Por Ignacio Ampudia, hace 3 días

Orgullo Vikingo

Casillas Grita A Sus CompanerosDentro del posmadridismo hay diferentes sectas. Tenemos mourinhistas, los más numerosos y los más ruidosos. También los más obtusos; los pepístas, alumbrados la temporada pasada durante la ida de Champions, una rama de los primeros, marrulleros en la cancha y frailes en la zona mixta, de esos que reparten sin miramientos, descontrolados, y luego ponen cara de no saber de qué va el asunto cuando se les piden explicaciones. Violentos y tontorrones. Aléjenlos de su vida; los arbitristas, aquellos que miccionan (metafóricamente, claro) sobre todos los familiares de esos tipos que visten de amarillo fosforito sin atender a las otras diecisiete mil variables que influyen en un partido de fútbol. Presentan tendencias conspiranoides. Por favor, no confundir con Moncada ni con Fernández de Navarrete; florentinos o perecistas, adoradores incondicionales de la púrpura del dinero, la mística del que palma 75 millones de euros fichando a Kaká y dice que la final de Copa contra el Barça fue la mejor final de la historia. Aléjenlos aún más. Dios nos libre de un tonto con dinero. Todas estas sectas han vendido hornos en el desierto invirtiendo los términos de la más elemental dialéctica: nunca se reconoce que, en fútbol, lo que se ve es lo que es. La navaja de Ockham palidece ante estos alquimistas de las palabras. «¿Dónde juega Ockham?», preguntó Pepe. «En los Lakers», dijo Ramos. Y cuando los posmadridistas y sus diferentes adoradores ya no pudieron sostener más su mentira, las cosas se hicieron como se han hecho toda la santa vida en este club. El Real Madrid abrió el arcón, rebuscó y sacó el escudo. Alguien preguntó a Di Stéfano que si hacía falta quitarle el polvo. El argentino dijo que mejor le quitasen la pátina de miseria que ha traído Mou y que saliesen al Camp Nou ha recuperar aquello que estos técnicos han querido enterrar. Es probable que el plan de Mou fuese sacar a los buenos, a los artistas, para llevarse un buen carro de goles y así tener un nuevo argumento para seguir estafando al personal. Pero miren por donde el madridismo le selló los labios y el Madrid jugó como lo que es, un equipo que no negocia, un equipo demoledor.

La historia no se construye sobre el aire. Hay que ganar algunas guerras, conquistar algunos países y esclavizar a algunas gentes para que los libros hablen. En el fútbol pasa exactamente lo mismo. El Chelsea no está en la historia del fútbol porque no es más que un club advenedizo. El Milán, el Ajax, el Barça, el Manchester, todos son grandes porque sus palmareses lo son y en ese terreno nadie lo tiene más grande y florido que el Madrid. Ese prestigio, ganado a golpe de Intercontinentales, Copas de Europa, Ligas, UEFAS, Copas del Rey, ganado a base de tener que remontar, a base de lucha y de coraje, de asfixiar a los rivales, a base de goles, de cuartos de hora memorables, es el mismo que el Madrid desplegó en el Camp Nou jugando el mejor partido que se le recuerda en años, el mejor contra el Barça claro. ¿A quién le importan los demás?. Como Mou ya no tenía nada que perder y mucho que ganar, formó con los que siempre deberían salir a discutirle la hegemonía mundial a los de Guardiola. Faltó Marcelo para que la cosa estuviera completa pero en fin, Special One siempre tiene que dejar su huella. En el lateral colocó a Coentrão, un guiño a los florentinos. Treinta millones costó el chaval. Silva fue al City por 32. Qué se le va a hacer, cosas de posmadridistas. Pepe volvió al eje de la zaga junto a Ramos y Lass acompañó a Alonso en la media. Por delante Kaká, CR7, Higuaín y un maravilloso y delicioso alemán que es igual de feo que buen jugador. Con los buenos siempre hay más posibilidades.

