Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 6 meses

Un equipo para la eternidad

EspanaQue España y Holanda jugasen la final del Mundial podía parecer una oda al fútbol, un canto a la excelencia que decididamente engrandecería este juego centenario. Había algo de canibalismo en el duelo. Aquella Holanda que construyó Cruyff y que se quedó a las puertas de ganar el campeonato del mundo contra la Alemania de un genial Beckenbauer que jugó parte de la final con el brazo en cabestrillo, fue la misma Holanda que practicó un fútbol de ensueño bajo una idea que años después el capitán de la Naranja Mecánica llevó hasta La Masía. El modelo estaba basado en producir mediocampistas de gran calidad bajo la premisa de controlar el balón y, desde él, gobernar los partidos con autoridad y buen gusto, los mismos atributos y el mismo concepto que han llevado a España a convertirse en la nueva campeona del mundo. El balón es siempre el mejor aliado a pesar de que, desde hace tiempo, muchos se hayan empeñado en desterrarlo de los terrenos de juego. La nómina de resultadistas es abultada; la de la excelencia está reservada a unos pocos.

Del Bosque sabía que España no podía fallar ni permitirse el lujo de dejar escapar una oportunidad histórica. Las cuestiones populistas quedan a un lado. No es que el país se lo mereciera. El fútbol merecía tener un campeón que ha sublimado una idea, la idea de cómo debe ser el juego. Por eso salió de inicio con el mismo once que arruinó a Alemania, sin Torres y con Pedro como artificiero, yendo de un lado a otro, ayudando a todos y buscando romper las trincheras holandesas. Los que vaticinaron un encuentro abierto lo hicieron dejándose llevar por una épica que no respondía a la realidad. Cualquier equipo que pretenda tutear a España se llevará un buen revolcón. Por eso los oranjes se escudaron en sus dos pilares fundamentales, De Jong y Van Bommel, para desactivar a base de patadas, interrupciones y quejas constantes el juego español. Holanda no iba a cometer los errores de Alemania. Ningún holandés pensó en alcanzar la final cuando llegó a Sudáfrica y todo indica que si Felipe Melo no se hubiese marcado aquel gol en propia puerta, la final habría sido contra Brasil.

El primer cuarto de hora español fue bueno. Sin estar a la altura de la semifinal, España no tardó demasiado en meter el miedo en la casa holandesa. Un remate de Ramos y otro de Villa al lateral de la red obligaron a Holanda a activar el plan. Y comenzó el carrusel de patadas, entradas fuertes y discontinuidad que sacó del partido a España que no encontraba ni en Pedro ni en Xavi ni en Villa la chispa para mantenerse enchufada. Los argumentos de Holanda, además de las consabidas patadas en el pecho, pasaba por robar en las zonas calientes y lanzar a Robben, uno de los jugadores más sobrevalorados en los últimos años, para que se buscase la vida por la banda, se fuese del lateral, trazase la diagonal y disparase a puerta, es decir, la única jugada que es capaz de ejecutar con su única pierna hábil. Tan paupérrimo recurso fue neutralizado con hasta tres jugadores españoles en la ayuda. Robben no se fue ni una sola vez. Pobre Holanda.

España tampoco encontró el hilo en la segunda parte. Perdida, en ocasiones ausente, el partido transitaba por la zona de indefinición, en esos minutos en los que normalmente no pasa nada. Los holandeses estaban ganando la batalla, amparados en un arbitraje condescendiente por no decir pésimo. El partido necesitaba un revulsivo. Todos pedían a Torres cuando las cosas pedían un ariete, una punta de lanza para abrir el campo, descongestionar un centro del campo superpoblado y desbordar. Del Bosque dio entrada a Navas en la banda de Gio, un flojo lateral en el final de su carrera, para convertir la amarilla de la primera parte en expulsión. La actuación del sevillano no se pareció a los deseos iniciales, principalmente porque Ramos se comía toda la banda. Entre tanto Robben había fallado un mano a mano contra Casillas que pudo definir la final y otra internada en la que superó por un cuerpo a Puyol. Ya no había juego. Solo miedo a perder.

Con tablas, la prórroga parecía un ejercicio de flagelación. Para ser campeón del mundo hay que sufrir. Y mucho. Fábregas, que sustituyó a un Alonso que ha jugado lesionado desde el primer partido, intentó reactivar las líneas de ataque. Un par de internadas suyas pudieron significar la victoria, pero una vez más, como Pedro con Torres ante Alemania, la ocasión se malogró por no levantar la cabeza. Las fuerzas flaqueaban, lo peor que le podía ocurrir al planteamiento holandés y donde antes había solidez, ahora había césped. España se sabía ganadora. Solo faltaba el broche y llegó en las botas de Iniesta que recogió con su guante el balón de Fábregas y pegó duro, con fe, con convencimiento de que esta vez sí, esta vez España pondría una estrella en su escudo. Era el 117', a tres minutos de unos penaltis que nadie quería porque no eran justos. Holanda se miraba y no encontraba la respuesta. Habían aguantado hasta llevar a España a la extenuación pero no habían podido amarrar en el último momento a un jugador genial que puso un colofón genial a una genial obra de ingeniería futbolística.

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