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Todo empezó en La Romareda, en octubre de 1994 y terminó en el mismo lugar hace apenas unos meses, marcando el gol que tanto se le resistió el día de su debut, el día que Valdano dio la puntilla a un desvencijado Butragueño para entregar el futuro a un chaval de diceisiete años que deslumbró por su atrevimiento y su aplomo de veterano. Aquel día todos los cronistas coincidieron en algo: nadie sabía cuánto duraría en un club tan exigente pero lo que estaba fuera de toda duda era que el chico tenía madera de futbolista. El fin de semana siguiente, en el Bernabeú y contra el Atlético, el club que lo defenestró por una brillante decisión de Gil, Raúl fue titular y abrió el marcador con un gol sublime tras un mejor pase de Laudrup; provocó un penalti y dio una asistencia a Zamorano. Se marchó entre la aclamación de una hinchada que esa misma noche fue consciente de que el Madrid había alumbrado una nueva estrella.
Raúl nunca cayó en el vedettismo que tanto ha proliferado en el mundo del fútbol de los últimos años. Raúl era puro fútbol. Nada de adornos, ni gestos a la galería, ni pelos teñidos, ni tatuajes, ni regates circenses, ni pendientes, ni imposturas, ni portadas de revistas, ni anuncios de perfume ni de maquillaje. Raúl jugaba para ganar, sólo para ganar y para ganar en el Real Madrid. Nunca destacó por nada en particular. Nunca fue el más rápido, ni el más estético, ni el que más saltaba ni el que más fuerte pegaba a la pelota. No era nada de eso y a su vez lo era todo. Todo el repertorio alumbra su carrera. Goles con la diestra, con la zurda, de cabeza, de rebote, de falta; goles de 9, de pillo, combinando, de jugada individual, goles que le llevaron a ser el máximo goleador de la historia del Madrid, de la Selección (por el momento) y de la Champions; goles para levantar Copas de Europa, Ligas, Intercontinentales y Supercopas. Goles de barrio para convertirse en una leyenda.
Dieciséis años en el mejor club del mundo dan para mucho, bueno y malo. Durante las últimas temporadas multitud de voces se elevaron para exigir que el capitán fuese pensando en el retiro. La forma física ya no le acompañaba y sus fallos empezaban a ser flagrantes. Necesitaba mucho para conseguir muy poco y en el nuevo fútbol, un juego de portentos físicos y efebos rasurados, un jugador de calle con las piernas arqueadas empezaba a resultar anacrónico, romántico tal vez. Muchos entrenadores pasaron por el banquillo blanco y ninguno se atrevió a sentarlo. O ninguno se atrevió por el inmenso poder del Raúl veterano (se dice que él llegó a fichar a Juande) o es que ninguno encontró motivos suficientes para sentar a un jugador de los que hacen equipo, de los que llevan la competición a un punto, en ocasiones, esquizofrénico.
Raúl se ha ido entre lágrimas en un final algo desteñido para tal servicio al club. El palco de honor, acompañado de todos los títulos que ha logrado y del copete directivo, parece poca cosa para un hombre que sólo adquiere sentido en el césped. Su marcha acompaña a la de Guti, otro viejo pretoriano, otro canterano, otro madridista. Sin ellos, el Madrid da el relevo a un nuevo orden en el que Casillas, Ramos y Alonso formarán el núcleo duro junto a vedettes y titiriteros varios que dijeron el día de su presentación que desde niños soñaron con jugar (o cobrar, quién sabe) en el Madrid. Si su entrega por la camiseta llega a la mitad de la de Raúl, pueden darse por satisfechos. ¡Hasta siempre, Capitán!.
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