonistas pero el Barça definitivamente perdió la cara al partido y el Madrid se lanzó a buscar un empate que llegó en el 80' después de otro barullo en el área magistralmente resuelto por Benzema. El Madrid había empatado la eliminatoria y sabía que llegar a la prórroga era tener el título en el bolsillo. Pero en el 87', en una jugada de cuatro toques, puro billar, Messi, liberado de la marca de un Coentrão fundido por el esfuerzo, sentenció a un Madrid que bien podría haber levantado el título con toda justicia. Ya con el partido finiquitado, Marcelo, fiel escudero del Papa Mou, segó con diligencia y extremada profesionalidad las piernas de Fábregas y se montó el belén, y además bien montado, como las peleas de los mozos en los pueblos, tumultuosa, con millones de frentes abiertos, empujones, agarrones por el cuello, los que van a separar y acaban liándola aun más, algún que otro puñetazo como el de Villa a Özil o el dedo en el ojo, ese bendito dedo en el ojo de Pito Vilanova, ese dedo ungidor y sanador que quita el pecado del mundo, ese dedo que no es más que el perfecto símil de los planes que tiene Mou para el Madrid de los próximos años, los planes para conquistar el mundo. Para redondear su obra maestra de la zafiedad y vileza aseguró en rueda de prensa que no conocía al susodicho culé digitalizado y que él siempre había jugado el fútbol como lo hacen los hombres, es decir, como niñatas y niñatos, con dedos en los ojos, tirones de pelo y escupitajos. El nuevo dios ha nacido. Adoradlo o de lo contrario penaréis en un infierno donde millones de tipejos con cara de pocos amigos os meterán los dedos en los ojos durante toda la eternidad.     

Por Ignacio Ampudia, hace 5 meses y 25 días

Civilizados

Ramos Y AlonsoAcostumbrados a duelos de alta tensión, dialéctica bélica, cuchillos en los tobillos y pólvora en las lenguas, la ida de la Supercopa fue una balsa de aceite, más bien un partido de amiguetes comparado con los del pasado mes de abril cuando parecía que el mundo se iba a acabar. Es agosto y hasta Mourinho parece un simpático cincuentón que apura sus últimos días de vacaciones. El fútbol se ajusta a la perfección a los ritmos del calendario y, a pesar de haber un titulillo en juego, todos parecían recién caídos de la tumbona. Guardiola dijo hace unos días, entre resignado y abatido, que los equipos ya no hacen pretemporadas sino que hacen giras, como los Rolling Stones o el Papa, giras por países donde el fútbol es todavía un arcano indescifrable. Para ellos no existen nociones tácticas: existe dinero, y con el dinero se compran cosas y no hay bien más escaso que el dinero así que, desde que Europa sólo puede vender conceptos añejos, las plantillas hacen la preparación física en un avión. El Barça juntó a todos sus titulares hace cuatro días mientras que el Madrid lleva trabajando más de un mes en un régimen algo más relajado que el culé. Por eso y porque el Madrid tiene un amplio margen de mejora y el Barça ya sólo puede cuidar lo que ha conseguido, la prensa dio el papel de favorito a los blancos.

El sábado Mourinho abrió las puertas del Bernabéu para que ese nuevo madridismo globalizado hicera terapia con los jugadores. Enfrentarse al Barça siempre es un desafio, últimamente un dolor de muelas porque no hay rival que retrate mejor cuál es el estado de ánimo de una afición que pasa del insulto a la adoración en apenas unos segundos. Al Madrid le duele el Barça y aunque sea agosto, ver a Valdés abatido siempre es motivo de satisfacción. El Madrid salió con el once que en noviembre encajó cinco en Barcelona, con Özil en la zona creativa y Benzema el redivivo en punta. Para Guardiola fue mucho más complicado armar un once de garantías. Laudaremos su atrevimiento al alinear a Thiago en el lugar de Xavi y a Alexis en lugar de Pedro del mismo modo que diremos que la pareja Mascherano-Abidal en el eje de la zaga es de lo más vulgar que se le ha visto al Barça en mucho años. Recuerdos para Reiziger y Bogarde. Con semejante dupla y Keita en la segunda línea de creación, todo el poder ofensivo de los culés quedó absolutamente anulado. Messi es bueno pero si no toca un balón es como tener a un chaval de juveniles. El Madrid leyó a la perfección las carencias y atacó donde olía a sangre, presionando hasta con cuatro futbolistas la salida del balón. El Barça se ahogó y el Madrid, con un tono físico muy superior, se comió al Barça.

