Por Ignacio Ampudia, hace 1 año y 9 meses

Comunión de destino en lo universal

DiarrasDecir que la Liga se terminó el sábado pasado en el Bernabéu sería como dispararse en el pie, principalmente para el Madrid y para las televisiones, la alianza que hace que en este país el fútbol sea más importante que asuntos de jueces y políticos de mano larga. No es cuestión de cerrar el chiringuito antes de tiempo, al fin y al cabo aún quedan algunos partidos en reserva que pueden resultar interesantes, como el duelo Madrid-Valencia o el Barça contra el hundido Sevilla. Pero a pesar de todo eso, desde el golpe de autoridad culé en Chamartín, el fútbol no se ve de la misma manera. Todo parece más pálido, más seco y más previsible. La jerarquía ha quedado suficientemente clara: primero el Barça, luego el Madrid y luego todos los demás. No falta razón a los que dicen que seis partidos son muchos partidos y que en el fútbol todo puede cambiar en cuestión de segundos pero si el Barça pierde esta Liga nada cambiaría. Incluso si el Barça no ganase nada este año, la evidencia seguiría siendo inamovible.

El trauma sobrevolaba el vestuario blanco después de los azotes del más fuerte del patio. Es lo que le pasa a los aspirantes cuando las cosas se ordenan definitivamente, que tienen que encajar la realidad. Después de la victoria de los de Guardiola ante el Depor, no había mucha seguridad en que los madridistas pudieran soportar con resultados el discurso de la semana: lucharemos hasta el final. Y además tocaba jugar fuera. El Almería, al que salvó Lillo del abismo del descenso y que ejecuta un juego limpio y aseado, era el rival post-traumático, era el rival que podría dar la puntilla al moribundo, tal y como rezaba un titular de la prensa deportiva catalana, y el moribundo compareció en el Juegos Mediterráneos sabiendo que la victoria se olvidaría y la derrota lo humillaría. Para el Madrid los partidos han empezado a ser formidables inconvenientes.

Ramos volvía a formar pareja con Albiol mientras Marcelo ocupaba el lateral izquierdo y Guti al timón del equipo con Alonso y Gago barriendo todo el frente defensivo. Van der Vaart era el encargado de surtir a Ronaldo e Higuaín. Con ese once el Madrid se jugaba su prestigio que, por el momento, sigue intacto. El primer cuarto de hora consistió en una batería inacabable de ataques blancos que empotraron al Almeria en su área sin posibilidad de sacudirse el agobio. El problema residía en que, cuando algún madridista se movía para habilitar el espacio necesario para el desmarque, o bien Guti no era el pasador y entonces se malograba la oportunidad o el balón llegaba a la zona en la que se acumulaban más jugadores del Almería. Los ataques elaborados del Madrid son kafkianos: los desmarques se tiran mal, los pasadores no entienden lo que va a ocurrir y los delanteros demuestran una tozudez extrema intentando entrar por donde es físicamente imposible.

Así que, con tan poca definición, el Almería se sacó de la manga una jugada que nació contrataque y murió con el balón en las redes del Casillas tras despiste de Marcelo e imitación en las mismas artes de Arbeloa. ¿Cómo es posible que un balón se pasee de lado a lado del área del Madrid sin que nadie lo corte?. Y lo mejor de todo, ¿cómo Crusat puede llegar completamente desmarcado para rematar ese mismo balón que todos vieron pasar?. Pregunten en el Madrid. Era el 14', la pifia había sido de primer curso de fútbol y tocaba remar en contra. Al final parece que Ronaldo es el que más espíritu tiene pero tanto ímpetu no siempre es sinónimo de éxito. Me recuerda a aquel asunto de las nefastas consecuencias que generan las acciones inspiradas en las buenas intenciones. No son necesarias las buenas intenciones; es necesario hacer la cosas bien. Tras intentar la misma jugada que normalmente acaba cuando se choca contra el cabrestante, Ronaldo salió airoso de un par de fintas y puso el empate en el 27'. En la reanudación, Pellegrini sentó al siempre intrascendente Gago para meter al siempre vanguardista Mahamadou, una delicia para paladares exquisitos. Después de generar al menos una veintena de ocasiones, unas absurdamente falladas y otras soberbiamente atajadas por Alves, llegó el 1-2 en las botas de van der Vaart en disparo desde fuera del área. Era el 69'. Diez minutos después y no sé si formando parte de algún tipo de reivindicación de Pellegrini dirigida a los directivos o a una apuesta con algunos colegas, el chileno relevó a Guti y dio entrada al siempre creativo Lass. El Madrid terminó el partido con los dos Diarras en el campo, jugando juntos, pensando juntos, elaborando juntos, formando una comunión de destino en lo universal...

3 comentarios

#1. fernando, hace 1 año y 9 meses

Brillante entrada, desde el principio hasta el final. La síntesis Diarra-Diarra lo dice todo
Abrazos

#2. Ignacio Ampudia, hace 1 año y 9 meses

Los diez mejores minutos de fútbol de mi vida. Nunca los olvidaré.

#3. fernando, hace 1 año y 9 meses

Infravaloras centros del campo pasados: Emerson, Gravesen, Pablo García, Beckham dando tumbos... y arriba el italiano gordito aquel... ¿cómo se llamaba?

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