Y las hubo porque el Madrid salió a por el Barça, así, en crudo, sin contemplaciones, sin especular ni amarrar ni contemporizar. Así fue desde el principio, tocando y creando. El fútbol no es un deporte demasiado complejo. Si hablásemos de curling la cosa sería diferente pero fútbol... contra el Barça se han probado un millón de estrategias y ninguna ha resultado porque sólo hay una que nadie se ha atrevido a hacer: quitarle el balón. El Barça sin el balón es un equipo mediocre, ramplón, un equipo desnortado. Es lógico cuando tu identidad es la posesión. «Papá, ¿cómo se llama cuando el balón es secundario?. Hijo, se llama Inter de Milán.» Si te juntas y si muerdes arriba, el Barça tiene problemas. Y contra el Madrid los ha tenido. Mientras el Madrid llegaba con peligro a las inmediaciones de Pinto, los blaugranas trataban de sacudirse el fango sin éxito. El Madrid los había conducido a una situación que ya tenían olvidada. Hasta cinco ocasiones contaron los blancos, con disparo de Özil al travesaño incluido. El Madrid aprobaba con nota en todas las facetas del juego excepto en la que siempre saca la mejor puntuación. Estaba sin pólvora, circunstancia que el Barça aprovechó en una contra en el 43'. Gol de Pedro en el primer tiro a puerta de los culés. Demasiado castigo para los blancos. Y por si fuera poco, en el 48' de la primera parte (el tipo de fosforito sólo había señalado un minuto de prolongación) llegaba el 2-0 en las botas de Alvés con un disparo irrefutable a la escuadra derecha de Casillas. Uno de cien sale bien y salió contra el Madrid.

En circunstancias normales, es decir, con Mou ejerciendo de capitán general, lo más inteligente habría sido largarse a casa, que ya no eran horas de andar con los parroquianos en los bares, pero el Madrid desprendía un aroma especial, el aroma de las grandes noches. Aguantar fue todo un acierto porque el Madrid de la segunda mitad fue todo deleite. Encerrando al Barça en su campo, en su casa, con su balón, los blancos escalaron el ocho mil con pundonor. El final se acercaba y necesitaban tres goles para eliminar al Barça. El intercambio de golpes no se hizo esperar, pero no golpes de esos que predican los mourinhistas sino golpes con el balón, duelo de pesos pesados, el terreno en el que el Madrid se desenvuelve con maestría. En el 68' Özil servía en profundidad a CR7 para poner el 2-1. Minutos antes el de fosforito había anulado un gol legal a Ramos y Mou sacado a Granero y Callejón y Benzema y el partido era un primor. Y cinco minutos después Benzema cazaba un rechace, se deshacía de Puyol y ponía el empate a dos. Qué hermoso fue el silencio del Camp Nou. Y qué miedo se respiraba. Por primera vez desde hacía mucho tiempo los culés tuvieron que apretarse las tuercas para no desfallecer. Quedaban veinte minutos y el Madrid iba a por todas sabedores de que la manta se quedaba corta por detrás, justo por donde le gusta entrar a Messi. Pero no entró y el Madrid se quedó a pocos centímetros de su objetivo en un partido que se echaba de menos, un partido de igual a igual contra el mejor equipo del mundo. Nunca una eliminación fue tan bella por mucho que a un posmadridista, milite en la secta que milite, no le alcance para entenderlo y prefiera enredarse en pisotones, disculpas ridículas, alineaciones kafkianas y declaraciones crípticas El día que los secuestradores liberen al club, nadie volverá a sentir vergüenza porque cuando el Madrid se siente orgulloso de ser lo que es, es simplemente eso, el Real Madrid. 

Por Ignacio Ampudia, hace 1 mes y 10 días

«Hoje, aqui, aprendemos a jogar fotebol»

BarcaNeymar, al término de la final de la Copa Intercontinental, pronunció esta frase que más que una frase es una máxima, una sentencia, un lema que se ha clavado en el corazón de Pérez que lo tenía fichado porque alguien debió decirle que el que contase con los servicios el brasileño sería el mejor equipo de la segunda década del tercer milenio. Pero lo más probable es que el 11 del Santos haya comprendido esta noche que si no se va a jugar con Guardiola, lo mejor que podría hacer es quedarse en Brasil ganando sus siete millones de dólares anuales. En la costa paulista no tendrá que soportar la humillación de ser bailado por el oficialmente mejor equipo del mundo. Pero antes de aterrizar en Yokohama, haremos una pequeña escala en Sevilla donde se confirmó que la mejor noticia para el Real Madrid es que podría levantar el título de Liga en mayo sin ser el mejor equipo de España. Después de treinta y ocho partidos, descontando los dos contra el Barça, uno ya perdido y otro que probablemente tendrá el mismo desenlace, lo más normal es que los blancos ganen a todos los demás equipos de la Liga, a los de Champions y a los de la UEFA, porque el mundo del fútbol ya ha comprendido cuál es la jerarquía: Barcelona, Real Madrid y el resto del planeta, desde América hasta Asia, desde el Guadalquivir hasta Yokohama.

