Matar al padre
Es oír Múnich y empezar a temblar. Ya van diez encuentros en los que el Madrid no saca nada en claro de sus visitas a casa del Bayern, ni cuando jugaban Effenberg y Khan contra Guti y Zidane ni con el Madrid 2.0, este Madrid que dice ganar las cosas antes de haberlo hecho amparado en el discurso de un entrenador que ocupa el segundo puesto en la línea de sucesión divina, de un hombre que sobrevuela con magistral temple por aquellos enredos que sí afectan al resto de los mortales. Demuestra sabiduría, o cree hacerlo, cuando dice que conoce tan sumamente bien las virtudes y los defectos del Bayern que nada le turba. Pero demuestra aún más negándose a hablar. Manda a Karanka y como el chico es tan insulso como el juego de su equipo, al final nadie está capacitado para decir ni hacer nada y en la indefinición es donde mejor se mueve el posmadridismo. De aquel Madrid que volaba nada queda, ni su velocidad, ni su toque ni su determinación para abrir y cerrar los partidos a placer. Cierto es que la mayor parte de la cosecha se hizo contra equipos que cobran lo mismo que Cristiano en un mes y esos réditos han permitido llegar a abril con el viento a favor pero no parece que los blancos posean argumentos suficientes para imponer con claridad su supuesta primacía. Mou manejaba las fases medias de las temporadas sin necesidad de sacrificar un par de pretorianos cada vez que las cosas se ponen feas pero para la primavera todo se revoluciona y llegan los escozores inoportunos tales como dilapidar una ventaja de diez puntos, sufrir accesos de entrenador mediocre colocando un triángulo de presión alta (probable planteamiento para visitar al Barça) o insistir en la participación del último timo al más puro estilo Mendes: Fabio Coentrão, un lateral sospechoso de no conocer los fundamentos elementales de este juego, jugador que atesora tres virtudes, a saber, una, es un formidable fumador, dos, comparte nombre con otros dos ilustres madridistas y tres, es muy amigo de Kaká. ¿Dónde está la pelotita?.