Una victoria de campeonato
Hay rivales indigestos, rivales incómodos, rivales contra los que siempre se pierde y contra los que normalmente se gana; bestias negras, equipos a los que no querrías encontrarte nunca en un callejón oscuro(como el Chelsea) y caramelos para gozar cada temporada. El Sevilla se ha ganado la categoría de rival incómodo para un Madrid que anoche, después del empate del Barça en Almería, se jugaba el liderato de la Liga. El Sevilla ha construido un conjunto sólido y muy aseado en todas sus líneas, un equipo que en una noche buena es capaz de ganar a cualquiera. Sin embargo los andaluces no se caracterizan por desplegar un fútbol de alta costura. Es un equipo de currantes que basa su fortaleza en el colectivo, en el músculo y en la disciplina. El Sevilla es un equipo espartano, y con esa tarjeta de visita y un presupuesto relativamente bajo, ha ido recorriendo los campos españoles y europeos presentando sus credenciales, pero cuando los partidos exigen otro guión, los de Nervión no tienen recursos. Anoche ése fue su drama en Chamartín.
Durante esta temporada, ningún equipo estuvo tan cerca como el Sevilla de puntuar en el Bernabéu. Con 0-2 a favor a los diez minutos de la segunda parte nada hacía pensar que los sevillanos fueran a dilapidar semejante renta ante un Madrid que en la primera parte se colgó de Ronaldo y se sostuvo en Alonso. Nada más. Pellegrini, al que nadie le ha reconocido todavía su labor en el banquillo blanco, cambió de rumbo precisamente después de la derrota ante el Sevilla en la primera vuelta. A esas alturas, sus chicos sólo habían jugado dos partidos importantes, contra el Milán y contra el Sevilla, y los dos los habían perdido dando una imagen paupérrima. El chileno certificó que Marcelo es la vía de entrada más fácil hacia su porteria, por eso anoche lo colocó como interior y emparejó a Navas con Arbeloa, una delicia táctica, una calamidad técnica.Precisamente fue por su banda por la que llegó el primer gol sevillista, después de que el línea obviara un clarísimo fuera de juego de Navas. Entre el barullo, los rechaces y Capel fisgoneando por el área, Alonso marcó en propia puerta. De nuevo las dudas y los fantasmas.
Cada día es más evidente que Lass y Marcelo generan muy poco fútbol, y en el caso del francés sus movimientos suelen estorbar a Alonso, que está sobradamente capacitado para jugar como único mediocentro, y como el marcador era malo y el juego del Madrid insustancial, Ronaldo comenzó a tomarse la justicia por su mano, conduciendo desde la media hacia el área sin buscar socios ni intermediarios, una estrategia que se antoja escasa para un equipo con tanta púrpura. Pero la realidad era insultante y cruel: el Madrid no tenía en el terreno a nadie capacitado para distribuir la posesión con criterio, porque ni Alonso es ese tipo de jugador ni Kaká es un medio de creación. Kaká es un espectro de lo alguna vez fue en Milán y de blanco porfía por ganarse un espacio que ya le han comido otros con más empuje, con mucha más ambición. Es un jugador ansioso y desesperado que nunca sale airoso de un forcejeo, que busca el suelo como salvavidas y que cree que simplemente con su nombre puede justificar su juego mediocre. No está y su aportación es minúscula. Por eso, cuando el choque se puso realmente complicado, con el 0-2 en contra, Pellegrini ganó el partido con los cambios. Sacó del campo a Arbeloa y Lass y metió a van der Vaart y Gutiérrez, el único tipo con nociones claras de cómo es este asunto del fútbol.
Sorprendentemente, la parroquia, lejos de pitar y recriminar a los suyos como es habitual en semejante circunstancia, comenzó a animar y a transmitir al equipo una única idea: el Madrid no puede perder sin al menos presentar batalla. Y con Guti como timonel las cosas cambiaron diamentralmente. Repartiendo a diestra y siniestra, pausando y acelerando en el momento adecuado, colocando el balón en los huecos precisos, el Madrid despertó y el Sevilla, que hasta el momento había tenido un encuentro relativamente plácido, se achicó, se escondió entre sus centrales y rezó para que las cosas siguieran igual. Después de mandar un balón al larguero, Guti, con un único movimiento, dejó completamente solo a Higuaín, que también la mandó al travesaño; dos minutos después, otro disparo al palo, y más ocasiones marradas por querer meter el segundo antes que el primero, pero cuando Ronaldo hizo el 1-2 en el 59', todo el mundo sabía que la noche quedaría en el recuerdo. En el 63', llegó el empate tras un corner rematado por Ramos. Mal asunto para el Sevilla. El Madrid estaba lanzado, intratable en la defensa y con los violinistas afinando en la punta, cargado de fe y dispuesto a reivindicarse como el único equipo capaz de batir al mejor Barça de la historia. Las ocasiones se acumulaban y, entre las que el público cantaba dentro y no entraban y con Guti inflándose a mandar balones colosales a sus compañeros que acababan en la grada, a mí no me quedaba más remedio que pedir otra cervecita en el palco (de nuevo cortesía de Diego Ford Coppola) para paliar tanta ansiedad. Y con el tiempo prácticamente vencido, entendiendo el empate como mal menor, llegó el 3-2 en las botas de van der Vaart, desde el suelo, con la puntera, metiéndolo con la fe. Así consiguió el Madrid su primera victoria de la temporada contra un equipo serio, conjurados para el miércoles sacar al Lyon de Europa después de una victoria de las que hacen equipo, de las que nunca se olvidan.
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