El Sevilla, otrora rival incomodísimo para los blancos, ha visto devaluada su jerarquía a base de vender bien, comprar mal y comprobar cómo todos los beneficios se iban por el sumidero de jugadores mediocres y líos absurdos en la caseta. Del Nido actúa como jefe de la manada dirigiendo sus dardos hacia la capital y hacia Barcelona, acusando a los dos grandes de hundir en la miseria al resto de clubes. Su ascendente es tan grande que incluso la prensa local, en rueda de prensa, interpretó la media docena recibida como una clara muestra de que el fútbol está descompensado. ¡Por supuesto que el fútbol está descompensado!. Precisamente se trata de eso, de que alguna vez los débiles rompan los pronósticos, sólo alguna vez y que la victoria de los pobres sea efeméride. El Madrid necesitaba hacer buenas las palabras de Mou del mismo modo que el Sevilla perseguía alguna cabellera que añadir a su colección, una victoria para capitalizar la moral andaluza. En un duelo sin medio campo, el Madrid golpeó con una dureza fría y cruel. Con Di Maria como medipunta, Callejón ocupó la banda derecha, CR7 la izquierda y un Benzema que gana enteros la punta de lanza. A los diez minutos, el Fideo puso un pase de quilates entre los dos centrales que no desaprovechó Cristiano para reivindicarse ante sí mismo. Una llegada, un gol mientras Casillas desbarataba un remate a bocajarro de Del Moral. Callejón cazó otra asistencia de Di María en el área para poner el segundo. Segunda llegada, segundo gol. «Así es imposible» se decía Del Nido sin pensar que quizá sea imposible con Medel, Trochoswki o Fazio. Cristiano ponía el tercero desde fuera del área en el 40' y en el 45' Clos Gómez, atendiendo a una posible parafilia marxista, trató de igualar la contienda expulsando a Pepe pero oigan, ni con esas, porque el Madrid con diez jugadores dominó el encuentro con una superioridad insultante, tanto, que hizo tres goles más. Hasta marcó Altintop. 2-6 y liderato reconquistado con una mano en la espalda.

Doce horas después, el Barça jugaba la última final de la temporada y la posibilidad de conquistar su quinto título del año. Cinco de seis, una gloria sólo arrebatada por el Madrid en Valencia en el torneo de menor valor. Ciertamente impresionante el logro blanco. Cosas del mundo global, la final que decide cuál es el mejor equipo del mundo se juega en Japón donde lo más parecido a un balón que han visto en su vida es una patata. Para los más ilusos era una mañana interesante. Ante la evidencia de que en Europa no hay nadie a la altura de los culés, quizá el cruce con el mejor equipo de América arrojase algunas duda acerca de la solvencia del Barça. El Santos, campeón de la Libertadores y virtualmente el mejor club de fútbol de América, de América del Sur y de América del Norte donde se localiza un fenómeno parecido al japonés aunque en este caso la analogía sea con un pepino, se presentaba como una incógnita para el aficionado blaugrana y como un suerte de resistencia para todos aquellos alérgicos a las tiranías. ¿Sería capaz Neymar, apoyado en Ganso y Elano, de mantener incólume el último bastión del fútbol mundial?. La pregunta tuvo una rápida respuesta cuando Ramalho presentó cinco defensas en el once inicial. El miedo era reverencial y el planteamiento nefasto porque Ganso y Neymar quedaban completamente desconectados de la zona de creación, aislados en mitad de la tormenta, emparedados entre Piqué, Puyol y Sergio. «Entonces saldrán a robar». Tampoco. El fútbol brasileño nunca destacó por ser un juego veloz. Aquella mítica selección que deslumbró entre los sesenta y los ochenta practicaba un fútbol lento, un juego que necesitaba madurar cada jugada acariciando el balón. El futbolista brasileño conduce mientras que el europeo toca y suelta, descarga y se mueve buscando que sea el balón el que corra y no el jugador. Y en el choque de estilos, los culés impusieron su idea con una solvencia impecable.