Guardiola buscaba soluciones pidiéndole a Thiago que se encargase de ordenar la feria de los centrales pero el chaval aún no está para semejantes batallas. Por ahora es un gregario de lujo. Nada más. Y en uno de esos errores en la circulación, Ramos habilitó a Benzema, anudó a Abidal y sirvió al centro del área para que Özil pusiera el 1-0 con un golpeo discreto y tranquilo. El Barça se deshacía mientras el Madrid empezaba a pensar que esa era la noche, aunque fuese en agosto. Con el marcador a favor la intensidad de la presión bajó. Los blancos se tomaron un descanso pero ni con esas el Barça fue capaz de hilvanar con el tino característico. El Madrid robaba por inercia y lanzaba todos los caballos contra Valdés. Mala noche para el campeón de Europa. Pero precisamente por eso, porque el Barcelona es campeón de Liga y de Europa y porque tiene en sus filas a algunos de los mejores delanteros del mundo, es un equipo ganador, uno de esos que ganan porque tienen que hacerlo. En un balón aislado en un lateral llegó el zarpazo, un balón sin importancia, un balón anónimo que enganchó Villa después de quebrar a Ramos y que entró limpio y veloz en la portería blanca. Efectividad plena: un disparo, un gol. El madridismo sentía la injusticia. Para una vez que los suyos intentaban jugar al fútbol, iba el Barça y se convertía en el Madrid. Una cosa de locos.

El empate enfrió los ánimos hasta el punto de empezar a pensar que este Barça no tiene ni un día malo y cuando lo tiene, te empata. Y cuando llegaba el final de la primera parte, te gana. Messi aprovechó un fenomenal lío entre Pepe y Khedira para plantarse frente a Casillas y poner el 1-2. Otro balón absurdo, un despeje dadaísta del alemán, un resbalón del portugués en el peor momento y el optimismo en el olvido. El golpe fue duro, muy duro. Con dos latigazos, el Barça había arruinado la frágil autoestima blanca y había salvado una papeleta realmente complicada. En la reanudación el Madrid sufrió por el derroche de la primera parte. El equipo se partió y Mou puso remedio. Un Di Maria muy lejos de su mejor forma por Coentrão y el inefable y siempre creativo Khedira por Callejón buscando contener las salidas culés con profundidad mientras Guardiola daba entrada a Xavi por Thiago. Las intenciones estaban claras por ambas partes pero los resultados sólo fueron los esperados por una de ellas. Xavi no afinó el juego mientras que Callejón y Coentrão dieron otro aire al equipo. El Madrid recuperó el pulso y volvió a la carga para intentar ganar un partido que merecía ganar pero que sólo logró empatar gracias a un remate de Xabi Alonso en el 53'. Con el 2-2 el Madrid se lanzó a degüello sabedor de que era una oportunidad única, el peor partido del Barça en años. Pero la otrora efectividad madridista desapareció. Nunca el Madrid tiró tanto contra una portería y nunca marcó menos goles. Para el Barça todo aquello resultaba un tanto desconocido, sostenido por algunas arrancadas muy esporádicas de Alexis y Pedro que quedaron sofocadas por la defensa blanca. Con el empate se llegó al final, los chicos, muy educados ellos, se dieron la mano y se fueron a casa en un ambiente del todo civilizado, sin patadas ni grandilocuencias. Hay una copa en juego, cierto, pero es agosto y todavía queda demasiado por delante como para empezar a sofocarse.

