Por Ignacio Ampudia, hace 4 días

La vida sigue igual

MorinhoSería ventajista e incluso injusto decir que el Madrid juega mal. Después de unas cuantas pruebas sin pólvora en pretemporada y el debut ante el Mallorca, las conclusiones que se pueden sacar sobre el nuevo Real Madrid son escasas. Sólo se puede afirmar lo evidente: que el equipo está en construcción. Decía Valdano que el Barça se caracteriza por la idea y el Madrid por los jugadores. Son estilos diferentes se puede pensar, pero el problema es que una de las variables no tiene rumbo alguno desde que levantó la Copa de Europa en 2002. De hecho, no sería descabellado afirmar que la filosofía del Madrid es la mudanza permanente. Renovarse para no ser viejo y entre experimento y experimento, la indefinición que empieza a ser bandera. Con cinco caras nuevas y el entrenador llamado a ser el pope del nuevo fútbol, el rey Midas del balón, el mago que todo lo convierte en quilates, el Madrid se propone destronar a un Barça que juega en otra liga. Hay un dato preocupante, sencillo y demoledor. El Madrid persigue ser el mejor y para eso el mejor debe dejar de serlo, y en esa carrera descontrolada se han probado todas las fórmuas posibles... en realidad queda una: que Pérez compre el Barça y le ponga a Messi la camiseta blanca. Y como eso no va a pasar, los blancos hacen una nueva mudanza y se enrocan en el argumento de la paciencia.

Se esperaba al anunciado Madrid más competitivo de los últimos años. Para empezar algo de cierto nivel, el Mallorca del genial Laudrup, que se quedó fuera de Europa por directivos incompetentes y que promete jugar tal y como lo hizo su entrenador. Era una buena piedra de toque para Mourinho, que ha desbancado a Cristiano como el portugués más relevantede la galaxia. Mou dio la manija a Canales y no es que el chaval sea un fardo sospechoso. Simplemente tiene diecinueve años y tan solo ha completado nueve partidos en Primera División. El chico ha trabajado bien en la preparación y el entrenador lo utiliza para mandar un mensaje positivo a la plantilla. Todos cuentan (incluido Benzema) pero juega el que se lo gane. Canales no es Guti, ni falta que hace, porque Gutiérrez solo hay y habrá uno, pero la misión parece venirle un poco grande, máxime cuando Higuaín sigue siendo ese 9 que necesita 9 para meter una. Por las alas debían volar Cristiano y Di Maria mientras Lass y Alonso abrochaban a los centrales.

La primera evidencia es que la forma física ideal está muy lejos. Las piernas pesan y las ideas apenas fluyen cuando en agosto hay que desmontar un entramado defensivo basado en la acumulación más que en la colocación de efectivos. Laudrup decidió amontonar a todos los suyos por detrás del balón para jugar abiertamente y sin vergüenza a la contra. No es mala señal según se mire. El fútbol se resiente pero el guión se repetirá allá donde vayan Madrid y Barça. Cuarto de hora antes de que Mou sacase la libreta en Mallorca, los de Guardiola demostraban que su reino no es de este mundo. No es que ellos sean más guapos ni más atléticos. Simplemente son el Barça, un producto acabado, perfectamente acabado. Lo adecuado sería que jugasen con los ojos vendados aunque probablemente también ganarían.

Los automatismos fallan en un Madrid tan serio en la parcela defensiva como estéril en la ofensiva. Las paredes no salen, los desmarques no se interpretan y las individualidades han pasado de bendición a condena. Y las ocasiones marradas en la generalidad. Si Higuaín marcase la mitad de las que tiene, sería el máximo goleador del planeta. La cosa discurría entre lamentos por las ocasiones perdidas y las malinterpretaciones cuando Mou dio salida a Benzema y Özil por Canales y un Di Maria irrelevante. Con el alemán el juego se desbloqueó y dio más opciones a Cristiano con el que formó una buena sociedad. Las formas del mediapunta revelación del Mundial son óptimas, pero los rematadores siguieron comprometidos con el fracaso, de modo que lo más justo fue el empate sin goles para un Madrid que aún es un embrión y un Mallorca que lo sintió como una victoria. Mou se concibe a sí mismo como un sacerdote infalible pero parece que no ha entendido que únicamente el Madrid es capaz de hacer fracasar a los mejores, un Madrid que flota en la indefinición, un Madrid de jugadores orgulloso de haber matado a las ideas.

