Por Ignacio Ampudia, hace 1 año

2/4: ¡CAMPEONES!

Casillas Copa Del ReyLa Copa vapuleada bajo los cascos del caballo ganador es la mejor síntesis de lo que significó la final de Mestalla que ganó el Madrid, un nuevo Madrid dirigido por el entrenador de los títulos que ha inculcado la doctrina de la vorágine. Mou dio la orden clave: «destruid todo lo que veáis, arrasad el poblado y nunca hagáis prisioneros» y sus pretorianos obedecieron hasta el punto de engullir el trofeo, no se sabe si por un exceso de celo republicano o por todo lo contrario. En el caso de Ramos todo o nada es posible porque en realidad nadie sabe (sospecho que ni siquiera él mismo) qué es lo que le pasa por la cabeza cuando no está en el campo. Cuando ejerce como futbolista es uno más del pelotón, y de los más aplicados.

Poco tuvo que ver la final con el duelo liguero del sábado pasado. Con el título decidido a favor del Barça, el Madrid ensayó algunas de las fórmulas que ayer anularon a los blaugranas durante toda la primera parte. El nudo que planteó Mou en la media fue mayúsculo, una trampa para ratones destinada a desactivar la conexión entre Xavi e Iniesta. Si los dos motores no se encuentran, el Barça se gripa y hace que incluso Messi parezca un jugador del montón obligado a bajar hasta los fogones para oler la comida. Pepe volvió a actuar de tapón, de chico para todo por delante de Alonso y arropado por Khedira, un enigma en cada carrera principalmente porque resulta incomprensible que el Madrid haya pagado un solo euro por contar con sus servicios o más bien lo resultaría si Mou no estuviese en el banquillo blanco.

Así las cosas, el portugués dispuso un plantel aleccionado para la batalla. Cada vez resulta más probable que Mou se dejase ir en el Camp Nou para mostrar al madridismo que ni siquiera él está capacitado para jugar al Barça de tú a tú. En cierto modo la manita fue balsámica, fue la coartada para poner a diez tipos detrás del balón, con Özil y Di Maria más preocupados por destruir que por combinar. Sólo Cristiano quedó exonerado de las arduas tareas defensivas aunque en alguna ocasión se pudo ver al general abroncar a su soldado predilecto. El Madrid iba fuerte al balón dividido, sin dudar, y acosaba al árbitro en manada tratando de controlar todos esos aspectos del juego que uno debe controlar cuando plantea un partido a cara de perro, un partido sin continuidad, sin ritmo, sin ocasiones, un partido que se dirime en la media, un partido sin precisión en el que el balón nunca es protagonista. 

Los primeros cuarenta y cinco minutos retrataron a un Barça desconcertado que gozó de la posesión pero no supo qué hacer con ella mientras el Madrid desplegaba su juego a la perfección: robo y a correr, dos toques mejor que tres, simplificar antes que dialogar para llegar al vestuario con algún gol en la cuenta y el rival desmoralizado. Casi lo consigue Pepe a dos minutos del descanso en una de sus muchas escaramuzas como delantero centro. Su físico es portentoso; su templanza inexistente aunque en su descargo se podría decir que se portó mejor que en Chamartín. Sin embargo, tal planteamiento exige mantener la frescura y la concentración durante noventa minutos y correr detrás del balón es demasiado cansado. Por eso si la primera parte fue blanca, la segunda fue del Barça de cabo a rabo. El Madrid se partió y sus llegadas hasta Pinto se contaron así: una de Cristiano que desbarató Alves mientras Casillas sacaba algunas más.

Pero llegar a la prórroga erosionaba mucho más al Barça que al Madrid porque de sobra es sabido que es más ingrato hacer que no hacer, y hacer durante muchos minutos y no lograr nada iba minando la moral blaugrana que se hundió definitivamente cuando en el 103' CR7 se elevó imperial sobre Adriano para poner el 0-1 y confirmar el plan de Mou. El Barça, poco acostumbrado a jugar con urgencias, siguió chocando contra el muro una y otra vez hasta que acabó cediendo la primera final de la era Guardiola ante un Madrid tan rácano como titánico, tan irreconocible como efectivo, tan sufridor como poco atractivo. Ya lo dijo Pep en rueda de prensa, una verdad cruel pero cierta: el que gana siempre tiene la razón.         

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