El Santos deambulaba por el césped contemplando con un punto de admiración el despliegue técnico y táctico del Barça. Tanto fue así que el primer tanto llegó después de un magistral control de tacón de Xavi y asistencia para que Messi la levantase sobre Rafael, el pésimo portero brasileño. Con 1-0 en contra y tres centrales en nómina es necesario pensar en cambiar el guión pero Ramalho seguía fiando todo a que su talento cazase alguna, anudase a los centrales culés y pusiera el empate. Pero del improbable empate se pasó al evidente 2-0 en las botas de Xavi y el preparador del Santos recogió el guante. Sacó a uno de sus inútiles y lentos centrales, Danilo, para dar entrada a Elano y así recuperar el balón durante dos minutos. Si a estos dos le sumamos uno más tendremos lo que duró la magnífica jugada del Barça que acabó con Fábregas mandando al fondo de la red un balón con la espinilla, sin querer, como si el gol fuese lo de menos. 3-0 y el Santos como invitado de lujo a la fiesta del mejor, sí, escuchen bien porque las cosas han de reconocerse con honor y deportividad por mucho que duelan, del mejor equipo del mundo, del club llamado a dominar con puño de hierro el fútbol de la siguiente década. La segunda parte fue un monumental rondo coronada por el cuarto tanto, obra de Messi, elegido mejor jugador del torneo, del mismo modo que se llevará el Balón de Oro en enero y del mismo modo que se ha llevado hasta las llaves del coche que regalan los japoneses. Y si hubiera habido en juego un piso en Peñíscola también lo habría ganado porque no hay nadie como él ni compañeros tan brillantes como los que le acompañan en esta impresionante travesía.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 mes y 16 días

Edipo y la velocidad

MouSi se pretende reducir la realidad a lo que dicen los números, entonces el Madrid de Mourinho es el mejor Madrid de la historia, sólo superado por aquel de Muñoz. Mou mete muchos goles, recibe muy pocos, corre como un keniata e incluso a veces se viste de rojo, supongo que para despistar a los que buscan al Madrid y sólo aciertan a ver unos cuantos chicos de secundaria trotando por el campo. Lo peor de esos números es que no hablan del Barça. Siempre les falta un detalle y sin ser los de éstos los mejores de la era Guardiola, los porcentajes nunca reflejarán lo cualitativo, lo que implica organizar este juego en torno al balón. Desde que el fútbol es fútbol todo ha pasado por el control del medio campo y si Mou pone a un tal Lass junto a Alonso, con lo que eso conlleva, Guardiola coloca en la sala de máquinas a Busquets, Xavi, Iniesta y Cesc y por si fuera poco el mejor jugador del mundo decide aliarse con ellos para iniciar el juego. El mejor Madrid de Mou acabó electrocutado ante el Barça más heterodoxo de Pep que ganó el partido donde hay que ganarlo: en la cancha. Por el momento, en España, prensa y casas de apuestas no se visten de corto. El Barça ya no parece el Barça sino una versión un tanto más hormonada que ha prescindido de un Villa más que devaluado (malísima noticia para España en año de Eurocopa) en favor de Alexis, un fajador veloz y agresivo, un jugador sin mucho cartel que mejora enteros el plan B culé. También ha llegado Cesc, curtido en Inglaterra, un box to box clásico, con criterio y educado en La Masía. Guardiola alineó a los dos en el Bernabéu. Los dos marcaron y los dos desempeñaron exactamente la función para la que fueron fichados. De los cinco que Mou fichó en verano, porque en el Madrid es él quien ficha, uno de ellos, treinta millones de euros mediante, jugó de lateral derecho cuando no es más que el suplente del lateral izquierdo, otro se quedó en el banco y los otros tres lo vieron desde la grada. El fino estratega tenía un plan secreto que nosotros, pobres mortales, nunca podríamos haber intuido. Nadie en el mundo sabe más de fútbol que él.

El primer punto de plan madridista consistía en marcar rápido, y se consiguió a los veinte segundos cuando Benzema aprovechaba un balón rebotado tras un error de patio de colegio de Valdes, siempre fino con los pies y una siesta de Piqué en el área habilitando la posición del que fue el mejor blanco en Chamartín. El 1-0 era el peor escenario para el Barça y el mejor para el Madrid, siempre y cuando los partidos pasen a durar quince minutos. Al Madrid le sobraron ochenta minutos de partido, justo los mismos que el Barça aprovechó para certificar que ellos son los únicos que saben jugar a esto. Mou teme las pérdidas de balón tanto como Guardiola el no tenerlo, por eso el portugués ofrece a los suyos una orden que deviene en mantra: todo ha de hacerse muy rápido cuando el Barça está delante. Y es esa velocidad la que condena a los blancos a seguir en el diván preguntándose porqué no hay manera de meter mano a los culés. La velocidad es imprecisa, irreflexiva y poco efectiva, tanto que los mismos balones que CR7 emboca sin contemplaciones contra equipos menores se convierten en sonrojantes disparos sin intención cuando Valdes es el portero. Ojalá fuese ese el problema. Si hay algo más asqueroso que un chupón, sólo puedo pensar en un abusón, y Cristiano reúne ambos defectos aunque siendo justos no es ahí donde se aloja el trauma.

