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Todo empezó en La Romareda, en octubre de 1994 y terminó en el mismo lugar hace apenas unos meses, marcando el gol que tanto se le resistió el día de su debut, el día que Valdano dio la puntilla a un desvencijado Butragueño para entregar el futuro a un chaval de diceisiete años que deslumbró por su atrevimiento y su aplomo de veterano. Aquel día todos los cronistas coincidieron en algo: nadie sabía cuánto duraría en un club tan exigente pero lo que estaba fuera de toda duda era que el chico tenía madera de futbolista. El fin de semana siguiente, en el Bernabeú y contra el Atlético, el club que lo defenestró por una brillante decisión de Gil, Raúl fue titular y abrió el marcador con un gol sublime tras un mejor pase de Laudrup; provocó un penalti y dio una asistencia a Zamorano. Se marchó entre la aclamación de una hinchada que esa misma noche fue consciente de que el Madrid había alumbrado una nueva estrella.