España muere de éxito
Cuando todo parecía predestinado para el gran duelo en la final de ese invento de los jeques árabes llamado Copa Confederaciones, la gran batalla entre el eterno mejor equipo del globo, Brasil, y el actual mejor equipo del mundo, España, apareció en escena Estados Unidos, un país en el que las licencias profesionales de fútbol son la mitad de las que hay en patinaje, un país en el que el fútbol no es más que un pasatiempos minoritario para freaks. El soccer, que no puede competir contra el rugby o el béisbol (me temo que ni contra el curling), no se parece demasiado a aquel juego que inventaron los ingleses, los mismos de los que se independizaron a finales del siglo XVIII. Ver para creer. El prestigio de EE.UU en el mundo futbolístico es más que dudoso. Suele llegar a los mundiales, pero claro, la confederación en la que compite sólo cuenta con México como rival más digno. Sin embargo, los americanos ya no son esos chicos aguerridos, semiprofesionales y desordenados a los que España venció en un amistoso hace un par de años. Ya pusieron en serios aprietos a Italia y se clasificaron por sorpresa con sólo tres puntos en su casillero, a la italiana, el unico modelo que por ahora pueden imitar.
A pesar de la admiración deportiva que siento por Fernando Alonso, reconozco que nos separan distancias insalvables en cuanto a la percepción de fenómenos paranormales y «para los otros» se refiere. Fernando tiene su propia filosofía de la vida formada a partir de elementos que selecciona de su realidad circundante, lo que da lugar a una única, personal e intransferible forma de pensar. Un autismo cabalgante que solo puede ser entendido bajo la perspectiva del psicoanálisis. Soy un perfecto desconocedor de esa técnica, por lo que no voy a entrar a valorar ninguna de sus frases al término de
Al término del