Patriotismo de todo a 100
España nunca llegó tan lejos en un Mundial y por eso la victoria ante Paraguay se celebró como si Casillas ya hubiese levantado la copa llevando a este país fatalista y eternamente sufridor a una suerte de éxtasis patriota expresado en cánticos, banderas, caras pintadas y comas etílicos. El poder redentor del fútbol es balsámico para todos aquellos que tienen la imperiosa necesidad de expresar su españolidad con una coartada universalmente aceptada. No hay que engañarse: sin fútbol, la bandera sigue levantando sospechas. Pero si resulta que Villa la encaja entre palos en el 82' y da el pase a España, entonces hay carta blanca para la imposición de la felicidad emplasticada que proporciona el terruño. Es en ese preciso instante cuando comienzan a ondear las banderas compradas en los chinos, las camisetas rojas patrocinadas por marcas de cerveza, marcas de coche y marcas de móviles y se ve normal e incluso razonable que el personal se infle a copas con la bandera anudada al cuello mientras corean ese gran lema sencillo, directo y necesariamente sintético que dice yo soy español, español, español (atiéndase a la supresión de la S como variedad dialectal) al son de una remezcla poligonera de Shakira cantando en inglés. La comunión entre nativos que sienten unas raíces comunes es perfecta, estimulante e incluso romántica aunque es de temer que todo esto sólo responda al nacionalismo lúdico que conduce irremediablemente a un patriotismo de todo a 100.
En lo estrictamente deportivo, España volvió a interpretar la partitura acostumbrada en este Mundial ante unos paraguayos que plantearon un partido muy serio, con orden, tensión y rigor. Del Bosque sigue sin variar el guión de inicio, lo que significa que Torres seguirá siendo titularísimo y seguirá siendo sustituido en el 60'. Hay decisiones del todo incomprensibles desde un punto de vista futbolístico. La lógica dice que siempre han de jugar los mejores y Torres no está entre ellos. Ni tiene la forma requerida ni el fútbol que hace España beneficia sus características. Sus virtudes son bien conocidas. Sus obsesiones también, entre ellas la de buscar el regate frontal ante cuatro rivales cuando todo indica que la perderá, se caerá y pondrá cara de circunstancias lamentándose por la ocasión perdida. Del Bosque tiene variantes y si aun así Torres sigue jugando es porque es un jugador con un peso capital en el vestuario. Hay códigos que deben ser respetados pero la realidad es que, formando con Torres, España juega casi con diez la primera hora de partido.
Y así fue. España no generó ocasiones de gol en la primera parte, no encontró el ritmo de circulación ni la posición dominante que caracteriza a su medio campo. Busquets no brilló al nivel habitual y Xavi no conectó con los puntas. Villa se colocó como 9 y Torres cayó a banda derecha en una variante táctica que buscaba el desconcierto de la defensa rival y que sólo consiguió el caos en el equipo español porque Villa ha firmado los mejores minutos del Mundial partiendo desde la izquierda y Torres quedándose en el banco. Paraguay tampoco inquietaba a Casillas principalmente por el nivel de Ramos y de un colosal Piqué. En el 56' Del Bosque movió ficha y dio entrada a Fábregas buscando el control definitivo que matase la eliminatoria pero los acontecimientos fueron bien diferentes. En el 57' el árbitro pitaba penalti de Piqué sobre Cardozo. Sin duda una decisión acertada aunque fue uno de esos agarrones que sólo penalizan los árbitros malos. La cara de Casillas a la espera de la ejecución activó los antiguos fantasmas: Luis Enrique y la nariz rota, Corea 2002, la maldición de cuartos y la mala suerte. Pero Casillas lo paró. Es más, lo atajó. Y en la siguiente jugada el penalti favoreció a España por agarrón de Alcaraz a Villa. Pitarlo significaba expulsar al central paraguayo pero Batres no se atrevió.
Villa se lo cedió a Alonso, que lo metió. 0-1, tranquilidad y euforia... y el árbitro manda repetirlo porque la ceja derecha de Fábegras estaba dentro del área justo cuando Alonso iba a disparar. En la repetición Alonso falla, Fábegras agarra el rechace y Villar comete un nuevo penalti que el guatemalteco no quiso pitar. En dos minutos el partido había explotado y el balance, sin duda, había sido desfavorable para los paraguayos. A partir del 65' España tomó el mando, metió a los paraguayos en su área y comenzó el festival del impacto contra el frontón. Del Bosque entendió que tanta posesión no era efectiva si no había en el campo un jugador diferente, con desborde y desparpajo. Retiró a Alonso, entró Pedro y cinco minutos después la defensa paraguaya se abría para que Iniesta sirviese a Pedro, la mandase al poste, Villa recogiera el rechace y la metiera, diera la clasificación a España para las semifinales por primera vez en su historia y estallase una especie de euforia cutreetílicopatriota que se comprometerá aún más con la mediocridad a medida que España vaya superando más escollos. Ya sólo quedan dos, dos para la gloria y también dos para la definitiva y pública consagración de la estupidez.
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