Mou está obsesionado con el Barça. Debería tratárselo, en serio, sin tapujos. Debería ir a ver a un terapeuta y explicar porqué no puede superar su despecho con los culés. Hoy, mañana y siempre, con el Barça en el corazón. No fue él el primero que tomó el puente aéreo ni será el último. Figo, Laudrup, Schuster, Milla, Luis Enrique, Ronaldo... todos lo hicieron y si bien en Can Barça es algo que nunca se ha digerido muy bien, en Chamartín nunca hay grandes problemas en adoptar conversos. Pero con Mou la cosa parece diferente, parece patológico y se lo transmite a sus jugadores, les transmite un miedo reverencial que los paraliza y los desfigura. El sábado nadie vio nada parecido al Madrid de las quince victorias consecutivas, a ese Madrid generoso en el esfuerzo ante grandes y pequeños, con la clasificación en el bolsillo y con los puntos en juego, ese Madrid que había recuperado la voluntad de gobernar los partidos sin mirar atrás. Cuando hay algo blaugrana en el estadio, aunque sea una bufanda, los blancos se echan a temblar. Ya pasó en Levante y pasó el sábado y casualmente los dos visten los mismos colores. El miedo se lleva a la pizarra y aunque Mou trate de descargarse ante los medios diciendo que alineó a todos los buenos y que no sacó el trivote, no tiene sentido alinear a Özil y Benzema si a todo lo que se va a jugar es a correr cuando llegue el error del rival.

El alemán parece mediocre en semejante esquema. Él es un jugador de pausa, de toque, de creación, un jugador que necesita algunos segundos más para poder desplegar sus virtudes. Benzema es algo parecido. Si quieres correr, entonces Kaká e Higuaín, corpulentos, rápidos y conductores. Por eso, en realidad, un gol en el primer minuto no era una buena noticia para la configuración blanca porque ese tanto daba toda la razón al plan de contraataque del fino estratega. El Madrid achicó el campo y asfixió al Barça que no lograba encontrar la rendija para colarse hacia Casillas. La encontró Messi en un resbalón de Ramos que desbarató Iker. El Barça estaba incómodo y demostraba tener grandes problemas para gobernar desde el balón. No hubo patadas. Simplemente robos que el Madrid trataba de traducir en transiciones de vértigo que solían terminar en nada. La peor noticia del Madrid no era que no generase juego sino que el segundo no llegaba y como no llegaba se empezó a desinflar y como se desinfló, la agarró Messi, se la puso a Alexis y el Barça empató a la media hora. ¿Y ahora qué Mou?. Pues ahora nada. Lo mismo, esperamos y salimos y seguimos jugando como un equipo lleno de complejos. Cuando los traumas afloraron, el Barça se apropió del encuentro y su retórica fue implacable.

Con un Madrid incapacitado intelectual y anímicamente, Iniesta emergió de entre los mortales para firmar con pausa y elegancia una segunda parte de escándalo que comenzó con un golpe de suerte culé. Un disparo inocente de Xavi fue desviado involuntariamente por Marcelo para poner el 1-2 en el marcador, y en ese momento se acabó el partido. El Madrid nunca tuvo ningún argumento sólido para discutir la supremacía de los de Guardiola que comenzaron a gustarse alrededor del balón. Donde el Madrid ve dos toques, el Barça imagina treinta y suele terminar en el área contraria. Con Alexis y Fábregas el Barça no cae en el rococó que en ocasiones ahoga su fútbol. Se vio en el tercer tanto, con una internada de Alves por banda y un centro al segundo palo para que Cesc pusiese en 1-3  en el 66'. Hacía años que no se veía al Barça poner un centro al área ni botar un corner por alto. Todo eso hicieron los de Guardiola mientras Mou daba entrada a Kaká por Özil y a Khedira por Lass, un prodigio táctico, ya ven. Para los últimos veinte minutos Iniesta ya se gustaba por banda y el Madrid sólo apretaba para no recibir más golpes. A fin de cuentas es mejor perder tres puntos en diciembre que la Liga en marzo y para consuelo blanco pensar que aún hoy son líderes con un partido menos. En el terreno de lo pragmático la derrota ante el Barça no tiene grandes consecuencias, pero los números no hablan de las esperanzas hechas jirones porque las distancias, por el momento, siguen siendo insalvables. Ya no es cuestión de que el Barça tenga un plan. El Barça tiene algo mucho más importante que un plan mientras el Madrid sigue dando vueltas sin saber muy bien cuál es el destino. Mou tiene que matar al padre pero sospechó que no lo hará y a ese problema se le unirá su paupérrimo recorrido como entrenador del Real Madrid. Él vino al Bernabéu a saquear el club para adornar su curriculum pero lo que nunca pudo sospechar es que, de todos los clubes de fútbol que hay en el mundo, sólo el Real Madrid puede hacer fracasar a Mourinho. 

