Por Ignacio Ampudia, hace 2 meses y 2 días

Y se quejan los del Madrid...

Heitinga Y KeaneEl Atlético de Madrid siempre se ha caracterizado por sus miles de facetas, por su proyección poliédrica en los campos de juego, por su inusitada capacidad para ofrecer a sus aficionados penas y glorias, aunque en los últimos tiempos haya habido en el Manzanares más de las primeras. Este Atlético bipolar muestra su cara más reluciente en Europa. Este año ha salido cruz, seguramente porque el club lleva más de diez años fuera del escaparate europeo y necesita reivindicarse en el mayor circo deportivo, en el de las grandes gestas y nombres. Tanto ha sido así que antes de ingresar de nuevo en la competición continental, el club soportó una intervención judicial, una gestora que bloqueó cualquier gasto, dos años en Segunda y la venta del icono, Fernando Torres, a otro mítico equipo del continente, el Liverpool, el rival contra el que los del sancionado Aguirre se jugaban esta noche los puntos y una buena dosis de orgullo. Ganar en el ancestral Anfield Road es uno de esos sueños con los que todos los futbolistas fantasean a lo largo de su carrera.

Aguirre estaba en la grada porque una espontánea e inexplicable campaña orquestada por Platini ha puesto al club en el punto de mira de todos los comisarios de seguridad y comités sancionadores. Parece que la hinchada del Marsella puede campar a sus anchas por los campos de Europa, enarbolando bengalas y montando memorables trifulcas mientras los rojiblancos son acusados de respirar. El problema es que en Europa la dureza de las instituciones que dirigen el fútbol no es ni mucho menos comparable con la verbena española. Por eso, aunque la sanción al entrenador fuese completamente estúpida, retractarse lo hubiese sido aún más. Fue Ignacio Ambriz el que se sentó en el banquillo y, si podemos considerar suya la apuesta táctica, sólo cabe decir que Aguirre debería hacer algo más de caso a su segundo.

De sobra es sabido que el potencial de los de Benitez, el punto neurálgico que permite a los reds ganar los partidos con mano pesada, es su medio centro de contención: Xabi Alonso y Mascherano barren la media para dejar libertad de movimientos a Gerard, letal desde la segunda línea. Para combatir semejante planteamiento, el Atlético prescindió de un punta para introducir un mediocampista más que entorpeciera el control inglés. Cierto es que el Liverpool no es el Barça. Aunque no tengan el balón, no sufren, no buscan el robo, pero si lo consiguen, sus contras son letales. El Atlético, sin el Kun en el césped, dominó el encuentro con la posesión, pero tenerla no implica más que eso: tenerla. Y ahí es donde el Atlético demuestra una de sus grandes carencias. Para tratar de hacer daño, balón largo a Simao y suerte. Tanto fue así que en un pase largo llegó el gol de los madrileños tras un colosal movimiento de Maxi que ponía el 0-1 en el 36' para mayor enfado de Benítez que sólo veía alguna opción por las bandas ante el laberinto que había en la media.

En la reanudación, el Atlético se lo jugó todo a una carta, y viendo al rival, a priori, resulta demasiado arriesgada. Tratar de contener al Liverpool durante tres cuartos de hora es un suicidio futbolístico. Mientras Forlán trataba de buscarse la vida entre los centrales ingleses, la defensa atlética achicaba litros de agua y podía respirar cuando el despeje llegaba a Reina para disfrutar unos segundos de alivio. Entró el Kun cuando quedaban veinte minutos a ver si una de sus genialidades finiquitaba definitivamente el partido. Pero ni el Kun, con semejante apuesta, pudo fabricar nada. Todo lo contrario de lo que hizo el árbitro sueco Martin Hansson que, después de obviar dos manos en el área inglesa a favor de los rojiblancos, pitó un penalti inexistente a favor del Liverpool cuando quedaban segundos para el final. Sencillamente brutal. Sencillamente Atlético. Los del Manzanares ya se veían en octavos y con los tres puntos de Anfield pero un nuevo capítulo de despropósito arbitral proporcionó al Atlético otro de esos finales a los que sólo ellos están acostumbrados. Seguro que, después de robarles el partido, Platini pinchó las ruedas del autobús.       

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