3/4: El síndrome de Estocolmo
La nueva de Mou es que le van las películas de espías, de conspiradores que dominan el mundo sin que los ciudadanos lo sepan, de las perfidias ocultas que designan el destino de miles de millones de seres humanos que sin saberlo madrugan cada mañana, gastan doce horas de su vida en producir algo y vuelven a casa con los bolsillos vacíos y un sospechoso olor dentro de la camisa. Los jugadores del Madrid no iban a ser menos, también ellos son humanos; los del Barça son otra cosa, son los hijos de Mahatma, los embajadores de Unicef, las bellas esculturas de un fútbol geométrico diseñado bajo los dictados de la proporción áurea. No son humanos. Son ángeles. Quizá lo más sorprendente de todo este asunto es que Mou se pregunta por qué y muchos más también lo hacemos: ¿por qué aguantar más tontadas de este tipo?. Se confirma la penosa noticia: Mou ha secuestrado el Madrid, eso sí, con el arte del trilero, a veces con discreción otras con pirotecnia, convenciendo a veteranos y noveles de que, después de 500 millones (a saber: 100 por Cristiano, 75 por el evangelista, 35 por Mudito...), lo único que se puede hacer en las semifinales de Copa de Europa en el Bernabéu es arroparse para no pasar frío. «No, si a mi me da igual lo que pase, llego a casa, tengo una familia maravillosa, mañana será otro día, yo ya tengo mi vida resuelta...» El diagnóstico es sencillo, la solución no lo es tanto porque si ha convencido al director de la Central Lechera, tenemos mourinhadas para rato.
La tercera entrega de esta opereta de fin del mundo comenzó con nuevos ingredientes. Lejos quedaba aquel empate en Liga que sólo fue la puesta de largo del antídoto. La del Rey se la llevo el Madrid con una buena primera, agresiva, concentrada, efectiva, un partido que enseñó a Guardiola que ya no bastaba con tocarla bien. El Barça es un equipo memorable pero nunca se había visto en la tesitura de tener que bajar a la arena para zafarse en tareas de estibador, justo las que Mou domina a la perfección. Guardiola nunca tuvo comentarios mundanos porque con el balón era suficiente. Por eso cuando el martes habló, proclamó un cambio de estrategia que se vio en el césped veinticuatro horas después. A pesar de lo que pueda parecer, Marcelo era uno de los mayores inconvenientes para el Barça. Por pensar que era inofensivo, se había descuidado su marca dejándolo libre. Su asociación con Di Maria era uno de los pocos argumentos ofensivos de los blancos. Por eso Guardiola le colocó a Keita por delante para que no progresara lo que convirtió el partido en un páramo.
No es que el Barça jugase especialmente bien en el Bernabéu mientras se midieron once a once. La estadística dice lo que uno quiere que diga y sí, 71% y 520 pases por 29% y 150 parece escandaloso, pero lo que no se dice es que más de la mitad de esas asociaciones culés se produjeron en zonas inocuas. Ni CR7, ni Kaká, ni el otro ni el de más allá. El tapón del Madrid es Pepe, un central reconvertido en mediocentro que ha sido el verdadero protagonista de los tres encuentros. Y curiosamente ayer, justo el día que menos estaba repartiendo, pagó por todos los delitos anteriores. Él, curtido en mil batallas, pecó de ingenuo y aplicó ímpetu que no contacto contra el mejor actor europeo, Dani Alves, un genio de la interpretación. Hasta salió en camilla para recoger el premio. Stark recibió «órdenes» por el pinganillo y lo que era una falta se convirtió en una expulsión en el 61', el minuto que cambió el mundo. Cuatro después, Mou estaba sentado en la grada escribiéndole la lista de la compra a un desconcertado Karanka que miraba desamparado hacia el jefe. «¿Entonces entra Kaká?», pensó él. «Este tío no se entera de nada», susurró Mou.
La salida de Pepe fue como la del profesor que va al baño. Los chicos se alborotaron, los unos y los otros, los blancos porque veían que sin tapón todo se iba por el desagüe y los blaugranas porque vieron el cielo abierto, la posibilidad de matar la eliminatoria. El que más lo notó fue Messi que de repente apareció en el partido, comenzó a arrancar como el 10 que es por mucho que algunos se empeñen en colocarlo como 9 y el Barça, liberado del azote del leñador se dispuso a rematar al huérfano. Es sorprendente, ya vamos por el cuarto párrafo y no se ha hablado de fútbol y no se ha hecho porque sencillamente no lo hubo. El plan del Madrid era destruir y el del Barça aguantar a la espera de algo mejor. Todo lo que hubo por medio fueron un par de buenos goles de Messi, uno como 9 y otro como 10 puro, muy buenas actuaciones (Pedro y Busquets inconmensurables) y miseria, mucha miseria porque mientras el Madrid no se crea capaz de hacer algo mejor, no habrá nada más que copitas para el olvido.
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