La Champions se tiñe de rojo
El punto final a la temporada se puso esta noche en el Olímpico de Moscú con la esperada final de la Copa de Europa, el partido que sintetizaba a la perfección lo que ha sido este año futbolístico. Como no podía ser de otra manera, dos equipos ingleses se disputaban la corona continental, quizá los dos mejores equipos que hoy día campan por los campos europeos. Ni siquiera las casas de apuestas se decantaban por un favorito para la gran final. La igualdad era la nota dominante en todos los pronósticos, en todas las predicciones que alimentan el mundillo horas antes de los grandes encuentros. Es curioso cómo la Champions es de las pocas competiciones que consiguen enganchar al televisor espectadores de todo el mundo sin importar demasiado su nacionalidad. La final de Champions es la fiesta del fútbol, el resumen de un año en noventa minutos, la gloria o la desgracia en el filo. Y si los contendientes son el campeón y el subcampeón de la Premier, todavía más.
Los duelos que habían enfrentado a Manchester y Chelsea durante esta temporada arrojaban resultados cercanos a las tablas, si acaso un leve ventaja para los chicos del inmortal Ferguson (ya son veintidós los años que lleva ocupando el banquillo de Old Trafford) por aquello de haber ganado la liga y tener en sus filas al que ya se denomina mejor jugador del mundo. Cuestiones publicitarias aparte, es evidente que el United ofrece un juego mucho más vistoso y entretenido que un rocoso Chelsea dependiente hasta la naúsea de Drogba. Con Makelele y Ballack en la media no se puede esperar mucho fútbol.
El partido comenzó con el tanteo, con los púgiles cubriéndose el rostro y tomándose la medida. Sin embargo a los veinte minutos el United se adueñó del balón y abrió una profunda vía en la banda de Cristiano al que Essien no pudo retener en ninguna de sus embestidas. Los reds rondaban el gol sin acumular demasiadas ocasiones, al fin y al cabo era una gran final, un partido que se decide en pocos detalles. En uno de ellos llegó el tanto del Manchester tras un saque de banda aparentemente inofensivo. Scholes combinaba de primeras con Brown que ponía un centro al segundo palo para un testarazo implacable de Ronaldo en el 25'. Essien se comió la marca y Cech sólo pudo ver cómo entraba. Ferdinand pedía cabeza a los suyos para afrontar los minutos restantes hasta el descanso. Los de Ferguson perdieron el balón justo cuando el Chelsea se sacudía la candidez propia de la primera cita de enjundia y a base de fe, que no de fútbol, llegaba el empate en una estúpida pérdida de Tévez que remachaba Lampard a la red poniendo el empate en a diez segundos del 45'.
La segunda parte presentó un guión completamente diferente. El Manchester trataba de achicar espacios en un vano intento de frenar el impetuoso ataque de los de Terry. Las ocasiones se acumulaban, en especial en las botas de Drogba, pero el tanto no acababa de llegar. Por parte del Manchester la prórroga era la mejor noticia. Y se llegó esperando un duelo sin ataduras tácticas, un enfrentamiento a golpes hasta que alguno cayese exhausto a la lona. El tiempo extra no aportó gran cosa a una final que perdía calidad pero ganaba en intensidad. Se olían los nervios y tanto fue así que a cuatro minutos del final el gris colegiado eslovaco expulsaba a Drogba tras una bonita tangana. El campeón se decidiría desde los once metros.
Hay diversas opiniones sobre los penaltis. Que si no son justos, que si alteran la competición, que si habría que jugar un partido de vuelta... Los penaltis son la esencia del juego, el rastro primitivo, a lo que juegan dos colegas cuando tienen un balón. Marcar, sencillamente. Sintetizan lo azaroso de este deporte en el que ser el mejor no significa siempre y necesariamente ganar. Comenzaron los reds con Tévez que tuvo respuesta en el siguiente lanzamiento del Chelsea. Nadie fallaba y era el turno de Ronaldo que sí lo hizo. Este chico parece dominar casi todas las facetas del juego (¡hasta sabe centrar!) pero los once metros se le atragantan. Ya le pasó en Barcelona. Su fallo significó su depresión y el Chelsea no aflojaba. El lanzamiento que daría la primera Champions a los de Abramovich estaba en las botas de Terry... lo falló. Vuelta a empezar, pero con el ánimo cambiado. Ahora el United no fallaba. En las botas del inefable Anelka el empate o la ruina. Y cayó ruina. Así de simple, así de sencillo el United levantaba su tercera Copa de Europa mientras un ruso que un día soñó ganar la Champions en casa veía los millones caer por el sumidero. Mucho dinero y poco resultado. Cuestión de suerte. ¡Qué grande es el fútbol!.
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