Por José Ramón López, hace 1 mes y 2 días

GP de Hungría: Lecciones sobre la marcha

F1 2010 Hun Xp 0777Nunca pensé que el tener que rectificar una opinión tragándome mis propias palabras, pudiera producirme tanta satisfacción. Reconozco que la fresca irrupción de Sebastian Vettel entre la exclusiva élite de pilotos de F1 me produjo una tremenda alegría. Parecía un chico simpático y humilde, talentoso, sin ningún tipo de complejos y con una rapidez y entusiasmo que hacían presagiar épicas batallas y gloriosas tardes de verdadero automovilismo.

Eso creía antes. Ahora, al igual que «La Chipionera» pensaba de aquél hombre tan  atento y arrogante, tan afable y efusivo, dadivoso y elegante, impetuoso como el viento e insufrible como amor, yo también pienso que Sebastian Vettel se ha vuelto un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso, prepotente y presumido, falso enano rencoroso e insufrible por llorón.

Los calificativos de «falso enano rencoroso», e «insufrible por llorón», por supuesto compartidos  ex aequo con otro ilustre entre los cretinos: el velocísimo por parte de padre Felipe «Rapidín» Massa, que carrera tras carrea sigue viendo cómo los caracoles se apelotonan sobre sus ruedas. Los suyos y los que, de una vez por todas, parece ir soltando Pedro de la Rosa que hoy sí, ha estado sobresaliente.

Fernando Alonso, muchas veces «nano descarriado» al que también he dedicado alguna que otra copla de desamor, le ha dado hoy una lección de pilotaje que jamás olvidará el niñato presuntuoso de Red Bull. Puede que el asturiano sea otro «metome-en-charcos» de mucho cuidado, pero hoy le administrado un tremendo correctivo a un bocazas que, para más inri, pilotaba un coche un segundo más rápido por vuelta que el suyo.

Glorioso varapalo y por partida doble, -abandono de Hamilton y podio de Alonso-, también para la camarilla de hipócritas periodistas anglosajones, jauría de perros rabiosos, sedientos siempre de la sangre del asturiano. Gran triunfo de Mark Webber, «el indeseado» en Red Bull que a pesar de las felicitaciones y falsas sonrisas de Christian Hörner y compañía, en el estómago de los mandamases del equipo la victoria del australiano ha debido de sentar como una ingestión de sapos y culebras.

Por último, asqueroso intento de encerrona contra el muro por parte de Schumacher contra su ex compañero de fatigas Rubens Barrichello. Arrastrarse por los circuitos para protagonizar este tipo de repugnantes acciones debería de hacer recapacitar a Mercedes sobre su supuesta continuidad. Parece que este tipo de maniobras asquerosas van acuñadas en el ADN de los pilotos germanos. El hoy «chorreado»  Herr Vettel  lo intenta  cada vez que Fernando Alonso se le acerca y Adrian Sutil  lo practica contra todos los demás en cada carrera.

Notas a pie de pista:

  • Mi indignación con Vettel se debe a la pataleta post-carrera de niño mimado que protagonizó ante las cámaras de televisión y sobre todo en la rueda de prensa privada ante los lamentables medios de comunicación alemanes. El muy cretino se hace el inocente en la polémica maniobra tras el safety-car que le causó la penalización, pero fue un acto fríamente premeditado. Consciente de la superioridad de su coche, sabía que frenando lo suficiente a Fernando Alonso, facilitaría que Webber, una vez cambiados los neumáticos, pudiera salir interpuesto entre él y el asturiano. Lo que no esperaba Vettel es que Webber sacara tal ventaja con los blandos, que a buen seguro habría vuelto a salir en cabeza tras el cambio de gomas, aunque él no hubiera sido penalizado. Ese es su verdadero cabreo, pero no lo puede decir porque entonces se le vería el plumero.

  • La maniobra que le ha costado a Schumacher diez puestos de penalización en la próxima parrilla de salida de Spa, es similar a la que Vettel, -a menos velocidad-, le hizo a Fernando Alonso en la anterior carrera. Yo ya me he cansado de darle palos al asturiano cuando creo que se los merece, pero también de ver cómo una y otra vez  otros se escapan siempre de rositas, con la complicidad de unos comisarios que prevarican impunemente al dictado de los tabloides anglosajones.

