Ciclón blanco
Mismo rival, mismas fechas, mismo escenario, distintos entrenadores. El Real Madrid volvía a medirse con el Milán un año después en el primer partido de peso que afrontaba el proyecto de Mou y la expectación, claro está, era obligada porque el duelo entre la más pura aristocracia de la Copa de Europa sólo podía dar una medida exacta de cuál es la posición exacta de este Madrid. Mou ya ha dado con la tecla en Liga. Es cierto que los rivales no han sido muy exigentes y eso ha favorecido las goleadas de los últimos encuentros, aunque es probable que las variantes tácticas en la media hayan ayudado contra equipos de medio pelo. Ya vendrán los primeros de la lista. Quedaba certificar la revolución en Europa. Cuando el bombo encuadró al Madrid con Milán, Ajax y Auxerre, la reacción fue unánime: mucho castigo para tan poco Madrid. Después de tres jornadas, los blancos cuentan todos sus partidos por victorias sin encajar un solo gol.
Pero escudarse en los números, o la estrategia Pellegrini, supone una enorme limitación en el análisis de la realidad. La primera premisa es que el Milán no es ni siquiera una sombra de aquella maravillosa y eficaz squadra de finales de los ochenta que enseñó un nuevo modo de jugar al fútbol. El Milán no es nada más que una colección de cromos, nombres y huesos. El Milán es un museo a pesar de que los refuerzos de esta temporada hayan dado un aire renovado y rejuvenecido al equipo, haciéndolo más temible que en la edición anterior; por tanto resulta increíble que en la pasada temporada el partido se escapase ante un plantel menor permitiendo una dolorosa remontada, lo que da una clara muestra de la evolución en el juego y la mentalidad de los blancos y otra clara muestra de dónde está el Milán. Ni Ibra, ni Robinho, ni Pato han contribuido a cambiar una dinámica suicida. El Milán ha dejado de ser un club de fútbol para pasar a convertirse en un estado de ánimo.
El Madrid se encuentra en el otro extremo del camino. Es un equipo insultantemente joven y extremadamente ambicioso, la combinación óptima para ganar títulos. Mou ejerce de equilibrista en la gestión de tanto ímpetu y, a modo de alquimista, ha convertido una plantilla buena pero sin sangre en un equipo furioso, en un ciclón. Y eso es lo que ocurrió durante el primer cuarto de hora. Aún no habíamos ocupado nuestro asiento en tribuna (una vez más y un agradecimiento más, cortesía de los Alarcón) cuando el Madrid se disponía a botar un corner. Había pasado un minuto de juego y las pulsaciones estaban descontroladas. El Bernabéu exigía sangre, exigía rodillo, exigía un golpe en la mesa, exigía el Madrid de las grandes citas europeas. Las ocasiones se acumulaban con CR7 y Özil permeando todas las capas de la defensa rossonera. El Milán deja jugar, no aprieta en la elaboración porque ni Ronaldinho ni Ibra están para tareas tan mundanas. Los balones llegaban francos para Cristiano y Di Maria jugando como extremos. Para el portugués Allegri preparó una cobertura de gala con Zambrotta y Gattuso que no eclipsó su buena actuación que coronó en el 13' abriendo el marcador con un lanzamiento de falta desde la frontal. Ibra se abrió y Seedorf se giró para que el disparo, manso y colocado, entrase sin oposición.
Chamartín estalló ante tanta eficacia y despliegue. Por eso, tras el saque de centro, Marcelo, que ayer firmó una notabilísima actuación en las dos áreas, robó en una incursión de Pato, cedió a CR7 en banda izquierda y tras internada, remate de Özil con fortuna que supuso el 2-0 ven el 14'. El Bernabéu, rendido ante el arranque furioso de los suyos, reclamó más y más con la certeza del que sabe que puede vivir una noche histórica. Sin embargo, con el marcador a favor y la clara superioridad en todas las parcelas del campo, el Madrid, sabedor de su superioridad, se dedicó a esperar al Milán para rematarlo en una contra. Los italianos se hicieron con el control de la posesión pero ninguno de sus puntales logró inquietar a Casillas excepto una magistral lanzamiento de falta ejecutado por Pirlo. Del Milán nunca más se supo, ni siquiera con la entrada de Robinho, despreciado como pocos por la grada, que apenas tocó un balón en zonas de peligro. El Madrid gobernó con mano de hierro en guante de seda (más conocido como Alonso, probablemente lo mejor que ha fichado el Madrid en años) lo que quedaba, con aperturas constantes, cambio de orientación y penetraciones que podrían haber significado una goleada escandalosa. Este Madrid carbura, en el juego y en la psicología, aunque la sensación general es que el Milán no fue ese rival de enjundia que necesitan los blancos para testar realmente su producto.
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