Nunca el silencio fue tan bello
El posmadridismo debe andar despistado. Algo ha ocurrido en el vestuario del Real Madrid. O Pérez contrató un exorcista o alguien le ha explicado a Mou que no se puede ir metiendo los dedos en los ojos del personal cada jornada, cada entrenamiento, cada rueda de prensa. Después de caer ante el tan sorprendente como efímero Levante y empatar a duras penas en Santander, dicen esos oscuros informadores que orbitan alrededor de los clubes que los españoles se sentaron con Mou y le explicaron un par de cosas. Tanto si esa reunión se llegó a celebrar o más bien pertenece a la mitología como si la famosa barbacoa no fue más que una simpática mascarada aderezada con choricillos y cervezas en realidad no es importante porque lo único cierto es que el Madrid ha cambiado en poco más de un mes. Ha cambiado su forma de jugar al fútbol y ha cambiado la actitud de su entrenador aunque probablemente no lo haya hecho en ese orden porque desde que Mou no habla las cosas son infinitamente mejores. Se calló el padre y los hijos tomaron la palabra. Resulta increíble comprobar cómo esos mismos pretorianos que segaban tobillos a lo ancho y largo del país ahora son unos finos estilistas, ahora maduran las jugadas, ahora prefieren empezar de nuevo antes que rifar el balón, ahora se comportan como jugadores y no como chungos de discoteca. Nunca el silencio fue tan bello.
Repartamos méritos en semejante transformación. Por la parte que toca al entrenador es de justicia destacar que Mou ha adelantado las líneas, todas las líneas. El hecho se aplaude pero la circunstancia lo afea porque si lo hubiera hecho después de convencerse de que tiene equipo para no jugar como un miserable, habría que loar su gesta pero la realidad es que el equipo ha mutado una vez que Carvalho, por fortuna, cayó lesionado y Ramos tuvo que hacer la veces de central. Con el sevillano en eje de la zaga, todo el equipo cambia. Ramos mejora toda su línea. Pepe parece mejor jugador y Marcelo puede irse de excursión sin demasiadas preocupaciones. Y no sólo eso. Ramos mejora la siguiente línea, principalmente porque Alonso recibe balones fáciles y limpios para empezar la construcción. Con Ramos, la defensa puede adelantarse hasta la medular, puede conceder espacios a la espalda porque adelantar las líneas implica presionar la salida del balón del rival. Y no sólo eso. El Madrid despliega una presión incontenible durante los primeros veinte minutos. Roba arriba, toca y mata. La fórmula es simple. Lo complicado ha sido llegar hasta ella.
Contra el Lyon y el Málaga se vio al nuevo Madrid. Contra el Villarreal se confirmó. A expensas de que se cruce por delante un rival de altura, los de Mou van triturando con solvencia a sus rivales interpretando la nueva partitura. Saque de centro, presión asfixiante, coberturas y un apetito voraz. Incluso parece que Kaká nunca fue un jugador mediocre. Le ha robado el puesto a Özil con algunas actuaciones de cierta calidad pero no hay que engañarse: nunca volverá a ser el jugador del Milán, aunque por el momento le va llegando para compartir once con los mejores. Ante los valencianos, que ya están caída libre, Benzema ocupó un 9 que ahora alterna con Higuaín. Los dos delanteros atraviesan un momento dulce porque si el francés marca y asiste, el argentino factura tríos con una facilidad pasmosa. Son dos delanteros modernos, de esos que no fijan centrales sino que los atacan desde cualquier posición y eso, unido a la excelsa nómina de atacantes, hace del Madrid un equipo de pirañas.
Benzema en el 5', Kaká en el 10' y Di Maria en el 30' fue toda la producción blanca en Chamartín. En poco más de treinta minutos el partido estaba visto para sentencia. Del Villarreal nada se supo hasta la segunda parte y no porque intentase la machada sino porque luchó para no llevarse un carro. El Madrid se dedicó a sestear controlando en todo momento la posesión y el ritmo, un partido sin más historia que la confirmación de que la nueva versión del Madrid, la versión que conjuga demolición con contemplación puede ser un perfecto argumento para aspirar a coronar grandes cotas. Imploremos para que Mou no sucumba a uno de sus accesos de ira. Pidamos por su silencio. Te rogamos, óyenos.
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