  • No voy a ensañarme más con Felipe Massa. La bobaliconería que refleja su rostro se trata, al parecer, de un hecho diferencial de carácter congénito o de una secuela del tornillazo en la cabeza que recibió el año pasado. El omnipresente padre, que acampa junto al resto de su familia en el motorhome de Ferrari, se ha dedicado a pregonar a los cuatro vientos que su hijo había sido más rápido que Alonso en la carrera de Hockemheim. Hay que ser muy bobaliconazo para soltar semejante sandez. ¿Que no te gustan las disposiciones que tu hijo estaba acatando cuando estampó la firma en su contrato? Pues te coges a tu hijo bajo el brazo y os vais directamente a la FIA, a denunciar los hechos con luz, pruebas  y taquígrafos.  Y si no te callas, mameluco.

Por Ignacio Ampudia, hace 1 mes y 8 días

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Raul Gonzalez BlancoTodo empezó en La Romareda, en octubre de 1994 y terminó en el mismo lugar hace apenas unos meses, marcando el gol que tanto se le resistió el día de su debut, el día que Valdano dio la puntilla a un desvencijado Butragueño para entregar el futuro a un chaval de diceisiete años que deslumbró por su atrevimiento y su aplomo de veterano. Aquel día todos los cronistas coincidieron en algo: nadie sabía cuánto duraría en un club tan exigente pero lo que estaba fuera de toda duda era que el chico tenía madera de futbolista. El fin de semana siguiente, en el Bernabeú y contra el Atlético, el club que lo defenestró por una brillante decisión de Gil, Raúl fue titular y abrió el marcador con un gol sublime tras un mejor pase de Laudrup; provocó un penalti y dio una asistencia a Zamorano. Se marchó entre la aclamación de una hinchada que esa misma noche fue consciente de que el Madrid había alumbrado una nueva estrella.

Raúl nunca cayó en el vedettismo que tanto ha proliferado en el mundo del fútbol de los últimos años. Raúl era puro fútbol. Nada de adornos, ni gestos a la galería, ni pelos teñidos, ni tatuajes, ni regates circenses, ni pendientes, ni imposturas, ni portadas de revistas, ni anuncios de perfume ni de maquillaje. Raúl jugaba para ganar, sólo para ganar y para ganar en el Real Madrid. Nunca destacó por nada en particular. Nunca fue el más rápido, ni el más estético, ni el que más saltaba ni el que más fuerte pegaba a la pelota. No era nada de eso y a su vez lo era todo. Todo el repertorio alumbra su carrera. Goles con la diestra, con la zurda, de cabeza, de rebote, de falta; goles de 9, de pillo, combinando, de jugada individual, goles que le llevaron a ser el máximo goleador de la historia del Madrid, de la Selección (por el momento) y de la Champions; goles para levantar Copas de Europa, Ligas, Intercontinentales y Supercopas. Goles de barrio para convertirse en una leyenda.

Dieciséis años en el mejor club del mundo dan para mucho, bueno y malo. Durante las últimas temporadas multitud de voces se elevaron para exigir que el capitán fuese pensando en el retiro. La forma física ya no le acompañaba y sus fallos empezaban a ser flagrantes. Necesitaba mucho para conseguir muy poco y en el nuevo fútbol, un juego de portentos físicos y efebos rasurados, un jugador de calle con las piernas arqueadas empezaba a resultar anacrónico, romántico tal vez. Muchos entrenadores pasaron por el banquillo blanco y ninguno se atrevió a sentarlo. O ninguno se atrevió por el inmenso poder del Raúl veterano (se dice que él llegó a fichar a Juande) o es que ninguno encontró motivos suficientes para sentar a un jugador de los que hacen equipo, de los que llevan la competición a un punto, en ocasiones, esquizofrénico.

Raúl se ha ido entre lágrimas en un final algo desteñido para tal servicio al club. El palco de honor, acompañado de todos los títulos que ha logrado y del copete directivo, parece poca cosa para un hombre que sólo adquiere sentido en el césped. Su marcha acompaña a la de Guti, otro viejo pretoriano, otro canterano, otro madridista. Sin ellos, el Madrid da el relevo a un nuevo orden en el que Casillas, Ramos y Alonso formarán el núcleo duro junto a vedettes y titiriteros varios que dijeron el día de su presentación que desde niños soñaron con jugar (o cobrar, quién sabe) en el Madrid. Si su entrega por la camiseta llega a la mitad de la de Raúl, pueden darse por satisfechos. ¡Hasta siempre, Capitán!.  