Por Ignacio Ampudia, hace 2 meses

El Clásico

Mateu Ensena La RojaSi el sábado noche Ud. quería ganar mucho dinero, no tenía más que apostar por la victoria del Atlético ante el Real Madrid. Por cada euro apostado recibiría quince, un negocio seguro de no ser porque, de todos los equipos de España, el rojiblanco siempre ha destacado por su ya prosaica afición a dispararse en el pie cuando mejor le van las cosas. La realidad de las últimas temporadas contradice a la historia colchonera, habituada a vivir de unas rentas que se convirtieron en deudas hace mucho tiempo. El supuesto tercer equipo de la Liga ni siquiera se encuentra entre los cinco primeros, quizá el sexto con el desplome del Villarreal mediante. Desde el Calderón se han probado todas las combinaciones para voltear su absurda situación y ninguna ha resultado porque es probable que la única que no se ha experimentado sea la única que funcione. Después de un centenar de entrenadores y un millar de jugadores, algunos conocidos, otros algo menos y los más sencillamente cojos, al Atlético sólo le queda despedir a su directiva, a toda su directiva, al completo, sin concesiones. Los Gil saquearon el club, el padre y después los hijos, cosa de sagas y sí, el productor a veces puede resultar hasta simpático, es muy campechano, como el Rey, pero todo ese entramado no es suficiente para competir por lo poco que no monopolizan los dos mejores equipos del planeta. El drama del Atlético es que compite en España. En Italia jugaría Champions y en Grecia sería capitán general.

Ya advirtió Manzano que no le llegaba para discutir el dominio al Madrid, y mucho menos en su casa, así que dijo que prietas las filas y a repartir abajo, al tobillo, donde los tacos hacen daño. La estrategia fue ridiculizada por Mou, yo no compraría la entrada. Yo tampoco, la verdad, porque el Atlético ya no es un digno rival para un derbi y no están las cosas como para tirar trescientos ecus a la basura para ver a una banda contra un equipo. El Atlético le juega al Madrid como lo que es, un equipo pequeño, que se presenta a los duelos locales como el eterno perdedor, confiando todo a una épica victoria que nunca llega. Los colchoneros ya no tienen nada que perder contra el Madrid pero el caso es que siguen perdiendo por su inoperancia, por su nefasta gestión de los tiempos del juego y su escuálida propuesta sobre el césped: todas a Falcao. ¿Y si no está?. Pues repartid y a ver si cae algo. Y durante los primeros quince minutos le cayó. El orden y la intensidad atlética le proporcionaron un bello gol, con dos paredes incluidas y el estrangulamiento de la salida blanca con una argucia digna de Rommel: Manzano colocó a su hombre más inteligente sobre la espalda de Alonso. Así están las cosas.

