Mejor con diez
Después de la debacle de Alcorcón la prensa deportiva volvió a demostrar en qué se basa este negocio del fútbol. Es razonable: todos los días hay que vender escobas y claro, si se es realista, el fútbol de por sí no genera tantas noticias al cabo de una semana. Entrenamientos, declaraciones muy tibias por lo general y poco más. Por eso hay que inventar, inflar y especular. Lo de vender caerá por su propio peso. Muchas veces las portadas no soportan el paso de los días, pero si el equipo fastuoso pierde 4-0 contra un equipo de fontaneros y electricistas todo es más sencillo. El Alcorcón demostró cómo son las cosas. Ganar seis millones de euros al año no asegura gran cosa, al menos en el terreno de juego, y al final todo se basa en el orden, la concentración y en la fe en uno mismo, y los sureños lo tuvieron, y los sureños ganaron y los sureños dieron una gran lección, necesaria de vez en cuando. A saber: que los poderosos pueden ser volteados por los humildes, aunque tampoco hay que engañarse porque lo normal es que los pobres lo sigan siendo y los ricos también. La Copa tiene ese componente del campesino que asalta el castillo del señor feudal y por unas horas vive la ficción de la inversión de las jerarquías, la misma que el Madrid se olvidó el martes y que ha costado la primera crisis de la era Florentiniana. «¿Cómo es posible que el Madrid no juegue bien?», fue la pregunta más recurrente en todos los medios. Es evidente. El Madrid aún no puede jugar bien, lo que no justifica el ridículo de Alcorcón.
Regresó la épica. Safety car, pasadas a cuchillo, paralelos de infarto, incluso lanzallamas en el pit-lane. Como si los pilotos hubieran leído mi último comentario en la anterior entrada, en el que les tildaba poco menos que de pilotos fashion de las «Barbie's series», hoy han querido demostrar que la mayoría de ellos (a Fernando Alonso lo echaron de la fiesta a las primeras de cambio) sí están por la labor de ganarse el sueldo.
Massa: «
Impedimentos de carácter onírico-transitorio (me he quedado dormido durante la tempranera carrera), me impiden el poder evacuar la acostumbrada crónica con la que de forma habitual y sistemática, después de cada Gran Premio, intento sembrar la confusión (a tenor de vuestros comentarios, de forma infructuosa) con la intención de socavar vuestras clarividentes apreciaciones.