A la fuente del Carrefour
Pues ni épica, ni remontada, ni «90 minuti en el Bernabéu son molto longos», ni miedo escénico ni nada de nada. Sólo casta, un poco de espíritu y nula efectividad de cara a la portería de Juanma. Del juego ni hablar porque con Diarra y Gago no se puede jugar ni a las cartas. Son tiempos extraños para el Madrid porque en la lógica del mundo actual tener a los jugadores más caros del planeta significa que se deben ganar todos los partidos por 10-0. El Madrid no puede perder ni en los entrenamientos. Y sí, claro, perder contra el Barça o contra el Chelsea entra dentro de lo razonable, pero que te eche de la Copa un Segunda B es escandaloso, o ridículo, o humillante, o las tres cosas a la vez, pero esto es fútbol y cuando se baja al campo los millones no valen lo que dicen sus nombres. El Madrid perdió la eliminatoria en Alcorcón y en realidad muy pocos apostaban por la machada en casa. Fíjense si la cosa es extraña que la machada es contra el Alcorcón.
Que el Alcorcón no es el Bayern de Munich ni el Inter de Milán no se le escapa a nadie, pero incluso contra esos ogros el Madrid habría hecho algo más que contra los sureños que veían como iban pasando los minutos y la temida oleada se quedaba en una marejadilla animada muy de vez en cuando por alguna diagonal de Kaká o alguna incursión de van Nistelrooy que moría en los pies de algún rival perfectamente colocado. Pellegrini apostó por un once casi titular excepto en la media y con un depauperado van Nistelrooy en punta junto a Raúl que parecía ser el único que entendía de qué iba el asunto. El Alcorcón apretó los dientes en los primeros diez minutos en los que van Nistelrooy falló un mano a mano y le burlaron un penalti. Después de aquello, una vez y otra contra el cabrestante. El Madrid gobernaba el partido sin concesiones. De eso se encargó Pepe que ya va camino de convertirse en un verdadero kaiser. El Alcorcón no traspasaba el medio campo; los robos eran constantes y el asedio aún más, pero si el Madrid demuestra problemas para administrar ochenta metros de campo, mostró peores dotes para gestionar cuarenta, los mismos que separaban su zaga de la portería rival. El Alcorcón sabía de sobra lo que debía hacer: juntar las líneas, borrar los espacios, ahogar los pases, ayudas en los laterales y contundencia en el despeje.
Ante semejante cerrojazo, el Madrid se dedicó a jugar al ritmo del Milán, cambiar el sentido del juego de un lado a otro e intentar llegar con el balón jugado hasta la cocina. El resultado fue siempre desolador, a pesar de un par de disparos al poste y otros dos desviados. Llegar al descanso con empate a cero era la peor noticia para el Madrid. Y así fue. En la reanudación Pellegrini comprendió que tener alineados dos medios de contención era del todo absurdo ante un equipo que jugaba con un palomero, de modo que sentó a Diarra (no el bueno, el otro) y metió a van der Vaart, el único jugador que el Madrid no quería ver ni en pintura. Con él en el campo las sensaciones fueron diferentes. El problema es que las sensaciones se apagaron al cuarto de hora; hizo aparición la ansiedad, los nervios y el bloqueo mientras un Alcorcón forrado de publicidad en la camiseta ya se relamía ante la pieza que se estaba postrando a sus pies.
El ansiado gol de van der Vaart llegó en el 80' cuando los parroquianos desfilaban por las gradas camino de sus casas; los que quedaron desatendieron el partido para girar la cabeza hacia el banquillo y asaetear al entrenador que ya se había ganado del odio del respetable cuando retiró a Lass por Marcelo. Allí ya nadie creía en nada más que en la ducha y en la realidad de que, un año más, el Madrid es apeado de la Copa por el David de turno, esta vez el Alcorcón, el vecino del sur que ya ha hecho la temporada de su vida. Es probable que en la siguiente ronda caigan contra el Conquense (en caso de que aún ande por ahí) o contra el Barça, o contra el Valencia, los típicos equipos a los que no se les suelen escapar este tipo de eliminatorias, pero ellos siempre podrán decir que una fría noche de noviembre eliminaron al Madrid neogaláctico de Florentino, un brasileño evangelista y un portugués hechizado por un oligofrénico. Ver para creer.
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