El 0-1 hacía buena la fina estrategia de los del Manzanares aunque es probable que el gol llegase demasiado pronto como para aguantar setenta y cinco minutos dando estopa y parando el juego. En una de esas Diego se despistó, cómo es lógico porque su función de mirar el arco rival, y Alonso inició. En cuatro toques Benzema se plantó delante de Courtois, lo dribló y el belga lo derribó. Penalti claro. Quizá la expulsión es más discutible, algo rigurosa porque el quiebro conducía al francés a un costado, pero perfectamente aplicable. Sólo habían pasado cinco minutos desde que Adrián adelantase a los suyos y el Atléti ya estaba haciendo de las suyas. Un Clásico que no un derbi. Habría que replantearse la nomenclatura de estos partidos. Manzano tuvo que mover ficha porque todo el tinglado se venía abajo. ¿Y qué creen que hizo?. Pues sacar del campo al tipo con más calidad para meter a un portero que lleva dos años sin pisar un césped de primera. Sabia decisión que provocó que el Atleti perdiese el partido. Su idea fue la de mantener a Arda y Salvio para taponar las incursiones de Marcelo y Di María. A Lass no hay que taparlo porque ya se encarga él mismo de hacerlo. La idea no es mala. Es simplemente cobarde. CR7 marcó el penalti. 1-1, setenta minutos por delante en el Bernabéu y el Madrid con uno más. Horizonte despejado, ¿gracias al árbitro?. El que no se consuela es porque no quiere.

El Madrid de la segunda parte se pareció al Madrid de esta temporada. Con intensidad y ritmo encerró al Atlético, entregado a alguna carrera de Adrián, y lo superó en el 48' después de que CR7 le ganase la carrera al ínclito Perea y Asenjo saliese a buscar un balón que ya no estaba donde él pensaba. Estaba en las botas de Di María que puso el 2-1. Una vez más, el Clásico en su máxima expresión. Veinte minutos después de marcar, el Fideo dejó su puesto a Higuaín al que le bastaron dos minutos para apretar a Godín, que hablaba con Asenjo de algo parecido a salir a por el balón pero no me hagan mucho caso, pescar en la confusión y poner el 3-1 a puerta vacía. La defensa del Atléti está para el circo. Con el partido terminado, Manzano dio entrada a Reyes cuando el sevillano debía haber salido de inicio y en el 83' retiró al intrascendente Salvio para dar entrada a Miranda, reputadísimo central, probablemente para amarrar el resultado. Pero la función no había terminado. Quedaba un último pase, el de Godín, que después de aquella con Higuaín en el tercero se precipitó sobre las piernas del argentino dentro del área. Penalti y expulsión. Lo triste es que ni siquiera pretendió derribarlo. CR7 puso el 4-1 y el fin a la historia, la historia de siempre.

Por Ignacio Ampudia, hace 2 meses y 9 días

El líder tenso

Cr7Todo cambia. Los sistemas políticos, las tácticas bélicas, el arte, la música e incluso el fútbol. Lejos queda el ya mítico 3-2-2-3, también conocido como WM, que ideó Herbert Chapman en su Arsenal de la década de los treinta. El Cuadrado Mágico de Chapman fue adaptado por Los Mágicos Magyares, la gran Hungría de los cincuenta, disponiendo un 3-2-3-2, una WW, convirtiendo un delantero en un medio para intentar equilibrar un equipo que no logró levantar el Mundial de 1954 a pesar de ser reconocido como el mejor equipo del planeta. El fracaso fue pedagógico y el Brasil que se presentó en Suecia 1958 reinventó el juego con un 4-2-4 convirtiendo a los laterales en extremos cuando el equipo atacaba. Aquella selección se alzó con la Jules Rimet escribiendo el primer capítulo de la leyenda que lideró un chaval de diecisiete años, un tal Pelé que cuatro años después se consagró definitivamente en Chile jugando con un 4-3-3. Desde los sesenta todos los entrenadores comprendieron que los partidos se dirimían  en la media y todos los sistemas sucesivos se concentraron en generar superioridad numérica en esa zona del campo. Nereo Roco desplegó un anodino 1-3-3-3 alumbrando la figura del líbero que después importaría el mítico Milán de Sacchi. El 4-4-2, el 4-3-3 o el 4-5-1 fueron variantes de una misma idea. El fútbol moderno también propone sus invenciones, entre ellas la desaparición del 9. Las escuelas de fútbol no producen delanteros porque ya nadie juega con ellos. El último 9 clásico se retiró el año pasado. Jugadores como Ronaldo Nazário de Lima ya no son apreciados porque los nuevos ideólogos del asunto desprecian todo aquello que no sea útil. En realidad este juego es un perfecto reflejo de los tiempos que corren: todo debe ser medido en términos de rentabilidad. Todo aquello que no genere debe desaparecer. O estar en un museo.

