Edipo y la velocidad
Si se pretende reducir la realidad a lo que dicen los números, entonces el Madrid de Mourinho es el mejor Madrid de la historia, sólo superado por aquel de Muñoz. Mou mete muchos goles, recibe muy pocos, corre como un keniata e incluso a veces se viste de rojo, supongo que para despistar a los que buscan al Madrid y sólo aciertan a ver unos cuantos chicos de secundaria trotando por el campo. Lo peor de esos números es que no hablan del Barça. Siempre les falta un detalle y sin ser los de éstos los mejores de la era Guardiola, los porcentajes nunca reflejarán lo cualitativo, lo que implica organizar este juego en torno al balón. Desde que el fútbol es fútbol todo ha pasado por el control del medio campo y si Mou pone a un tal Lass junto a Alonso, con lo que eso conlleva, Guardiola coloca en la sala de máquinas a Busquets, Xavi, Iniesta y Cesc y por si fuera poco el mejor jugador del mundo decide aliarse con ellos para iniciar el juego. El mejor Madrid de Mou acabó electrocutado ante el Barça más heterodoxo de Pep que ganó el partido donde hay que ganarlo: en la cancha. Por el momento, en España, prensa y casas de apuestas no se visten de corto. El Barça ya no parece el Barça sino una versión un tanto más hormonada que ha prescindido de un Villa más que devaluado (malísima noticia para España en año de Eurocopa) en favor de Alexis, un fajador veloz y agresivo, un jugador sin mucho cartel que mejora enteros el plan B culé. También ha llegado Cesc, curtido en Inglaterra, un box to box clásico, con criterio y educado en La Masía. Guardiola alineó a los dos en el Bernabéu. Los dos marcaron y los dos desempeñaron exactamente la función para la que fueron fichados. De los cinco que Mou fichó en verano, porque en el Madrid es él quien ficha, uno de ellos, treinta millones de euros mediante, jugó de lateral derecho cuando no es más que el suplente del lateral izquierdo, otro se quedó en el banco y los otros tres lo vieron desde la grada. El fino estratega tenía un plan secreto que nosotros, pobres mortales, nunca podríamos haber intuido. Nadie en el mundo sabe más de fútbol que él.
El primer punto de plan madridista consistía en marcar rápido, y se consiguió a los veinte segundos cuando Benzema aprovechaba un balón rebotado tras un error de patio de colegio de Valdes, siempre fino con los pies y una siesta de Piqué en el área habilitando la posición del que fue el mejor blanco en Chamartín. El 1-0 era el peor escenario para el Barça y el mejor para el Madrid, siempre y cuando los partidos pasen a durar quince minutos. Al Madrid le sobraron ochenta minutos de partido, justo los mismos que el Barça aprovechó para certificar que ellos son los únicos que saben jugar a esto. Mou teme las pérdidas de balón tanto como Guardiola el no tenerlo, por eso el portugués ofrece a los suyos una orden que deviene en mantra: todo ha de hacerse muy rápido cuando el Barça está delante. Y es esa velocidad la que condena a los blancos a seguir en el diván preguntándose porqué no hay manera de meter mano a los culés. La velocidad es imprecisa, irreflexiva y poco efectiva, tanto que los mismos balones que CR7 emboca sin contemplaciones contra equipos menores se convierten en sonrojantes disparos sin intención cuando Valdes es el portero. Ojalá fuese ese el problema. Si hay algo más asqueroso que un chupón, sólo puedo pensar en un abusón, y Cristiano reúne ambos defectos aunque siendo justos no es ahí donde se aloja el trauma.
