Soporífera partida de Risk
Y llegó la realidad. Después de la media docena al Betis, el Liverpool aterrizaba en el Bernabéu para jugar los octavos de final de la competición que da sentido a la existencia blanca. Era el partido más esperado de la temporada, no tanto por el juego que presumiblemente se iba a ver en el césped sino por la necesidad que tiene el Madrid por volver a sentirse grande en Europa, por recuperar la posición que perdió hace ya unos años en Mónaco. El Liverpool es otro clásico europeo con sus vitrinas bien cargadas de títulos que venía a Chamartín para dar la medida justa de hasta dónde puede llegar este supuesto Madrid renacido. Sin embargo, y a pesar de la derrota, el Madrid de esta noche no es exactamente lo que ha parecido, el eterno problema del significado y el significante.
Además de hacerme eco de la sutil llamada de atención de nuestro amigo y contertulio «el profesor» ProstVuelve (que no está dispuesto a dejarme pasar ni una), sugiriendo la pertinente reseña informativa sobre los actos de presentación de otro de los equipos importantes de la parrilla, el Red Bull Racing, quiero aprovechar también esta entrada para someter a discusión y debate las, a mi juicio, «extrañas» prestaciones con las que Renault ha vuelto a sorprender a propios y extraños en estos inicios de pretemporada.