Mientras dormías
Hay que reconocerlo: dejando a un lado fobias y filias, aficiones y colores, por regla general el fútbol es un deporte aburrido. A pesar de lo que se diga, existen diferencias abismales entre los equipos grandes y todos los demás. En España el caso es similar al italiano: dos grandes, dos o tres con ínfulas de grandeza y una clase media, media-baja que normalmente no pone demasiadas pegas a los argumentos de los grandes. La Liga ha pasado a ser cosa de dos, y además de forma definitva. El Barça no afloja ni jugando con uno menos de la misma manera que el Madrid no ha cedido ni un solo punto en su campo. Observando el panorama, el partido entre Madrid y Barça a principios de primavera será determinante teniendo en cuenta que el calendario de visitante de los blancos es bastante más asequible que el de los culés.
Y precisamente fue contra el otro equipo de la capital catalana contra el que el Madrid sesteó la noche del sábado. El Espanyol, que aún padece las traumáticas consecuencias de la muerte de su capitán Jarque durante la pretemporada, huele a Segunda División. Con un once plagado de suplentes, sigue penando por los campos de primera. Cinco meses sin marcar a domicilio da una idea exacta de la situación de un equipo privado de sus principales figuras y que hace sólo dos o tres años alcanzó la final de la UEFA. El Madrid, ajeno a los rivales, sigue inmerso en su proceso de identificación. Recuerda a un niño de seis o siete años en busca de su lugar en el mundo. Después de la victoria en Coruña se abrió un nuevo debate sobre el centro del campo: ¿doble pivote o Alonso sin guardaespaldas?. Desde luego que el Madrid juega mejor con Alonso en solitario en la media vigilando los huecos que dejan Guti, Granero y Kaká. Esta semana algún directivo de esos que siempre hablan para El País dijo que el Madrid destruye más juego en Chamartín que fuera de casa. No creo que sea una cuestión de casa o no casa. Es una cuestión de Lass.
Por primera vez en lo que llevamos de temporada, Pellegrini repitió once inicial, con un medio de campo de creación y toque y Benzema y Raúl en punta. En la retaguardia, Ramos demuestra que es mejor central que lateral y Arbeloa comienza a descolgarse en ataque con inteligencia. Marcelo se ha asentado en un equipo en el que a priori no tendría sitio. Ahora hace las veces de lateral y por el momento no lo ha resuelto mal aunque habrá que ver qué ocurre cuando se vea exigido por extremos de calidad. Con esos hombres, el Madrid dio un auténtico repaso al Espanyol en la primera mitad. Ramos abrió el marcador en el 6' con un remate de cabeza desde el punto de penalti mientras Raúl disfrutaba de cuatro ocasiones claras, una de ellas apovechada en el 30' por un Kaká que, sin ser el de Milán, empieza a funcionar.
Presionando la salida del balón en la primera línea españolista y contundente en el corte, el Madrid gobernó el encuentro a placer y de no ser por la ansiedad de Raúl, el resultado en el descanso podría haber sido de escándalo. Raúl quería demostrar algo. Es increíble que siga creyendo que tiene que hacerlo cuando en realidad ya lo ha hecho durante muchos años. Sabe que su tiempo se termina. La vuelta de la enfermería de Higuaín y van der Vaart y la sanción cumplida por Ronaldo significan que sus opciones se reducen cada vez más. Sin embargo, y para suerte de todos, ese debate no ha sido agitado por misma prensa que crucificó a Aragonés cuando dejó de convocarlo para la selección. Ésa es la objetividad tan pregonada por los medios de este país. Todas estas cosas (y otras que no pueden publicarse) pensaba mientras asistía al bodrio de la segunda parte en la que el Madrid echó el cierre y el Espanyol pedía cita para un buen psicoanalista. Nada ocurrió a excepción de la vuelta de Higuaín que marcó el 3-0 defintivo después de un soberbio control y una perfecta definición que cerró uno de los partidos más aburridos del año.