Mou está obsesionado con el Barça. Debería tratárselo, en serio, sin tapujos. Debería ir a ver a un terapeuta y explicar porqué no puede superar su despecho con los culés. Hoy, mañana y siempre, con el Barça en el corazón. No fue él el primero que tomó el puente aéreo ni será el último. Figo, Laudrup, Schuster, Milla, Luis Enrique, Ronaldo... todos lo hicieron y si bien en Can Barça es algo que nunca se ha digerido muy bien, en Chamartín nunca hay grandes problemas en adoptar conversos. Pero con Mou la cosa parece diferente, parece patológico y se lo transmite a sus jugadores, les transmite un miedo reverencial que los paraliza y los desfigura. El sábado nadie vio nada parecido al Madrid de las quince victorias consecutivas, a ese Madrid generoso en el esfuerzo ante grandes y pequeños, con la clasificación en el bolsillo y con los puntos en juego, ese Madrid que había recuperado la voluntad de gobernar los partidos sin mirar atrás. Cuando hay algo blaugrana en el estadio, aunque sea una bufanda, los blancos se echan a temblar. Ya pasó en Levante y pasó el sábado y casualmente los dos visten los mismos colores. El miedo se lleva a la pizarra y aunque Mou trate de descargarse ante los medios diciendo que alineó a todos los buenos y que no sacó el trivote, no tiene sentido alinear a Özil y Benzema si a todo lo que se va a jugar es a correr cuando llegue el error del rival.
El alemán parece mediocre en semejante esquema. Él es un jugador de pausa, de toque, de creación, un jugador que necesita algunos segundos más para poder desplegar sus virtudes. Benzema es algo parecido. Si quieres correr, entonces Kaká e Higuaín, corpulentos, rápidos y conductores. Por eso, en realidad, un gol en el primer minuto no era una buena noticia para la configuración blanca porque ese tanto daba toda la razón al plan de contraataque del fino estratega. El Madrid achicó el campo y asfixió al Barça que no lograba encontrar la rendija para colarse hacia Casillas. La encontró Messi en un resbalón de Ramos que desbarató Iker. El Barça estaba incómodo y demostraba tener grandes problemas para gobernar desde el balón. No hubo patadas. Simplemente robos que el Madrid trataba de traducir en transiciones de vértigo que solían terminar en nada. La peor noticia del Madrid no era que no generase juego sino que el segundo no llegaba y como no llegaba se empezó a desinflar y como se desinfló, la agarró Messi, se la puso a Alexis y el Barça empató a la media hora. ¿Y ahora qué Mou?. Pues ahora nada. Lo mismo, esperamos y salimos y seguimos jugando como un equipo lleno de complejos. Cuando los traumas afloraron, el Barça se apropió del encuentro y su retórica fue implacable.
Con un Madrid incapacitado intelectual y anímicamente, Iniesta emergió de entre los mortales para firmar con pausa y elegancia una segunda parte de escándalo que comenzó con un golpe de suerte culé. Un disparo inocente de Xavi fue desviado involuntariamente por Marcelo para poner el 1-2 en el marcador, y en ese momento se acabó el partido. El Madrid nunca tuvo ningún argumento sólido para discutir la supremacía de los de Guardiola que comenzaron a gustarse alrededor del balón. Donde el Madrid ve dos toques, el Barça imagina treinta y suele terminar en el área contraria. Con Alexis y Fábregas el Barça no cae en el rococó que en ocasiones ahoga su fútbol. Se vio en el tercer tanto, con una internada de Alves por banda y un centro al segundo palo para que Cesc pusiese en 1-3 en el 66'. Hacía años que no se veía al Barça poner un centro al área ni botar un corner por alto. Todo eso hicieron los de Guardiola mientras Mou daba entrada a Kaká por Özil y a Khedira por Lass, un prodigio táctico, ya ven. Para los últimos veinte minutos Iniesta ya se gustaba por banda y el Madrid sólo apretaba para no recibir más golpes. A fin de cuentas es mejor perder tres puntos en diciembre que la Liga en marzo y para consuelo blanco pensar que aún hoy son líderes con un partido menos. En el terreno de lo pragmático la derrota ante el Barça no tiene grandes consecuencias, pero los números no hablan de las esperanzas hechas jirones porque las distancias, por el momento, siguen siendo insalvables. Ya no es cuestión de que el Barça tenga un plan. El Barça tiene algo mucho más importante que un plan mientras el Madrid sigue dando vueltas sin saber muy bien cuál es el destino. Mou tiene que matar al padre pero sospechó que no lo hará y a ese problema se le unirá su paupérrimo recorrido como entrenador del Real Madrid. Él vino al Bernabéu a saquear el club para adornar su curriculum pero lo que nunca pudo sospechar es que, de todos los clubes de fútbol que hay en el mundo, sólo el Real Madrid puede hacer fracasar a Mourinho.
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