Civilizados
Acostumbrados a duelos de alta tensión, dialéctica bélica, cuchillos en los tobillos y pólvora en las lenguas, la ida de la Supercopa fue una balsa de aceite, más bien un partido de amiguetes comparado con los del pasado mes de abril cuando parecía que el mundo se iba a acabar. Es agosto y hasta Mourinho parece un simpático cincuentón que apura sus últimos días de vacaciones. El fútbol se ajusta a la perfección a los ritmos del calendario y, a pesar de haber un titulillo en juego, todos parecían recién caídos de la tumbona. Guardiola dijo hace unos días, entre resignado y abatido, que los equipos ya no hacen pretemporadas sino que hacen giras, como los Rolling Stones o el Papa, giras por países donde el fútbol es todavía un arcano indescifrable. Para ellos no existen nociones tácticas: existe dinero, y con el dinero se compran cosas y no hay bien más escaso que el dinero así que, desde que Europa sólo puede vender conceptos añejos, las plantillas hacen la preparación física en un avión. El Barça juntó a todos sus titulares hace cuatro días mientras que el Madrid lleva trabajando más de un mes en un régimen algo más relajado que el culé. Por eso y porque el Madrid tiene un amplio margen de mejora y el Barça ya sólo puede cuidar lo que ha conseguido, la prensa dio el papel de favorito a los blancos.
El sábado Mourinho abrió las puertas del Bernabéu para que ese nuevo madridismo globalizado hicera terapia con los jugadores. Enfrentarse al Barça siempre es un desafio, últimamente un dolor de muelas porque no hay rival que retrate mejor cuál es el estado de ánimo de una afición que pasa del insulto a la adoración en apenas unos segundos. Al Madrid le duele el Barça y aunque sea agosto, ver a Valdés abatido siempre es motivo de satisfacción. El Madrid salió con el once que en noviembre encajó cinco en Barcelona, con Özil en la zona creativa y Benzema el redivivo en punta. Para Guardiola fue mucho más complicado armar un once de garantías. Laudaremos su atrevimiento al alinear a Thiago en el lugar de Xavi y a Alexis en lugar de Pedro del mismo modo que diremos que la pareja Mascherano-Abidal en el eje de la zaga es de lo más vulgar que se le ha visto al Barça en mucho años. Recuerdos para Reiziger y Bogarde. Con semejante dupla y Keita en la segunda línea de creación, todo el poder ofensivo de los culés quedó absolutamente anulado. Messi es bueno pero si no toca un balón es como tener a un chaval de juveniles. El Madrid leyó a la perfección las carencias y atacó donde olía a sangre, presionando hasta con cuatro futbolistas la salida del balón. El Barça se ahogó y el Madrid, con un tono físico muy superior, se comió al Barça.
Guardiola buscaba soluciones pidiéndole a Thiago que se encargase de ordenar la feria de los centrales pero el chaval aún no está para semejantes batallas. Por ahora es un gregario de lujo. Nada más. Y en uno de esos errores en la circulación, Ramos habilitó a Benzema, anudó a Abidal y sirvió al centro del área para que Özil pusiera el 1-0 con un golpeo discreto y tranquilo. El Barça se deshacía mientras el Madrid empezaba a pensar que esa era la noche, aunque fuese en agosto. Con el marcador a favor la intensidad de la presión bajó. Los blancos se tomaron un descanso pero ni con esas el Barça fue capaz de hilvanar con el tino característico. El Madrid robaba por inercia y lanzaba todos los caballos contra Valdés. Mala noche para el campeón de Europa. Pero precisamente por eso, porque el Barcelona es campeón de Liga y de Europa y porque tiene en sus filas a algunos de los mejores delanteros del mundo, es un equipo ganador, uno de esos que ganan porque tienen que hacerlo. En un balón aislado en un lateral llegó el zarpazo, un balón sin importancia, un balón anónimo que enganchó Villa después de quebrar a Ramos y que entró limpio y veloz en la portería blanca. Efectividad plena: un disparo, un gol. El madridismo sentía la injusticia. Para una vez que los suyos intentaban jugar al fútbol, iba el Barça y se convertía en el Madrid. Una cosa de locos.
El empate enfrió los ánimos hasta el punto de empezar a pensar que este Barça no tiene ni un día malo y cuando lo tiene, te empata. Y cuando llegaba el final de la primera parte, te gana. Messi aprovechó un fenomenal lío entre Pepe y Khedira para plantarse frente a Casillas y poner el 1-2. Otro balón absurdo, un despeje dadaísta del alemán, un resbalón del portugués en el peor momento y el optimismo en el olvido. El golpe fue duro, muy duro. Con dos latigazos, el Barça había arruinado la frágil autoestima blanca y había salvado una papeleta realmente complicada. En la reanudación el Madrid sufrió por el derroche de la primera parte. El equipo se partió y Mou puso remedio. Un Di Maria muy lejos de su mejor forma por Coentrão y el inefable y siempre creativo Khedira por Callejón buscando contener las salidas culés con profundidad mientras Guardiola daba entrada a Xavi por Thiago. Las intenciones estaban claras por ambas partes pero los resultados sólo fueron los esperados por una de ellas. Xavi no afinó el juego mientras que Callejón y Coentrão dieron otro aire al equipo. El Madrid recuperó el pulso y volvió a la carga para intentar ganar un partido que merecía ganar pero que sólo logró empatar gracias a un remate de Xabi Alonso en el 53'. Con el 2-2 el Madrid se lanzó a degüello sabedor de que era una oportunidad única, el peor partido del Barça en años. Pero la otrora efectividad madridista desapareció. Nunca el Madrid tiró tanto contra una portería y nunca marcó menos goles. Para el Barça todo aquello resultaba un tanto desconocido, sostenido por algunas arrancadas muy esporádicas de Alexis y Pedro que quedaron sofocadas por la defensa blanca. Con el empate se llegó al final, los chicos, muy educados ellos, se dieron la mano y se fueron a casa en un ambiente del todo civilizado, sin patadas ni grandilocuencias. Hay una copa en juego, cierto, pero es agosto y todavía queda demasiado por delante como para empezar a sofocarse.
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