Por eso Messi no se sabe de qué juega pero cada año mete más goles y Khedira se convirtó en el rematador del Madrid en Mestalla. Mourinho, en un ataque de entrenador, cambió el esquema y decidió colocar en la media a Lass junto al alemán, los teóricos guardaespaldas de Alonso pero cuando el balón corre, el tolosarra inicia, el francés continúa y el alemán se incrusta entre los centrales rivales mientras Benzema cae a un banda. El trivote blanco (rojo en Valencia, que Adidas también tiene que vender algunas escobas en estos malos tiempos) fue respondido por el trivote ché. Emery no se caracteriza por ser un fino estratega, más proclive a arroparse que a arriesgar en los partidos de enjundia. Por eso y ante la tarjeta de visita de los madridistas, alineó a Albelda y Costa, dos pretorianos, junto a Parejo, un teórico enganche que acabó achicando en la media ante la superioridad blanca en la primera parte. El Madrid no acusó la gira de los suyos en los compromisos nacionales y se adueñó del partido en los primeros diez minutos. Un dato lo corrobora: mientras el Valencia había visitado el área de Casillas dos veces, el Madrid había rondado las inmediaciones de Alves nada menos que en diez ocasiones, jugando como visitante. Este Madrid tiene vocación dominadora, justamente la virtud de la que careció durante la temporada pasada.

Sin embargo, el primer gol blanco no fue resultado de su dominio sino de una jugada de pícaros en un falta botada por Alonso a la espalda de los centrales mientras los valencianistas admiraban con orgullo las senyeras de la grada. Benzema telegrafió a su compañero y colocó el 0-1 en el 20' después de un control y un remate impecable. No hay nada más sintomático en el fútbol moderno que la actitud de los equipos cuando no tienen el balón. Mientras el Valencia recula el Madrid adelanta sus líneas, presiona la salida y roba, y robar lejos de tu área es fundamental para tener éxito. La primera parte concluyó con la sensación de que los de Mou meterían uno o dos más y a falta de veinte minutos se echaría el telón para que Sahin se fogueara y trotase ante un Valencia muerto. Pero, a pesar de Emery, los valencianistas saltaron al césped con la firme decisión de testar su altura y cuestionar la contundencia blanca.

Y para regocijo de los locales, Mou no tuvo más remedio que retirar a un Arbeloa que había completado los dos partidos con España y que cargaba con un tarjeta amarilla para dar entrada a Albiol. En circunstancias normales, Ramos habría ocupado el lateral para dejar al valenciano en el eje de la zaga. Pero Ramos se ha ganado con justicia su puesto y parece que nada va a moverlo de ahí. Al menos hasta que llegue el Barça. No destaca Albiol por su pericia en los costados y esa carencia fue explotada hasta la saciedad por Alba y Mathieu que se hicieron cargo de percutir con insistencia por el flanco más débil de los blancos que, además, renunciaron a la posesión en espera de cazar una contra para matar el encuentro. Pero no fue en una contra sino en un corner sacado por Özil y rematado magistralmente por Ramos cuando llegó el 0-2 y el fin del partido. ¿Fin del partido?. Nunca, no si Emery coloca sobre el césped a los buenos. Y el Valencia tiene unos cuantos. Salieron Jonas y Pablo Hernández y el Valencia comenzó a volar, tanto, que Soldado ponía el 1-2 tres minutos después para que los de la senyera se vinieran arriba. El Madrid andaba desbordado, con el Valencia filtrando balones por todas las líneas hasta que CR7 aprovechaba un error de libro de Alves para poner el 1-3 a puerta vacía. Ya sí, el partido había terminado a diez minutos del final, todos pensando en la ducha y en el partido del miércoles cuando tanta relajación significó el 2-3 en las botas de un inconmensurable Soldado que inflamaba a la grada y a sus compañeros. Emery seguía tratando de entender qué estaba pasando. Sin juego ni grandes filigranas el partido se había convertido en un canto a la emoción, un partido que podía caer de cualquier lado, o bien por el fútbol en tromba de los del Turia o por las contras demoledoras de los blancos. Y finalmente cayó del lado madridista con polémica incluida por un posible penalti en el área de Casillas. Se había acusado al Madrid de no haberse medido todavía con un rival de verdad. El Valencia es uno de ellos, el tercer equipo de España, y en Mestalla, donde el Barça no pudo sacar más que un punto y los blancos han salido con la victoria bajo el brazo, tres puntos que no se deben a un sistema u otro sino más bien a una mentalidad, una mentalidad ganadora a la que le queda una prueba de fuego, LA prueba de fuego: 10 de diciembre, Santiago Bernabéu.

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