Odio ser futbolista
Dijeron que se dejarían la piel y si lo hicieron o no quedará al criterio de cada uno, pero la realidad es que el Barça no pudo atravesar el muro que planteó Mourinho, un entrenador que va camino del mito, no por sus victorias (que no son pocas) si no por saber ejercer de entrenador en el pleno sentido de la palabra en cada equipo que ha dirigido. La nueva vedette del fútbol mundial carga sobre sus espaldas como pocos la presión que legítimamente corresponde a sus futbolistas. Con sus artes, sucias, chabacanas y barriobajeras, logra que sus chicos no carguen con la responsabilidad de sus fracasos, del mismo modo que cuando el éxito cae de su lado, las cámaras solo tienen ojos para el portugués. Los italianos están encantados de haberse conocido y, al igual que Mourinho, juntos conforman una entente irritante que desespera y saca de sus casillas al más pintado. Por desgracia, eso también es fútbol y no hay que engañarse: tipos como él elevan este juego a categoría de credo por su proyección mediática y porque nunca tanta arrogancia tuvo tanta recompensa. Las victorias del villano también venden.
Otra vez el agua, otra carrera loca, otra pifia de Fernando Alonso, otro fiasco de Red Bull, otro alarde de los propulsores Mercedes, otra demostración de Hamilton, otra lección de Button, otra «cacicada» de los comisarios, otro «papelón» de Schumacher, otro «carrerón» de Rosberg, otra rotura de Pedro, otra odisea de Jaime, otra epopeya de Kubica, otro desmadre de estrategias, otro ganador diferente en China,