Un equipo para la eternidad
Que España y Holanda jugasen la final del Mundial podía parecer una oda al fútbol, un canto a la excelencia que decididamente engrandecería este juego centenario. Había algo de canibalismo en el duelo. Aquella Holanda que construyó Cruyff y que se quedó a las puertas de ganar el campeonato del mundo contra la Alemania de un genial Beckenbauer que jugó parte de la final con el brazo en cabestrillo, fue la misma Holanda que practicó un fútbol de ensueño bajo una idea que años después el capitán de la Naranja Mecánica llevó hasta La Masía. El modelo estaba basado en producir mediocampistas de gran calidad bajo la premisa de controlar el balón y, desde él, gobernar los partidos con autoridad y buen gusto, los mismos atributos y el mismo concepto que han llevado a España a convertirse en la nueva campeona del mundo. El balón es siempre el mejor aliado a pesar de que, desde hace tiempo, muchos se hayan empeñado en desterrarlo de los terrenos de juego. La nómina de resultadistas es abultada; la de la excelencia está reservada a unos pocos.