Por Ignacio Ampudia, hace 1 mes y 22 días

Un equipo para la eternidad

EspanaQue España y Holanda jugasen la final del Mundial podía parecer una oda al fútbol, un canto a la excelencia que decididamente engrandecería este juego centenario. Había algo de canibalismo en el duelo. Aquella Holanda que construyó Cruyff y que se quedó a las puertas de ganar el campeonato del mundo contra la Alemania de un genial Beckenbauer que jugó parte de la final con el brazo en cabestrillo, fue la misma Holanda que practicó un fútbol de ensueño bajo una idea que años después el capitán de la Naranja Mecánica llevó hasta La Masía. El modelo estaba basado en producir mediocampistas de gran calidad bajo la premisa de controlar el balón y, desde él, gobernar los partidos con autoridad y buen gusto, los mismos atributos y el mismo concepto que han llevado a España a convertirse en la nueva campeona del mundo. El balón es siempre el mejor aliado a pesar de que, desde hace tiempo, muchos se hayan empeñado en desterrarlo de los terrenos de juego. La nómina de resultadistas es abultada; la de la excelencia está reservada a unos pocos.

Del Bosque sabía que España no podía fallar ni permitirse el lujo de dejar escapar una oportunidad histórica. Las cuestiones populistas quedan a un lado. No es que el país se lo mereciera. El fútbol merecía tener un campeón que ha sublimado una idea, la idea de cómo debe ser el juego. Por eso salió de inicio con el mismo once que arruinó a Alemania, sin Torres y con Pedro como artificiero, yendo de un lado a otro, ayudando a todos y buscando romper las trincheras holandesas. Los que vaticinaron un encuentro abierto lo hicieron dejándose llevar por una épica que no respondía a la realidad. Cualquier equipo que pretenda tutear a España se llevará un buen revolcón. Por eso los oranjes se escudaron en sus dos pilares fundamentales, De Jong y Van Bommel, para desactivar a base de patadas, interrupciones y quejas constantes el juego español. Holanda no iba a cometer los errores de Alemania. Ningún holandés pensó en alcanzar la final cuando llegó a Sudáfrica y todo indica que si Felipe Melo no se hubiese marcado aquel gol en propia puerta, la final habría sido contra Brasil.

El primer cuarto de hora español fue bueno. Sin estar a la altura de la semifinal, España no tardó demasiado en meter el miedo en la casa holandesa. Un remate de Ramos y otro de Villa al lateral de la red obligaron a Holanda a activar el plan. Y comenzó el carrusel de patadas, entradas fuertes y discontinuidad que sacó del partido a España que no encontraba ni en Pedro ni en Xavi ni en Villa la chispa para mantenerse enchufada. Los argumentos de Holanda, además de las consabidas patadas en el pecho, pasaba por robar en las zonas calientes y lanzar a Robben, uno de los jugadores más sobrevalorados en los últimos años, para que se buscase la vida por la banda, se fuese del lateral, trazase la diagonal y disparase a puerta, es decir, la única jugada que es capaz de ejecutar con su única pierna hábil. Tan paupérrimo recurso fue neutralizado con hasta tres jugadores españoles en la ayuda. Robben no se fue ni una sola vez. Pobre Holanda.

España tampoco encontró el hilo en la segunda parte. Perdida, en ocasiones ausente, el partido transitaba por la zona de indefinición, en esos minutos en los que normalmente no pasa nada. Los holandeses estaban ganando la batalla, amparados en un arbitraje condescendiente por no decir pésimo. El partido necesitaba un revulsivo. Todos pedían a Torres cuando las cosas pedían un ariete, una punta de lanza para abrir el campo, descongestionar un centro del campo superpoblado y desbordar. Del Bosque dio entrada a Navas en la banda de Gio, un flojo lateral en el final de su carrera, para convertir la amarilla de la primera parte en expulsión. La actuación del sevillano no se pareció a los deseos iniciales, principalmente porque Ramos se comía toda la banda. Entre tanto Robben había fallado un mano a mano contra Casillas que pudo definir la final y otra internada en la que superó por un cuerpo a Puyol. Ya no había juego. Solo miedo a perder.

Con tablas, la prórroga parecía un ejercicio de flagelación. Para ser campeón del mundo hay que sufrir. Y mucho. Fábregas, que sustituyó a un Alonso que ha jugado lesionado desde el primer partido, intentó reactivar las líneas de ataque. Un par de internadas suyas pudieron significar la victoria, pero una vez más, como Pedro con Torres ante Alemania, la ocasión se malogró por no levantar la cabeza. Las fuerzas flaqueaban, lo peor que le podía ocurrir al planteamiento holandés y donde antes había solidez, ahora había césped. España se sabía ganadora. Solo faltaba el broche y llegó en las botas de Iniesta que recogió con su guante el balón de Fábregas y pegó duro, con fe, con convencimiento de que esta vez sí, esta vez España pondría una estrella en su escudo. Era el 117', a tres minutos de unos penaltis que nadie quería porque no eran justos. Holanda se miraba y no encontraba la respuesta. Habían aguantado hasta llevar a España a la extenuación pero no habían podido amarrar en el último momento a un jugador genial que puso un colofón genial a una genial obra de ingeniería futbolística.
Por Ignacio Ampudia, hace 1 mes y 26 días

