La vida sigue igual
Sería ventajista e incluso injusto decir que el Madrid juega mal. Después de unas cuantas pruebas sin pólvora en pretemporada y el debut ante el Mallorca, las conclusiones que se pueden sacar sobre el nuevo Real Madrid son escasas. Sólo se puede afirmar lo evidente: que el equipo está en construcción. Decía Valdano que el Barça se caracteriza por la idea y el Madrid por los jugadores. Son estilos diferentes se puede pensar, pero el problema es que una de las variables no tiene rumbo alguno desde que levantó la Copa de Europa en 2002. De hecho, no sería descabellado afirmar que la filosofía del Madrid es la mudanza permanente. Renovarse para no ser viejo y entre experimento y experimento, la indefinición que empieza a ser bandera. Con cinco caras nuevas y el entrenador llamado a ser el pope del nuevo fútbol, el rey Midas del balón, el mago que todo lo convierte en quilates, el Madrid se propone destronar a un Barça que juega en otra liga. Hay un dato preocupante, sencillo y demoledor. El Madrid persigue ser el mejor y para eso el mejor debe dejar de serlo, y en esa carrera descontrolada se han probado todas las fórmuas posibles... en realidad queda una: que Pérez compre el Barça y le ponga a Messi la camiseta blanca. Y como eso no va a pasar, los blancos hacen una nueva mudanza y se enrocan en el argumento de la paciencia.
Se esperaba al anunciado Madrid más competitivo de los últimos años. Para empezar algo de cierto nivel, el Mallorca del genial Laudrup, que se quedó fuera de Europa por directivos incompetentes y que promete jugar tal y como lo hizo su entrenador. Era una buena piedra de toque para Mourinho, que ha desbancado a Cristiano como el portugués más relevantede la galaxia. Mou dio la manija a Canales y no es que el chaval sea un fardo sospechoso. Simplemente tiene diecinueve años y tan solo ha completado nueve partidos en Primera División. El chico ha trabajado bien en la preparación y el entrenador lo utiliza para mandar un mensaje positivo a la plantilla. Todos cuentan (incluido Benzema) pero juega el que se lo gane. Canales no es Guti, ni falta que hace, porque Gutiérrez solo hay y habrá uno, pero la misión parece venirle un poco grande, máxime cuando Higuaín sigue siendo ese 9 que necesita 9 para meter una. Por las alas debían volar Cristiano y Di Maria mientras Lass y Alonso abrochaban a los centrales.
La primera evidencia es que la forma física ideal está muy lejos. Las piernas pesan y las ideas apenas fluyen cuando en agosto hay que desmontar un entramado defensivo basado en la acumulación más que en la colocación de efectivos. Laudrup decidió amontonar a todos los suyos por detrás del balón para jugar abiertamente y sin vergüenza a la contra. No es mala señal según se mire. El fútbol se resiente pero el guión se repetirá allá donde vayan Madrid y Barça. Cuarto de hora antes de que Mou sacase la libreta en Mallorca, los de Guardiola demostraban que su reino no es de este mundo. No es que ellos sean más guapos ni más atléticos. Simplemente son el Barça, un producto acabado, perfectamente acabado. Lo adecuado sería que jugasen con los ojos vendados aunque probablemente también ganarían.
Los automatismos fallan en un Madrid tan serio en la parcela defensiva como estéril en la ofensiva. Las paredes no salen, los desmarques no se interpretan y las individualidades han pasado de bendición a condena. Y las ocasiones marradas en la generalidad. Si Higuaín marcase la mitad de las que tiene, sería el máximo goleador del planeta. La cosa discurría entre lamentos por las ocasiones perdidas y las malinterpretaciones cuando Mou dio salida a Benzema y Özil por Canales y un Di Maria irrelevante. Con el alemán el juego se desbloqueó y dio más opciones a Cristiano con el que formó una buena sociedad. Las formas del mediapunta revelación del Mundial son óptimas, pero los rematadores siguieron comprometidos con el fracaso, de modo que lo más justo fue el empate sin goles para un Madrid que aún es un embrión y un Mallorca que lo sintió como una victoria. Mou se concibe a sí mismo como un sacerdote infalible pero parece que no ha entendido que únicamente el Madrid es capaz de hacer fracasar a los mejores, un Madrid que flota en la indefinición, un Madrid de jugadores orgulloso de haber matado a las ideas.
Nunca pensé que el tener que rectificar una opinión tragándome mis propias palabras, pudiera producirme tanta satisfacción. Reconozco que la fresca irrupción de Sebastian Vettel entre la exclusiva élite de pilotos de F1 me produjo una tremenda alegría. Parecía un chico simpático y humilde, talentoso, sin ningún tipo de complejos y con una rapidez y entusiasmo que hacían presagiar épicas batallas y gloriosas tardes de verdadero automovilismo.