Por Ignacio Ampudia, hace 8 meses y 12 días

Monumental

WembleyDecía Ferguson que la de Wembley sería la mejor final que había visto Europa en la última década. Una lástima porque bien podría haberlo sido si su equipo se hubiera presentado en el césped. Se dice que fue al estadio e incluso marcó un gol pero no se puede afirmar con seguridad, mucho menos con rotundidad. Lo único rotundo que pasó por Londres fue el Barça que alcanzó cotas de juego muy parecidas a las que ya exhibió hace dos temporadas cuando ganaba sin correr. Después de sudar contra el Madrid en semifinales, los científicos del fútbol que habitan cadenas de toros como logotipos y escriben en los periódicos más vendidos de España aseguraban categóricamente que este Manchester era un equipo mucho más hecho, mucho más maduro, mucho más competitivo, mucho más ordenado y mucho más de todo lo que se pueda imaginar que el que cayó en Roma en 2009. Incluso algún genio dijo que este Manchester era mejor sin Cristiano Ronaldo. Si la esperanza es lo último que se pierde, qué se puede decir de la ilusión. Hay que consolarse porque los tiempos no están para muchos más sinsabores pero tampoco es necesario engañarse porque, hoy por hoy, nadie puede hacer sombra al Barça, ni por lo civil ni por lo criminal.

También dijo Ferguson que tenía cuatro o cinco equipos posibles que podrían ganar al Barça. Parece que eligió el que no podía hacerlo, con Rooney como segundo delantero y Chicharito incrustado entre los centrales. Si el mexicano está llamado a ser uno de los mejores jugadores del mundo, en Wembley demostró que está aún muy lejos del panteón, desenfocado, nervioso, impreciso e intrascendente, una ruina para el Manchester que bien podría haber salido con Rooney en punta y Scholes en la media para sostener a Carrick y Giggs. En cualquier caso los primeros diez minutos fueron de los ingleses, robando en zonas peligrosas, estorbando la creación y circulación del Barça, cavando trincheras en todas las zonas del campo. El Barça no encontraba el modo de tejer su juego mientras el United se frotaba las manos ante la expectativa de un gol tempranero. Pero el gol nunca llegó y sí el primer cuarto de hora, justo cuando el United decidió dimitir y apareció Xavi y Xavi encontró a Messi y entonces la cosa comenzó a carburar.

Y tanto carburó que para el final del segundo cuarto de hora Pedro ponía el 1-0 culminando la clásica jugada del Barça en la que Xavi concentra la atención de los centrales en la frontal para acabar habilitando al que entra por las orillas, una u otra. Con el primer tanto se confirmaban dos hipótesis: que el Barça iba a por la cuarta y que es cierto que el United necesita un nuevo portero. Fiel a su tradición y jerarquía, el Manchester no desesperó y dio un paso al frente y aprovechando un cierto ataque de complacencia culé, robó en un saque de banda y en cuatro toques la dejó franca para que Rooney demostrase que es uno de los grandes en un equipo que quizá no le haga justicia. Sería muy recomendable que Pérez hiciera lo justo, pero ese es otro asunto. Corría el 36' y el barcelonismo empezaba a pensar que quizá la cuarta será más complicada de lo esperado.

Pero todos los problemas se esfumaron cuando comenzó la segunda parte y el Barça demostró que aquella copa ya tenía dueño. El United simplemente se fue diluyendo poco a poco, en una lenta agonía ante la lección de magistral precisión de Xavi habilitando a unos y a otros en profundidad, encontrando la pausa necesaria cuando la jugada lo exigía y acelerando cuando los ingleses se abrían, buscando con más frecuencia de lo habitual el pase atrás para el disparo desde la frontal. Los reds vivían debajo del poste cuando en el 54' Messi chutaba con toda su alma desde la media luna del área para poner el 2-1 y dejar en evidencia de nuevo a van der Sar. El rejonazo no tuvo el efecto clásico: ni el Barça aflojó ni el United reaccionó. El asedio era épico, monumental, como el juego del Barça, y como no podía ser de otra manera aquello precisaba un broche final, una perla que salió de las botas de Villa en el 69', un golpeo templado y teledirigido a la escuadra de van der Sar que esta vez poco pudo hacer, un gol que arrodilló a Messi, un gol que significaba el 3-1 y la cuarta Copa de Europa del Barça, igualando sus vitrinas con las de Bayern Munich y Ajax de Amsterdam, un 3-1 que ponía fin a una grandiosa sinfonía futbolística dirigida por uno de los mejores de todos los tiempos: Xavi Hernández.

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