Soberbios

Alemania EspanaJusto el día que España más se necesitaba a sí misma, el fútbol soberbio emergió para dejar constancia que, hoy por hoy, no hay nadie en el mundo que sea capaz de hacer lo que los españoles hacen sobre un terreno de juego. El grupo que ha perfeccionado Del Bosque y que configuró Aragonés es el mismo que ganó todo en las categorías inferiores, un grupo para el que el fatalismo y el fracaso no existe sin antes dejar hasta la última gota en el campo. Esta selección apenas entendía de qué iba el asunto cuando Yugoslavia se llevó por delante a España en Italia 90 o cuando Luis Enrique lloraba con la nariz reventada por un italiano. España manda, gobierna sin complejos e impone su carácter ante cualquier rival. El grupo es histórico y sus gestas aún más.

Al fin Del Bosque prescindió de Torres y dio entrada a Pedro. Los malpensados hablaban de una oscura influencia de Guardiola, de una larga conversación entre el catalán y el salmantino que supuestamente concedía la titularidad al canario. El seleccionador lo explicó después del encuentro con tono didáctico. Era impresincinble poner el tapón a Lahm. El objetivo se consiguió y además se lograron otras tantas cosas. España inició la primera semifinal de su historia con maneras de campeón. Después de los conocidos minutos de tanteo, España fue consciente de que Alemania no sería la Alemania que aplastó a Inglaterra y Argentina. Del nuevo estilo alemán nada se supo porque Löw colocó a los suyos por detrás del balón. ¿Qué otra cosa se puede hacer cuando enfrente tienes a la mejor orquesta del mundo?. España adelantó sus líneas y jugó toda la primera parte, la mejor de todo el Mundial, en campo alemán, con un Pedro efervescente y dinámico que siempre se ofrecía aquí y allá, dando apoyo a sus compañeros. Nada que ver con Torres. Del canario fue la mejor acción de la primera mitad cuando servía un pase de salón a Villa que el Guaje reventó contra el pecho del portero alemán. De los germanos no había noticias. Si acaso, un par de saques de esquina y alguna combinación lúcida entre sus hombres de ataque. El partido estaba en las botas de España y sólo en ellas se perdería o se ganaría.

El guión suponía una salida fulgurante de Alemania en la segunda parte pero España jugó aun mejor que en la primera mitad. Con Alonso y Busquets robando en campo alemán y Piqué y Puyol inconmensurables en la zaga, el gol era cuestión de tiempo. Iniesta lo rondó en un pase de la muerte al que Villa no llegó por un par de centímetros. Ramos se empeñaba en buscar balones altos que las dos torres alemanas despejaban sin despeinarse. El juego español era bello, técnico, preciso pero poco pragmático. Tanta estética tenía que proporcionar alguna recompensa.

Y fue precisamente en un corner cuando España destrozó las mínimas aspiraciones alemanas. Los germanos, infalibles en la marca, dejaron suelto a Puyol en la frontal. Xavi puso el centro y el central catalán reventó el balón en un remate glorioso, lleno de rabia, fuerza y precisión. Corría el 73' y España tenía el partido donde quería. El efecto del gol fue inmediato. Alemania despertó al verse una vez más eliminada por España y cargó con toda la caballería. España perdió el balón y tuvo que replegar velas en espera de ganar un balón y matar con los puntas. Pero para aquel entonces ni a Villa ni a Pedro les quedaba gasolina. Las circunstancias exigían un delantero rápido al que lanzar a por el segundo. Villa dejó su lugar a Torres en el 81' esperando que al del Liverpool sí le llegase para jugar diez minutos. España cazó una de esas bolas que deciden los partidos, con Pedro conduciendo y el de Fuenlabrada acompañando con el martillo preparado, pero el canario se quedó seco y se perdió la oportunidad de remachar. Del Bosque entendió que lo siguiente era tener el balón durante los pocos minutos que quedaban. Entró Silva en el 86' y, a excepción de tres centros al área que los alemanes pusieron desde los costados, Casillas no tembló. Con el pitido final, llegó la historia, la que está escribiendo este maravilloso grupo de futbolistas que ante Alemania, ante ellos sí, demostraron por qué son el mejor equipo del mundo.

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