Domingo de Resurrección
Venía el Valencia embalado al Bernabéu tras una semana de festejos y jolgorio. Haber eliminado al Barça en semifinales de la Copa del Rey un día después del día grande de Fallas parecía dar a los chés un plus de peligrosidad. Los de Koeman han remontado el vuelo a duras penas, con un fútbol dudoso pero con un colectivo que se ha entregado a las circunstancias. Con Soler desahuciado y calmadas las aguas con los desterrados (Cañizares, Albelda y Angulo), la plantilla valencianista parece que ha encontrado la tranquilidad en medio de tantas urgencias. La victoria ante el Barça en Mestalla fue épica y descubrió que este equipo se ha encomendado a las empresas heroicas ante la evidente falta de juego. Tampoco cabía esperar mucho más de Koeman.
Por el otro lado, en el Madrid se imponía ofrecer una cara diferente a la exhibida en Riazor el fin de semana pasado. Muy poco juego para el líder. Schuster apostó por lo poco que le queda hábil en el banquillo. Guti, Gago y Sneijder en la media, el infame Baptista como supuesto enganche y Raúl en punta. Un equipo para jugar el balón ante la previsible estrategia de los del Turia, es decir, líneas juntas, presión asfixiante y contras letales. Comenzó el encuentro con un Madrid deshilachado y desconectado que no lograba llegar hasta las inmediaciones del área del Valencia. Tanto fue así que, en un fuera de juego mal tirado, Villa fusilaba a Casillas para adelantar a los suyos. Poco duró la alegría para los de Koeman que veían cómo un minuto después Raúl ganaba la posición a Helguera y marcaba de cabeza.
El Madrid se sentía más cómodo a medida que avanzaba el encuentro. Todos daban un nivel razonablemente aceptable excepto Baptista que hoy certificó que este equipo le viene grande, muy grande. La segunda parte se inciaba con tablas en el marcador y con un guión calcado al de la primera parte hasta que los madridistas se hicieron defitinivamente con el control del balón. En el 56' Raúl volvía a marcar tras un excelente pase de Guti. A partir de ese momento, el Madrid hilvanó muy buenos minutos de fútbol, con sucesivas ocasiones que Hildebrand desbarató sucesivamente. Sacó las de Guti, las de Raúl, las de Sneijder y, cuando ya se había tragado la de Higuaín (que salió por un Robinho muy gris) contó con la ayuda de Albiol bajo palos.
En uno de los pocos balones que el Valencia logró meter en el área del Madrid, Cannavaro cometió un absurdo penalti sobre Silva que materializó Villa con maestría. 2-2 y la sensación de que cualquier cosa era posible en un encuentro que se jugó sin control ni orden, sin medio campo, sin tregua entre los dos rivales, una pesadilla para Koeman, una bendición para los aficionados que han disfrutado durante un buen rato de algo parecido al fútbol, desterrado de la Liga desde hace ya algunas jornadas. La actuación de Hildebrand iba camino de inscribirse en la historia cuando, en un balón en profundidad por la derecha, Cannavaro se pasaba de frenada y dejaba a Arizmendi el camino libre hacia la meta del Madrid. Casillas, más preocupado por el pase atrás, descubrió su palo y allí la colocó el valencianista en el 88' para poner el 2-3 en el luminoso, momento en que el Bernabéu empezó a desfilar.
Cayó de nuevo el Madrid, que ya ha perdido nueve de los diecisiete últimos encuentros, y que parece no tener ninguna tabla de salvación. El Barça ganó al Valladolid y volvió a recortar la distancia hasta los cuatro puntos en esta Liga que parece convulsionada. Sin embargo, y sin que sirva de precedente, esta noche se ha visto un partido de emoción en Chamartín, un partido que, cuando se ha roto, ha demostrado lo grande que es este deporte cuando sus protagonistas se olvidan de las restricciones tácticas que imponen los entrenadores. En el intercambio de golpes, el Valencia ha salido victorioso aunque es de justicia admitir que los tres puntos los ha ganado un soberbio Hildebrand. En Madrid, otros siete días de depresión, más dudas y caras de circunstancias, vaya, lo típico en este 2008.
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